Debería hacer una reseña literaria, pero me es muy difícil porque no he leído un libro. Cuando tuve en mis manos Tierras de niebla y miel y lo abrí no encontré letras que trenzaran palabras ni que me contaran cosas; lo que me encontré fue un cuadro pintado con mucha delicadeza, un cuadro hecho de sutiles pinceladas que dibujaban cosas. Marta Abelló (Barcelona, 1972) decidió que, en vez de escribir iba a dibujar y por eso esta novela es un retrato en acuarela en la que aparecen todos los colores del sur profundo.

Marta decidió que en vez de contarnos cómo era el azul del cielo de Antequera o el color de los faroles que alumbraban Cádiz de madrugada, los iba a dibujar, para que ya nunca jamás se nos olvidaran. Y luego siguió perfeccionando todos los tonos, sin dejarse ninguno en la paleta, para poder enseñarnos los valles y montañas que cruzamos para llegar a Antequera y, de paso, hacer ese retrato de su pueblo y de su hambre, porque la pobreza también tiene un color.

Esta es la historia de una huida, la de Martina de Icaza, que quiere dejar atrás su vida de casada con Conrado Lefebvre en Nueva Orleans. Para ello vuelve a su Cádiz natal a arrastrar sus penas en la pensión La Gaviota, donde se dará cuenta de que esas penas siempre son infinitamente menores que el fiero viento de levante que ulula en ese sur profundo que siempre ha llevado consigo. Ese ambiente y esa sensación de libertad hacen que Martina vaya pasando de la cruda realidad que la rodea a un mundo mágico que no entiende, porque ella quiere seguir aferrada a esa realidad, aunque sea triste y dura, sin saber que ambos mundos están llamados a cruzarse.

Martina no está sola. A su lado, Marta dibuja a Milagros y a su valor, a Candela y a su ternura, a Genoveva y Doña Regina, y nos retrata en las playas de Cádiz, con sus ropas enormes y sucias, con los pelos revueltos, la mirada perdida y el corazón roto, a Dorita. En medio de esta conmovedora historia, justo en el centro del cuadro, se encuentra Martina, a la que su destino va llevando de un lugar a otro, sin que ella realmente sepa por qué, movida por esos impetuosos vientos del sur que Marta Abelló es capaz de hacer que sientas acariciándote la cara y revolviéndote el cabello. 

En otro de los extremos del lienzo, en la entrada de servicio de la Casa Baena, está Simona, una de aquellas sirvientes fieles que pertenecía a los peores de aquellos pobres, a aquellos que intentaban salvar sus vidas y sus existencias poniéndose de parte de los poderosos o actuando como si lo fueran, ensañándose con los más débiles sin misericordia ninguna, fueran mujeres o niños, esperando que aquellos señoritos que iban a caballo la miraran a la cara, suplicando algo que nunca le darían, mientras los caballos, los bandoleros y la Guardia Civil, recorrían los caminos de Antequera a Campanillas y de Archidona hasta Málaga.

Marta Abelló podía haber escrito una novela, palabras que contaran todo aquello, pero para que esa imagen se grabara a fuego decidió pintar una acuarela llena de detalles, de todas esas cosas que pasan allí en el sur mientras el asfixiante terral que sube de África o el seco viento de poniente te hacen parecer que el tiempo se ha detenido y que lleva así desde que el hombre es hombre, bajo un infinito manto de estrellas, en esas tierras resecas, en esas tierras frondosas, en esas tierras de niebla y miel.

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