Es tranquilo, muy tranquilo. Ahora es verano y no imparte clases. Su teléfono móvil es únicamente para emergencias, de esos de persona mayor. No usa whatsapp. El correo electrónico lo mira cuando puede, o cuando quiere, que no es siempre, porque siempre hay cosas más importantes. Al hablar va midiendo sus palabras y se queda en silencio observándolas, como si las oyera por primera vez, como si las disfrutara una a una. Vive en el campo y cultiva patatas y tomates, que ata con mimo a las cañas. Es lo que tiene ser inteligente. Tiene un doctorado en Filología Hispánica con una tesis sobre el teatro español de la posguerra. Publica artículos en revistas especializadas y lee una media de libros al año al alcance de muy pocos mortales.

—Te preguntarás por qué recomendamos ahora Morirás muchas veces, que es de 2016… Pero es que todo lo que se habla de ella es bueno y sentíamos que nos estábamos perdiendo algo.

—Frente a otros productos, las novelas nunca caducan, ni las películas, ni las canciones, ni los cuadros, ni ninguna obra artística, claro. Así que ahora, en 2021, que estemos hablando de una novela publicada en 2016 no supone nada malo. Todo lo contrario, siempre que se trate de halagos… bienvenidos sean. La novela se publicó en 2016, en formato de papel, en la editorial alicantina Agua Clara, pero vio su versión digital un par de años más tarde, en Click Ediciones. Lo cierto es que me extrañó que no se comentara más en su día, porque coincidió con el estreno, en el cine, de El caso Fischer cuya historia también aparece en mi novela. Son coincidencias… Imagino que el hecho de publicar en editoriales pequeñas y de provincias, limita mucho la promoción de la obra, por eso la labor de estas páginas, Roberto, es tan de agradecer para los autores poco conocidos.

—Esta novela es una historia muchas veces contada, sobre poderosos y gente corriente, con muchos personajes entrecruzados y con un ritmo vertiginoso.

—Pienso que a estas alturas ya no hay historias originales. Hace varios milenios lo escribió el autor del Eclesiastés: “No hay nada nuevo bajo el sol”. Imagínate ahora mismo… Creo que el valor de una obra reside no tanto en la idea que desarrolla como en la forma en que el autor la desarrolla. En ese sentido, Morirás muchas veces incide, como tú has dicho, en una historia sobre el poder, los poderosos… y el resto de los mortales, que somos, generalmente, unos pobres desgraciados. Es una historia mil veces contada… pero a la que he intentado dar un nuevo giro, más frescura, cierto juego de perspectivas y focalización, sus toques de humor, un final abierto para los personajes… que no para los lectores.

—Y de toda esa gente, es el lector el que más conocimiento tiene de todo lo que sucede, el que tiene la visión más global.

—Como lector de novelas de misterio, siempre me ha molestado que el autor se guardase algunas claves para luego sorprender al lector, a través de la disquisición última del detective de turno. Basta recordar a Holmes, Poirot y a otros. Desde Puzzle de sangre tomé la decisión de darle una vuelta a la tortilla: esta vez será el lector quien sepa siempre más que los personajes, que todos los personajes. En ese sentido, el lector se parece mucho al autor, pues ambos son omniscientes. Repetí esta técnica en Un elenco de perros y en Morirás muchas veces, donde los personajes tienen conciencia de sus actos y pensamientos, pero desconocen todo lo que concierne al resto y son incapaces de unir todas la teselas del mosaico… El lector, en cambio, sí es capaz de poseer una visión completa y, por ello, de tener un sentido pleno.

—¿De dónde te surge esta novela?  

—Originalmente la idea primigenia surgió de una imagen que reproduzco en los capítulos iniciales: vi a un policía en cuclillas, sobre un césped húmedo, imaginando que el asesino, tras acabar con su víctima, se había entretenido regando… Fue como una especie de flash, de relámpago que se me quedó incrustado en pensamiento y que necesitaba una historia donde engarzarlo. Como también son muy aficionado al ajedrez, pensé en la figura enigmática y excéntrica de Bobby Fischer y me dije que tampoco vendría mal buscar una ficticia hipótesis a su extraño comportamiento. Lecturas, películas… todo contribuyó para ir construyendo esta novela que, cuando uno se acerca a ella, comprueba que está formada por dos relatos paralelos en lugares y tiempos distintos y muy alejados, donde encontramos líos de espías en plena Guerra Fría y tejemanejes de oscuras organizaciones.

—¿Te suelen surgir este tipo de tramas mientras vas encañando los tomates o amarrando las lechugas de tu huerto?

