La maldición sigue para el fútbol español. No hay un verano bañado en oro desde aquel de Barcelona’92. En un partido de alternativas, fue Brasil quien reeditó su oro olímpico. Tuvo que ser Malcom, un repudiado por nuestro fútbol, quien nos diera la puntilla en la enésima prórroga del verano. Esta vez la moneda no cayó cara pese a que los nuestros pudieron evitar ese tiempo extra que ha terminado condenándonos. Esos dos travesaños son ahora heridas que sangran. La primera cicatriz para una generación de jóvenes que entre la Eurocopa y estos Juegos Olímpicos han gritado con fuerza que el fútbol español tiene más futuro del que le augurábamos. Tienen tiempo por delante para cambiar esta plata por laureles mayores.

España se encontró con la primera ocasión casi sin querer. No pesaba Pedri en el juego y Mikel Merino solo aparecía con cuentagotas. Pero la acción individual de Asensio y su centro medido permitió el remate tímido de Oyarzabal tuvo que ser rebañado por Diego Carlos bajo la línea. A partir de ahí creció Brasil. La verdeamarela buscaba una y otra vez las cosquillas a Cucurella. El jugador del Ajax quizá sea el único talento que resista la comparación con las viejas generaciones brasileñas. Cuando cimbrea la cintura es muy difícil no caer hipnotizado.

Los brasileños se habían adueñado de la pelota antes de la media hora de partido. Y tanto Antony como Claudinho eran dos puñales por las bandas. Por la media punta flotaba Matheus Cunha y la hiperactividad de Richarlison traía de cabeza a nuestros centrales. Así en una falta lateral, Unai Simón volvió a demostrar que los balones colgados se le siguen atragantando. Su salida a lo Superman se llevó por delante a Matheus Cunha en un penalti made in VAR. Tan cierto es que golpeó al delantero brasileño como que éste no hubiera llegado al balón ni haciendo la catapulta infernal de los Mellizos Tachibana. Luego Richarlison se encargó da darnos una vida extra y mandar el balón a Sapporo.

El regalo, pese a todo, no reactivó a los de Luis de la Fuente. Con Pedri enjaulado y sin nadie que pusiera en ventaja a nuestros delanteros, Brasil siguió insistiendo por la banda izquierda donde Arana se sumaba a Claudinho para buscar la superioridad frente a un exigido Óscar Gil. Fue desde ese costado por el que llegó el centro pasado al segundo palo que ganó Dani Alves tirando de veteranía. El balón llovido volvió a caer en el corazón del área y Pau Torres, falto de contundencia, no atinó a despejar. Cunha, sin soltar la caipirinha, remató a placer.

La respuesta de España al gol fue Bryan Gil (el más brasileño de nuestros jugadores) y Carlos Soler para intentar poner una mordiente que no habían puesto ni Mikel Merino ni Asensio. El primer chispazo de Gil culminó con un centro medido a Oyarzabal que chocó con las piernas de Soler. El remate llevaba marchamo de gol, pero seguíamos pisándonos la manguera. La respuesta brasileña fue más amenazante que eficaz. Con tres toques se plantaban delante de Unai Simón. En la mejor ocasión del encuentro, Richarlison, que es más venenoso con sus movimientos que con sus pies, tiró al cancerbero al suelo con sus amagos. Con todo a favor, estrelló luego el balón en el travesaño. España seguía con vida y eso ya era mucho.

Y hay sentencias que tienen vigencia hasta en Japón. Quien perdona la paga. Fue lo que sucedió cuando España encontró a Carlos Soler a la espalda de Arana y este puso un centro maravilloso al segundo palo. Allí apareció Mikel Oyarzábal, txuri urdin volador, para rematar con el alma en una volea que hubiera firmado el mismísimo Cruyff. En un parpadeo volvíamos a estar en la pelea. Y Carlos Soler seguía a lo suyo, apareciendo entre líneas y buscando el segundo con un golpeo desde la frontal que Santos tuvo que atajar en dos tiempos. El partido crecía en tensión, en cada choque saltaban chispas, y Brasil ya no salía tan rápido a la contra.

Óscar Gil no había nacido en 1994 cuando Andoni Goicoetxea marcó aquel gol en EEUU’94 frente a Alemania. Pero el lateral del Espanyol estuvo a punto de replicar al vasco con un centro chut que en su caso se estrelló en el larguero. Sin antecedente conocido resultó el chutazo de Bryan Gil. Su latigazo hizo resonar el larguero del Nissan Stadium de Yokohama. La última estuvo en la cabeza de Pau Torres, en un córner con reminiscencias al de Barcelona’92. Pero aquí no hubo un Kiko que evitara la prórroga. Y esta vez la que había perdonado era España.

Brasil nos atropelló en la prórroga y en una de sus acometidas Malcom hizo diana. Por el camino dejó por los suelos a Vallejo, de forma literal y figurada. Otra vez la falta de contundencia defensiva nos condenaba y esta vez no había tiempo de reacción. Como en Sidney 2000 nos ahogamos en la orilla. Pero si entonces nos arrolló la Camerún de Eto’o, hoy nos ganó una Brasil menor. O ese es el regusto a esta hora. Ojalá lo que esté por llegar a estos jóvenes sea parecido a lo de aquella generación del 2000.

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