El ataque fue espléndido. Por inesperado, por infrecuente y por innecesario. Faltaban 14 kilómetros para la meta y Roglic salió con el ímpetu de quien puede dejar la carrera sentenciada. Como si no quedaran todavía once etapas. Como si fuera posible rendir tan pronto a los enemigos. Cada vez que un líder ataca intenta un sometimiento moral que suele dar resultado… si toma ventaja. Y Roglic no la tomó en exceso. Unos veinte segundos sobre Supermán, Enric Mas y Haig. Poca cosa.

El manual del ciclista sensato indica que en situación parecida se debe levantar el pie y bajar con precaución. Roglic hizo lo contrario. Bajó como si tuviera urgencias. Como si la Vuelta pudiera decidirse por veinte segundos. Como si quisiera impresionar a una novia del instituto. Estuvo a punto de caerse en la primera curva comprometida y se cayó en la segunda. Se deslizó por el asfalto con mejor suerte que Valverde y se levantó a toda prisa, es posible que algo ruborizado. Había puesto en peligro su victoria en la Vuelta. Quizá todavía esté en peligro. A Roglic las caídas le suelen dejar secuelas. Es como si le dolieran más que al resto. Hasta el momento competía silbando, su cara irradiaba confianza. Apuesto a que ahora dejará de silbar.

En la persecución al líder quedó claro que, antes de batirse en duelo con Roglic, Enric Mas tendrá que vencer a Supermán López. Hay quien entiende que el colombiano trabajó para su compañero. Mi sensación es que trabajó para sí mismo. Y no creo que se le pueda reprochar. Se encuentra a 53 segundos de Enric, una diferencia tan pequeña que no permite nombrar todavía a un capitán. Confiemos en que en Movistar no se pongan nerviosos y disfruten del privilegio que significa tener dos opciones.

La etapa fue tan formidable que incluyó varias historias. La del noruego que se pone líder en el Rincón de la Victoria tiene su miga. Odd Christian Eiking (27 años) jamás imaginó que entre sus paisajes favoritos estará a partir de ahora el de una ciudad que hasta 1949 tenía el nombre de Benagalbón y que desde entonces rinde homenaje a la Virgen de la Victoria. No descartemos que Eiking acabe de guía turístico de la zona dentro de 50 años. Los noruegos son tipos sabios.

El triunfo de etapa (hay algo redundante en ganar en El Rincón de la Victoria) correspondió, de nuevo, al niño Michael Storer (24), australiano con ganas de comerse el mundo. El chico, que ya había tocado pelo en el Balcón de Alicante, volvió a imponer sus piernas y su sentido de la oportunidad. Cuando tenía 14 años se convirtió en la cobaya de su hermano Matthew, que había estudiado Ciencias del Deporte, y ya podemos afirmar que los experimentos funcionaron (“él me ayudó a dar el paso al siguiente nivel, aprendí a sufrir más allá del límite”). Llegados a este punto, la duda no es si ganará otra etapa, sino cuándo la ganará.

La fuga de 31 ciclistas trastocó la general deliciosamente. Guillaume Martin, nuestro filósofo favorito, es ahora segundo, a 58 segundos de Eiking y con 1:19 sobre Roglic. Bernal cedió 37 segundos con el esloveno, Mas y Supermán, lo que no es buena señal, aunque los campeones son seres imprevisibles. Landa, por si tienen curiosidad, llegó a casi diez minutos de los favoritos. Haig será el ciclista del Bahrein que luche por el podio. De momento el landismo sigue en pie, aunque inclinado como la Torre de Pisa.

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