—Ja, ja, ja… Lechugas no planto. Tomates y patatas sí. Me gusta mucho la tierra y vuelvo a ella siempre que puedo. Me encanta el trabajo manual y, a ser posible, solitario; me relaja y me permite, también, disponer de tiempo y tranquilidad para que mi pensamiento resuelva dudas o imagine historias. Más de algún momento de mis novelas y algún que otro cuento ha surgido en mi mente mientras vareaba olivas o labraba la huerta… Leo mucho, trabajo como profesor de secundaria… Necesito y busco esos momentos plenamente físicos que me permitan dejar a un lado el trabajo intelectual. Y como no soy deportista… pues busco alternativas donde sudar tanto o más.

—Llevas escribiendo toda la vida. Tu primera novela Castilla o los veranos (2004) es muy distinta, podría calificarse como costumbrista

—Toda la vida es mucho tiempo… pero sí. Conservo cuentos que escribí a los ocho o nueve años. Aunque creo que es lo normal en todos los que estamos heridos por este aguijón de la literatura, ¿no? En cuanto a Castilla o Los veranos, sí. No he vuelvo a publicar nada parecido: se trata de una novela que podía calificarse como tú lo has hecho, costumbrista… pero también social o realista, aunque con muchos toques líricos. Era una especie de deuda pendiente que tenía con mi familia paterna que, durante la primar mitad del siglo XX, se dedicó a recorrer la geografía española elaborando tejas. Habrás apreciado que dicho que no he vuelto a publicar nada parecido… Lo cual no quiere decir que no lo haya escrito. De hecho ahora estoy trabajando en una obra que se aleja de la novela de misterio…

—En 2007, con Destilando fantasmas te pasas ya a la novela policiaca…  

—Bueno, esta novela tiene dos partes muy diferenciadas, centradas ambas en una universidad estadounidense. La primera parte continúa la dinámica realista o costumbrista de Castilla o los veranos, hasta que el misterio y el crimen irrumpen en la segunda parte y a partir de ahí sí podemos decir que se trata de una novela de misterio.

—Por cierto, ¿qué diferencias hay entre novela de misterio, policiaca, negra y thriller?

—No soy un fanático de los nombres, pero sí me gusta dejar las cosas claras. Será mi inclinación docente. En Un crimen otoñal, mi penúltima novela, hablo de estas distinciones. No son importantes, la verdad, porque todo reside en que la obra sea buena y el lector disfrute con su lectura… Los calificativos no añaden valor a la novela. Sin embargo, observo que las editoriales utilizan estos términos de manera bastante arbitraria y pueden generar ciertas dudas o confundir a los lectores. Novela de misterio es eso: la historia que se lee está asentada sobre un misterio que hay que solventar, desde un asesinato hasta un robo, o un secuestro, una violación… Según cómo el autor haya desarrollado este misterio, y su solución empiezan a aparecer las distinciones. Algunas son muy obvias y de sentido común: policiaca, si aparece un policía; detectivesca, si aparece un detective que, normalmente, es un investigador privado o una especie de amateur. Desde hace unos años se ha ido generalizando la denominación de novela negra y hasta algunas editoriales incluyen en sus catálogos a Agatha Christie como novela negra. ¡De risa! No hay espacio aquí para hablar de los diversos grupos o subgrupos, por eso me permitirás que haga algo de autopromoción e invite al lector a acudir a Un crimen otoñal, publicada por Grupo Tierra Trivium. Aparte de que se divertirán mucho con su lectura, aprenderán.

—Son los estilos más extendidos en estos momentos… ¿Crees que es eso lo que demandan los lectores?  Tal vez nuestras vidas son los thrillers que van a dar en la mar, que es el morir…

—Decía Borges, defendiendo la novela de misterio o policial, como él la llamaba, que en un tiempo de caos era la única forma de mantener un orden. Como lector busco en las novelas lo que no me da la vida: tranquilidad, orden, estructuración y, al final, una resolución satisfactoria de los conflictos planteados… Es decir, todo lo contrario a la vida, que es un cúmulo desordenado de caos, casualidad, azar e intranquilidad. Por otro lado, las editoriales son empresas que se dedican a ganar dinero. Y es lo normal… No se lo reprocho. Si han visto que las historias de este género se venden, es lógico suponer que insistan en ellas. De todos modos, se publican los suficientes libros en este país para que el lector tenga donde elegir. Basta con acudir a una librería para advertir que la oferta es inmensa.

—¿Es posible que a tu novela Puzle de sangre le tengas un cariño más especial?

Vaya pregunta, Rober! Es como si te dijeran que eligieses a tu hijo preferido… Les tengo cariño a todas mis novelas. Sí es cierto que algunos momentos de estas novelas los prefiero sobre otros, porque me costaron más de escribir, o me costaron menos, o los escribí en un momento especial… En lo que respecta a Puzle de sangre se dieron varias condiciones que la hicieron diferente. La primera, y más importante, es que fue una novela escrita a cuatro manos junto con mi amigo Mario Martínez Gomis. ¡Y nos divertimos tanto! Además, el experimento salió tan bien: se vendió mucho, gustó muchísimo y los críticos la propusieron para el premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. También sucedió lo mismo con Morirás muchas veces, por cierto. De hecho, ahora estamos acabando Mario Martínez y yo una nueva novela también escrita al alimón.

