Si fuera un deportista norteamericano, Marco Asensio saldría de estos Juegos Olímpicos coronado por una serie de Netflix, o de HBO o de Amazon Prime. Es la historia de redención, caída y resurgimiento que tanto gusta a los norteamericanos. Es la historia del niño prodigio al que los recovecos del destino y del coco le van a apartando de los focos a medida que escala en la pirámide del fútbol. Como si tenerlo todo y estar en el lugar adecuado no fuera suficiente para triunfar. Marco sabe hoy que la diosa Niké siempre te puede guiñar un ojo, incluso cuando a los pies del monte Fuji, te preguntas si no te habrás extraviado camino de tu Ítaca particular.

La tensión y la responsabilidad de lo que había en juego quedó de manifiesto en la primera mitad. Las defensas y los marcajes se impusieron en una partida más táctica de lo esperada. Solo Rafa Mir por parte de España tuvo el gol en sus botas. Su remate forzado no fue suficiente para superar a Tani. Japón tuvo la suya en botas de Doan pero no encontró portería después de ganarle la posición a Cucurella. Pese al dominio de balón de España, el encuentro era áspero y físico, con más choques de los deseados por los hombres de Luis de la Fuente. Japón, muy ordenada y replegada, lo fiaba todo a pillar descolocada a una España con menos fluidez en el juego que en partidos anteriores.

La fragilidad defensiva de los nuestros volvió a aparecer en los primeros compases de la segunda mitad. A España le costaba hilvanar juego mientras Japón subía un punto la presión y trenzaba tiralíneas a la contra. En un parpadeo Ayashi pudo colocar el primero en el marcador tras una dejada en la frontal. Su latigazo cogió desperdigados a los centrales. El disparo, desviado, supuso un alivio para Unai Simón. A falta de fútbol lo intentamos con el engaño y el colegiado Paolo Ortega se comió el anzuelo y la caña entera. El penalti que se inventó Merino -era falta en ataque tras la anticipación del defensor japonés- dejó en evidencia al peruano. La tecnología volvió a aliarse con los japoneses, que entendieron de un plumazo lo que era aquello de gato por liebre.

Pero esa jugada alteró el guión del encuentro. España, aupada también por la entrada de Puado y Carlos Soler, renovó energías y empujó a Japón hacia su portería. El balón era español pero las ideas seguían atrofiadas en Saitama. Y eso que Carlos Soler lo pudo desatascar con un arrebato de furia. Su cambio de ritmo desarboló a los nipones aunque su tiro, con todo el veneno que le quedaba dentro, fue taponado en el último suspiro. Luego fue Eric García quien en una falta lateral cabeceó en el segundo palo y el esférico golpeó en el brazo de Sakai. Volvimos a tirar el anzuelo, pero esta vez ni siquiera pico el peruano.

Kubo, tan intermitente como brillante durante todo el partido, reapareció en el último cuarto de hora para dar el último fogonazo nipón. Como un relámpago por el costado izquierdo se hizo hueco para lanzar un tomahawk al primer palo. Unai espantó el cuero como quien despeja todos sus fantasmas de un manotazo. De ahí hasta el final España metió una marcha más y el cambio de Asensio por Pedri, nos dio más mordiente y más piernas. En esos compases finales nadie estuvo más cerca del gol que Oyarzábal. El donostiarra llegó a tener un remate franco en el corazón del área que murió manso en las manos de Tani. Las geishas no querían saber nada de nosotros. Ni siquiera cuando el héroe de los cuartos, Rafa Mir, estrelló su lanzamiento en el cuerpo del cancerbero japonés. Los nipones resistían. Sobre esa virtud han edificado su historia.

Sucede que es más difícil levantar un imperio sin tu mejor artista. Moriyasu, seleccionador japonés, entendió que lo mejor era quitar a Kubo y poner a otros dos kamikazes arriba para aprovechar una contra. La apuesta a punto estuvo de salirle bien tras una llegada de Soma por la izquierda. El centro al corazón del área y posterior remate de Maeda nos heló la sangre, por más que se marchara desviado. España volvió a tenerla en los pies de Rafa Mir quien se obcecó con la portería cuando Puado aparecía solo en el segundo palo. Los goles los había agotado en cuartos.

Pero mientras sufríamos con cada internada nipona el destino tejía sus nudos o los deshacía, según como se mire. Esta vez fue en el 115′, cuando Asensio, intermitente e irregular en estos Juegos, se giró desde el pico del área y soltó un zapatazo con el alma, de esos que cambian trayectorias y alimentan la confianza. El gol lo hubiera firmado Oliver Atom o Marc Lenders o Tom Baker, pues llevaba la comba que mitificaron en Capitán Tsubasa. Asensio se liberó de la camiseta como quien se quita un peso de encima. Solo queda por saber si en esa piña que se formó en el córner el balear tuvo tiempo de exorcizar todos sus temores.

Si no fuera así, ahora tiene por delante una final olímpica para encontrar su propia redención que también sería la nuestra. 21 años después el fútbol español vuelve a una final olímpica. Ya sabemos a lo que se refería Murakami: «Cuando uno se acostumbra a no conseguir nunca lo que desea, ¿sabes qué pasa? Que acaba por no saber incluso lo que quiere». Y nosotros, como Marco, queremos el oro.

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