La noche en que Bob Beamon perdió el récord del mundo de salto de longitud durmió en su casa de Miami y no vio la competición. Se lo confesó a Loles Vives, enviada especial de El Mundo Deportivo a Tokio y primera periodista del mundo en hablar con él tras el concurso de saltos del estadio olímpico nipón. «No lo sabía, estaba durmiendo», le dijo con voz somnolienta. Era el 30 de agosto de 1991 y, al otro lado del planeta, el también estadounidense Mike Powell había superado por cinco centímetros los legendarios 8,90 metros de Beamon.

Pero en la crónica de Vives flota entre líneas una incógnita interesante. ¿Por qué Beamon se fue a dormir en una noche tan importante? Gracias a la perspectiva que da el tiempo, la supuesta placidez de su sueño contrasta con la certeza que la mitad de la humanidad tenía. En el estadio olímpico de Tokio, a 14 husos horarios de Florida y 11.998 kilómetros más al oeste, se celebraba la final de la disciplina en la que él reinaba desde los Juegos Olímpicos de México 68; y la disputaban, entre otros, Carl Lewis y Mike Powell, medalla de oro y plata respectivamente en Seúl 88.

Nadie podría creer que se acostara por desinterés, un desapego a lo que su salto significó en el mundo del atletismo. O porque los 23 años transcurridos le hubieran inmunizado contra la pequeña inmortalidad que te proporciona una hazaña como aquella. De hecho, los primeros segundos de la llamada que Loles Vives relata son suficientes para palpar la decepción que sintió al enterarse:

Loles Vives: ¿Qué piensa sobre el récord del mundo de Mike Powell?

Bob Beamon: ¿Qué?

LV: Sobre los 8,95 que ha saltado Powell en el Mundial de Tokio…

BB: (Silencio).

LV: ¿Cuál es su opinión?

BB: (Silencio). Me alegro por Powell. (Más silencio).

Es fácil imaginar a la periodista con su boca pegada al micrófono del teléfono y la punta del bolígrafo apoyada sobre la hoja de una libreta, preparada para anotar. Al otro lado, el zumbido de una conexión transoceánica del año 91 como único fondo y la respiración de Beamon contenida. Un segundo, otro más. Los ojos que se cierran, un labio inferior mordido y un suspiro mudo para ganar tiempo, el necesario para articular una respuesta que quizá ya tenía pensada. Aunque esperara no tener que pronunciarla nunca.

Hasta esa llamada, Beamon era el ser humano que más lejos había saltado jamás con la única ayuda de sus piernas. Su imagen volando sobre el foso del estadio olímpico de México en octubre de 1968 llevaba impresa casi un cuarto de siglo en nuestro imaginario. Menos de un segundo en el aire que cientos de fotografías y filmaciones de medios de todo el mundo registraron para la eternidad. Las crónicas del día lo llamaron «salto del siglo XXI». Y hasta que Powell lo superó, solo el armenio Robert Emmiyan se había acercado a cuatro centímetros en 1987, cuando aún era atleta ruso.

Pero volviendo a lo que nos interesa. Lo que no resultaría creíble es que se acostara porque un arranque de soberbia le hiciera creerse a salvo de Carl Lewis. Todo el mundo, Beamon incluido, era consciente de que un récord tan longevo era algo inusual. El atletismo vivía una época (polémica), las décadas de los años 70 y 80, en la que se batían registros constantemente en cada cita olímpica, mundial o continental. Y él no se había olvidado de quién había ganado el concurso de longitud en los dos Juegos anteriores (Los Ángeles 84 y Seúl 88) y Campeonatos del Mundo (Helsinki 83 y Roma 87). De otro modo, no habría reconocido lo que le contó a Loles Vives: «Era inevitable que esto sucediera. Pero siempre pensé que sería Lewis». Por supuesto. Carl Lewis, nadie imaginaba que no fuera él, tercera mejor marca de la historia de la longitud en aquel momento. Y propietario de seis de los diez mejores saltos registrados hasta aquella tarde de tormenta en Tokio.

Otra tormenta

Como en su salto de 1968. Y también en viernes. Una coincidencia que a un guionista barato de Hollywood le habría servido para hilar una historia en la que todo terminaba esa tarde, en la que un círculo se cerraba el mismo día de la semana y con una meteorología similar como aliada. Con el mismo cielo de nubes tensas y bajas presiones, que aligeraban la atmósfera y hacían flotar los cuerpos. Y un calor igual que el del estadio olímpico de México DF, ideal para mantener los músculos en un estado óptimo y rendir al máximo. Pero Lewis no necesitaba ningún guionista. En solo tres saltos le dijo al mundo que él podía. Superó su mejor marca personal en cuatro centímetros y marcó 8,83 metros sin apenas viento a favor.

