Primer título experimental: “Gana Vinicius y el Madrid no”. Es mejorable, lo sé, pero define la felicidad de un futbolista en contraste con la decepción del resultado. Me pregunto si la eclosión goleadora de Vinicius compensa el empate. Apuesto a que no me costaría encontrar a madridistas que respondieran que sí. También me hago preguntas sobre el segundo gol de Vinicius, fabuloso, de ser cierto. Lo celebró poco en comparación con algunos rebotes inolvidables. Y era un gol, un pellizco sublime, para lustrar la bota del goleador y pedirle un autógrafo. A no ser que en el golpeo hubiera algo de fortuna, es posible que otra intención, cuántas veces nos ha pasado que el balón nos corrige una mala idea (pocas, pero nos ha pasado). Cuando al acabar el partido le preguntaron por el gol, fue escueto en la respuesta, algo difuso. Y era para explayarse. Para contar que lo practicaba desde niño en la playa, o que se lo vio hacer a un viejo jugador del Flamengo, o que el secreto es cortarse la uña del dedo gordo en forma de dientes de chapa. Algo.

Al finalizar el partido había sobre el campo un catálogo de sensaciones, desde la euforia a la frustración. Los del Levante acabaron más que satisfechos por salvar punto con diez y con un defensa de portero. Excluyo a Alex Cantero (21 años), que falló un gol que hubiera sentenciado el partido y le habría encumbrado a él; se pasará las noches próximas repitiendo la jugada a ver si entra por fin el balón. Entre los jugadores del Madrid había de todo. Vinicius volaba, ya queda dicho. En el resto, unos daban por bueno el punto después de igualar dos veces un marcador adverso y otros se sentían frustrados por no disparar a puerta desde que Vezo tuvo que ocupar la portería. En el banquillo también había un buen surtido de sentimientos. Es fácil que Bale, Hazard e Isco se preguntaran si no hubieran merecido ellos intentar la remontada, o el empate. Fueron sustituidos cuando el Levante se adelantó 2-1 y de alguna manera el cambio interrumpió la terapia que ha seguido Ancelotti con ellos. Tiene poco sentido dar confianza a jugadores perdios y retirarla de golpe al primer chaparrón. En el caso de Isco, su primera parte había sido la mejor en meses, quizá en años. Reemplazarlo por Asensio chirrió como una bisagra oxidada.

Y aunque ahora quede muy lejos, hay que recordar que durante la primera parte el Madrid tuvo ratos brillantes, no los primeros, pero sí los últimos, cuando Isco se adueñó del mediocampo y el equipo se ordenó en torno a él. No tiremos eso a la basura.

Hasta que llegaron los cambios, y aun después, el Madrid tuvo más problemas defensivos que ofensivos, por eso no pareció justo señalar a los jugadores bajo tratamiento. Habrá quien piense que gracias a eso Vinicius rescató un punto. Tampoco faltarán los que crean que esto supone un antes y un después en la trayectoria del chico. Yo no vi juego en ese arrebato final, ni un jugador renacido, sólo el optimismo de siempre y un poco más de acierto. Y caos. Y ya sabemos cómo es el caos. A veces te despeina y otras te hace la raya.

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