Hay veces en las que uno llega tarde. No es porque quiera, ni se sabe bien por qué, pero tarde. Eso me ha pasado con La cocinera de Castamar, como con tantas otras cosas. Esta vez la culpa la tuvo la serie de Netflix, fantástica adaptación de la novela. No sólo llegué tarde, también con lo que yo creía que era una idea precisa de Castamar, de Clara y de Don Diego. Pero en especial de Clara, esa Michelle Jenner que conseguía llenarlo todo. La fascinación me hacía pensar que la adaptación debía de ser muy fiel, ya que Fernando J. Múñez (Madrid, 1972), el autor, ejercía de productor ejecutivo.

Mis ideas preconcebidas no me sirvieron, porque la serie, siendo excelente, simplemente está basada en la novela, pero no es la novela. Y no es fácil abordar un libro de 730 páginas. Uno de esos libros voluminosos que ya no se llevan, porque casi asustan. La razón del temor es que te hacen meterte dentro y ya no te dejan salir mientras los tienes en tus manos, perdido entre sus páginas todo el verano. Una vez que comienzas, te das cuenta de que no había otra manera de hacerlo, que la tarea necesitaba espacio. Su autor nos quería contar toda una época, el primer tercio del siglo XVIII y, sobre todo, contarnos qué pensaban sus protagonistas. En eso, en mostrarnos pensamientos, sentimientos y sensaciones, Fernando es absolutamente tolstoiano. Cada personaje, ante cada situación, se va planteando dilemas o prejuicios o va cambiando su ánimo y su percepción de las cosas o de otras personas. Entretanto, el autor te va haciendo partícipe de todas y cada una, poniéndote en la piel que corresponda.

La cocinera de Castamar es la historia de Clara Belmonte, una chica, convertida ya en mujer y rozando la treintena, que proviene de una familia acomodada, que ha caído en desgracia y que ha tenido que buscar trabajo, que era lo peor que podía buscar una chica. La cocina es su pasión y en ella volcará toda su alma, y esas cosas se notan. Se notan porque esa pasión desatará otras pasiones, algunas de amor y otras de odio, algunas de vida y otras de muerte, pero pasiones al fin y al cabo, esas que según su autor nos hacen movernos en un sentido u otro. Esta novela es un vendaval de pasiones, desatadas o contenidas, pero pasiones.

Esas pasiones, nunca jamás exteriorizadas por los de arriba —pura contención mientras arden por dentro— es lo que hace grande a esta novela, llena por completo de detalles, como un buen guiso. Lleno de detalles y cocinado a fuego lento. Los sutiles detalles de la personalidad de sus personajes se van entremezclando con los sutiles aromas que desprende esa cocina, el alma de Castamar, con los vapores de los consumados para el desayuno, los pichones, los lomos de ternera y las jícaras de espeso chocolate. Se nos muestran la maldad, la bondad, el dolor y las dudas que nos corroen a todos. Esas dudas que nos hacen sentir que estamos en pie ante un abismo y que en cualquier momento podemos caer. Esas pasiones que planean por encima de todos los personajes y los hacen luchar entre la duda la pasión.

Al final, entre intrigas de palacio, nobles agraviados, dudas, envidias, rencores y odio, La cocinera de Castamar es Clara Belmonte en la cocina, de noche, alumbrada únicamente por esas velas que conformaban una atmósfera única y misteriosa, preparando viandas a solas para no tener que pensar, para que su corazón no se siga rompiendo, porque sabe que tiene que sobrevivir. Mientras, don Diego, sin atreverse a entrar, la mira, y de fondo suena Lascia ch’io pianga y entonces te das cuenta del motivo de que la novela tenga 730 páginas. Las novelas, como la buena cocina, deben tomarse su tiempo y estar al fuego lo necesario para que cada sabor, cada matiz, vaya casando con los demás hasta conformar un todo que nos deleite, que nos ponga en paz con el mundo y nos haga contener la respiración mientras rogamos que ese placer no termine nunca y se nos quede clavado en el alma para siempre.

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