Phil Anderson, un ciclista australiano de los años 80 y primeros 90, tenía una dentadura como la de Enric Mas, blanca y amenazante como la sonrisa de un tiburón. En los grandes esfuerzos, cuando apretaba la mandíbula, se le podían contar los dientes, los 32 reglamentarios y quizá alguno más. Fue el primer ciclista no europeo que se vistió de amarillo en el Tour (1981) y un ganador recurrente de etapas. A los 63 años se conserva igual o parecido, con los pómulos marcados, el ceño algo fruncido y la dentadura ansiosa de mordiscos.

Phil Anderson antes y ahora.

Enric Mas tiene la dentadura, aunque todavía no ha desarrollado el ceño. Algunos pensábamos que no lo iba a desarrollar nunca (o quizá sólo era yo), pero es posible que en esta Vuelta esté evolucionando de superviviente a depredador. En Valdepeñas de Jaén volvió a aparecer como un ciclista agresivo, desafiante ante Roglic. Es lo que le faltaba. Gruñir al enseñar los dientes

Los tres segundos perdidos con Roglic son un asunto menor en comparación con el paso hacia delante. Es verdad que la bondad le brota de manera espontánea y concluida la etapa saludó efusivamente al vencedor, que le respondió con el mismo afecto. Aprovecho que nadie me lee para decir que Enric Mas debería controlar sus buenos instintos y explorar los malos. Un deportista que pierde debe endemoniarse un poco. Y más aún si fue cerrado en la subida final por el jefe de la carrera. Hay que odiar para competir al más alto nivel. Y no hablo del odio que consume, sino del que impulsa. Hay que rebelarse ante algo y a ser posible tener presente una motivación lacerante: una infancia penosa, el desprecio de unos, la desconfianza de otros. Todos los campeones cuentan con un motivo oscuro.

El orden de llegada a meta fue un preciso informe de las fuerzas de cada cual. Muy cerca de Roglic, Enric Mas. A cinco segundos, Supermán. A siete Haig y a once Bernal. Ahí está la pelea por el podio sin olvidarse a Adam Yates, agente libre al servicio de su majestad.

Queda mucho. Suficiente para aprender a odiar.

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