Estremece imaginarse por un segundo en la piel de Beamon delante del televisor, respirando hondo cada vez que el de Alabama empezaba su carrera de aproximación con la mirada fija en el tartán. Y más aún en el cuarto intento, del que quizá pocos se acuerden. Sí, el primero en superar los 890 centímetros fue Carl Lewis, tal y como todos esperábamos. Solo por un centímetro, pero con la ayuda ilegal del viento, ay, el viento, que superaba los 2 m/s que permite como máximo el reglamento.

Ante esa hipotética visión, la opción del miedo puede ser la explicación más acertada para la incomparecencia de Beamon ante la pantalla. Pero en una variante siniestra de la vanidad. El temor a perder un reconocimiento al que te has acostumbrado durante más de dos décadas. En una situación así, pasar una madrugada plácida frente a la televisión suena incompatible con que en el extremo opuesto del mundo dos atletas con muchas posibilidades de batirte estén compitiendo.

Por eso quizá uno tome la decisión de irse a dormir. Y hacer como quien se da la vuelta para no ver el quinto y decisivo lanzamiento de una tanda de penaltis de su equipo favorito. Una manera de decirle al mundo que lo que está ocurriendo en Tokio no te roba el sueño. Y que vas a esforzarte para que no se te note demasiado la tristeza cuando descuelgues el teléfono y alguien te anuncie que ya no eres el mejor saltador de la historia.

De eso se trata. No sería nada extravagante usar el sueño como antídoto para afrontar lo insufrible, para no ver cómo caes ante lo que los expertos llaman la mejor tanda de saltos de longitud de la historia. Se necesitaría un corazón muy fuerte para resistir en el sofá ese cuarto vuelo de Carl Lewis y el puñado de segundos que transcurrieron, mientras los jueces medían el salto, hasta que la cámara encuadró el anemómetro que certificaba su invalidez: 2’9 m/s.

Beamon y Powell, dos saltos para la eternidad. CORDON PRESS

La taquicardia habría seguido con el siguiente intento, el quinto para Mike Powell. Su mejor registro aún estaba a 30 centímetros del de Lewis, pero en lugar de venirse abajo ante el favorito, puso a trabajar la bomba de adrenalina en sus riñones. Y con las venas y arterias inundadas de ese cóctel químico, la hormona de la lucha y el peligro, se lanzó a una carrera de 22 zancadas, flotó durante un segundo y cortó la respiración de cada espectador de televisión y del estadio. Con la perspectiva de las cámaras se intuía que la huella sobre la arena era la de una gran marca. La mejor. 8’95 metros que le hicieron explotar y correr con los brazos apuntando al cielo por la recta opuesta a meta. En todo el trayecto su rostro pasó de la alegría a la rabia y otra vez a la alegría varias veces, con el puño derecho apretado, estrujando la historia en la palma de la mano. Y con una certeza en su cabeza. Lo había logrado, acababa de destrozar dos mitos en un solo salto: a Bob Beamon y al Hijo del viento.

Dónde estábamos entonces

Al igual que con la llegada del hombre a la Luna, todo aficionado al atletismo podría preguntarse dónde estaba en ese momento. Yo lo recuerdo perfectamente. En la salita de mi casa, delante de un televisor Philips y sentado en un sillón de mimbre tapizado. Para alguien que se había pasado decenas de horas apretando compulsivamente los cursores derecho e izquierdo de un ordenador MS-DOS para batir ese maldito récord, no había otro lugar más apetecible ese día.

Pero no para Beamon. Porque aunque los deportistas son conscientes de que cualquier récord nace con fecha de caducidad, no comprenden su significado real. No se dan cuenta de que es una inmortalidad prestada hasta que se enfrentan a su pérdida, hasta que alguien les condena a ser, ahora sí que para siempre, el segundo clasificado. Alguien de quien pocos se acordarán. Y él tuvo en la punta de la lengua durante más de dos décadas el dulzor de la eternidad, algo que sin duda ayuda a alimentar ese rincón del ego humano que nos hace desear la trascendencia. Irte así a la cama durante 23 años hace muy difícil afrontar el que puede ser tu último día como mito de un deporte.

Por eso no es tan difícil entender que Bob Beamon durmiera (o lo intentara) esa noche. Quizá es lo que todos habríamos hecho porque nada refleja más el miedo a la pérdida que cerrar los ojos, no atreverse a mirar. A veces olvidamos que los deportistas, además de héroes, también son humanos. Aman y desean, sueñan. Presumen. Y también temen.

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