El anciano escucha con cara de desconsuelo la respuesta del dependiente de este supermercado en el que ayer lo más barato costaba 2,95 € y hoy está a 3,95€.

—Antes vendíamos prensa, pero ya no la va a encontrar en ningún sitio cercano.

El anciano asiente despacio, como si le hubieran quitado una razón para levantarse de la cama y no supiera con qué sustituirla. Siento pena porque sé que, con su edad, yo también haré la misma pregunta, aunque para entonces ya no habrá prensa. Habrá periódicos digitales, pero la prensa, que vive del papel, como yo, ya no existirá.

Es duro sentarse en la playa con el móvil al lado. Agosto es menos agosto sin la compañía de un periódico que abrir lentamente, pasando las hojas con la tranquila cadencia con la que las gaviotas mueven sus alas mientras nos sobrevuelan y con tiempo suficiente para descender del titular al resumen y del resumen a la noticia, por cuya extensión uno podía pasearse como si lo hiciera por la orilla.

Tradicionalmente, era el mes en el que la prensa generalista se tomaba menos en serio, mientras la deportiva cogía el relevo con los anuncios de posibles fichajes en titulares grandes y rotundos, como las letras en las lápidas de un mafioso. La mayoría no se cumplían, pero era una fase previa de la competición en la que se podía soñar mientras los periodistas se convertían en guionistas de telenovela, transmitiendo palabras, estudiando opciones e interpretando qué quiso decir tal delantero con el lenguaje secreto de su abanico mientras tomaba algo en el paseo marítimo.

Todo ese juego de novela rosa necesitaba el papel como el patinaje la pista de hielo. Era su terreno de juego. Ahora, aquí en la playa, no puedo experimentar la misma sensación, por mucho que el ejercicio pretenda ser el mismo. Cada comida necesita su mantel (por poner otra imagen, que vamos sobrados) y en la pantalla del móvil no pueden servirse todas. Es imposible cambiar tu percepción cuando el medio que tienes entre manos es el mismo en el que, en cualquier, momento, tu jefe puede mandarte un mensaje por un problema que ha surgido en la oficina. Con el periódico de papel, salvo en el que aparece en el Take on me, de A-ha, no hay interacción que valga.

Tenía el rito de pasarme por la papelería a por él y, en un gesto de soberanía intelectual, despreciar primero la prensa extranjera, después la nacional, hacer lo mismo con la local y coger por último el periódico deportivo para recibir el día con un titular y su foto. Daba placer comprarlo bien doblado y ver cómo, conforme pasaba el día, iba sufriendo el efecto del agua, de la arena, de las manos con protector solar. La mañana te daba un crianza y al terminar el día tenías ya un reserva, más asentado, con nuevos matices.

Así que voy a la playa sin el periódico. Hay mucha gente mirando su móvil, haciéndose selfies, grabando vídeos del mar para recordar estos momentos en los que estaban frente al mar grabándolo en vídeo. Por un momento me veo como el Joaquin Phoenix de En realidad, nunca estuviste aquí, paseando con un martillo mientras destrozo móviles, pero, me digo, nadie tiene la culpa de que esa faceta mía de yonqui que necesita su dosis de nostalgia, envuelta esta vez en forma de periódico.

Me tumbo al sol.

Expuesto al sol, inmóvil, noto cómo me voy convirtiendo en una palabartija, ese animal del que hablaba David, el protagonista de Rabos de lagartija, de Juan Marsé, que tenía un rabo que soltaba un líquido negro como la tinta porque se alimentaba de libros viejos, periódicos y toda clase de papeles escritos. Mejor esta metamorfosis en palabartija, me digo, que la más fúnebre de Kafka, pero es que a Kafka el Mediterráneo le quedaba un poco lejos y eso se nota. Lo del escarabajo debió suceder un lunes de un frío mes de enero

Mi familia no nota nada porque esta metamorfosis debe ser interna, pero yo sí que percibo en mi olfato cierta nueva habilidad que me sirve para orientarme como una anguila en busca de su mar de los Sargazos. Por ejemplo: pocos días después de este encuentro con el anciano y el dependiente del supermercado en el que lo más barato ahora cuesta 4,95 € (oferta y demanda a toda máquina) organizamos una visita a un pueblo de casas blancas que nos habían recomendado.

El pueblo, que no recomiendo, está lleno de casas blancas y es tan real como un barrio en el Parque de la Warner. Está bien para rodar un anuncio de moda en primavera o para hacerte una buena sesión de Instagram si tienes quince años. Pero, apenas llegamos, mi olfato detecta algo. Las cosas buenas de ser palabartija, recuerdo, además de poder subirme físicamente por las paredes si pierdo la paciencia. Escojo un camino que se sale del que siguen los demás y acabo llegando, con la falsa promesa de que vamos a ver lo mejor del pueblo, a una tienda en la que, afuera, hay un expositor con periódicos.

Me quedo un rato en silencio y después doy vueltas alrededor como si fuera un estudiante de arte analizando el David de Miguel Ángel. Es un expositor bien surtido, rollizo, sano, internacional, seguro de sí mismo, equilibrado. Acerco la mano a un periódico y al instante noto cómo todos los sensores de mi cuerpo reaccionan. Todos: los nobles y los menos nobles. Ese es el tacto que necesitaba. Después de tanto tiempo sin sentir el papel, mis yemas están tan sensibles que podría saber qué está escrito por el leve cambio en la superficie.

Pero eso era antes. Las palabartijas tenemos mucha sensibilidad ante la tinta pero no sabemos leer. Nos alimentamos, literalmente, de lo escrito. Así que no debe extrañarse nadie de que, en el clímax de mi experiencia sensorial, empiece a arrancar trozos de todos los periódicos y me los lleve a la boca con la delectación del que se toma su tiempo eligiendo los bombones de su caja sabiendo que acabará vacía.  

Voy picando de periódico en periódico, pero el momento final coincide con la aparición del dueño de la tienda, al que le han contado lo que pasa y, aunque me ve, no se lo cree. Levanto el índice derecho, con la boca llena, para decirle que ya casi está. Solo me queda llevarme el solomillo, ese titular del periódico deportivo en el que se anuncia la marcha de Messi y que arranco con decisión para darme un buen banquete en la playa. Ahora sí que puedo decir que estoy de vacaciones.

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