—Todos los escritores coinciden en que para escribir hay que leer mucho. ¿Cuánto lees Pepe?

—Muchísimo, quizá demasiado… porque mucho del tiempo que invierto leyendo no escribo y por eso a veces se me siento mal porque me gustaría escribir más. ¿Quieres una cifra? ¿Sí? El año pasado leí 149 libros. A 1 de agosto llevo leídos 68 libros. ¿No te lo crees? Pues es verdad…

—Para esa impresionante cantidad hace falta una velocidad de lectura importante.

—Calculo que en invierno, otoño y primavera, es decir, mientras estoy trabajando, leeré unas 70 u 80 páginas al día. En verano, durante las vacaciones, puede alcanzar el doble. Hubo días en que leí una novela de Simenon por la mañana y otra por la tarde… Ya te lo dije, me encanta leer y siempre que tengo ocasión lo hago.

—¿Qué lees?

—De todo: novelas de todos los géneros. Hoy he terminado Músika, una novela de Javier Azpeitia, publicada en Tusquets, que me ha encantado y que recomiendo a todos. Poca poesía, sí es cierto. Pero también leo ensayos: el último, Crítica de la razón paranoide, de Gallo, que también me ha parecido muy interesante. Y teatro, que me apasiona. No en vano soy doctor en Filología Hispánica por una tesis doctoral sobre Alfonso Paso. ¡Ah, y novela juvenil! Necesito buscar títulos que luego recomendar a mis alumnos. Y hay algunas obras muy interesantes como, por ejemplo, la trilogía de Mentira, Verdad y Miedo, de Care Santos, que me prestó una alumna y que he disfrutado muchísimo.

—Qué es lo que no leerías nunca ni aunque te amarraran…

—Nada… Lo leería todo si me pusieran una pistola en la sien, la verdad. ¿Y tú no?

—Cuando a mí me pasaba de niño me tiraba hacia las colecciones de novelas “de a duro” de Clark Carrados o Lou Carrigan, ese Pulp Fiction a la española…

—Recuerdo a mi abuelo materno leyéndolas, aunque a él le gustaban más las del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía. Lo cierto es que dispongo de una surtida biblioteca que es difícil que se termine, porque también soy un gran comprador de libros. Además, hay bibliotecas y, para rematar, plataformas de libros digitales donde abonándote tienes a tu disposición miles de títulos. Ahora y aquí, quien no lee es porque no le da la gana.

—Veo que eres lo que se ha dado en llamar un erudito. Eres Doctor en Filología Hispánica y tus artículos y ensayos académicos son constantes. ¿Crees que cuidamos nuestro idioma como se merece?

—¿Crees que nuestro idioma se merece que lo cuidemos? Ja, ja, ja… Era broma, pero es que me apetecía darle la vuelta a la pregunta. Verás, no solo aquí, en todos los país siempre hay gente que piensa que el idioma (este, el de nuestro vecino, el de más allá) está descuidado… Cualquier filólogo te dirá que el idioma se comporta como un ser vivo que nace, crece, se reproduce y acaba muriendo… Aunque esa muerte, salvo en casos muy extremos, que los hubo (por ejemplo, el dálmata), es más bien un nuevo nacimiento: el latín renació en las lenguas romances… El inglés y el español están ahora en un momento álgido porque cada vez son más los que lo emplean y, por tanto, son también más las posibilidades de que se reproduzca con más variantes. No me asusta eso: como dijo Aristóteles, no hay vida sin movimiento. Iba a decirte que no soy ningún erudito, pero claro, después de citar a Aristóteles… Jejeje.

—Pepe, el lenguaje inclusivo, como filólogo y experto en la materia. ¿Qué te parece?

—No solo aquí, en el mundo occidental en general se está produciendo desde hace unos años una fenómeno curioso, que no me gusta, y es que todo se politiza. La política aparece en todas partes. Me resulta absurdo que un político, que seguro que no es filólogo, se ponga a discutir con los especialistas… Se cree que por usar algo ya lo conoce. Mira, estoy utilizando el mismo corazón más de medio siglo y no tengo ni pajolera idea de cómo funciona y, desde luego, no se me ocurriría ponerme a discutir sobre ello con un cardiólogo. ¿Por qué la gente se cree que por el hecho de usar una lengua, no solo la conoce, sino que, además es especialista? Hay mucha tontería, unida a los avances de internet y su dios Wikipedia, que parece que nos ha convertido en sabios. Confundimos estar al día con saber, que son dos verbos totalmente diferentes… El lenguaje inclusivo me da igual. Si un usuario quiere emplearlo que lo haga, como si quiere hacer el pino puente. Lo que me parece absurdo es que, apoyándose en la libertad y la igualdad, se impongan usos y costumbres. Es una contradicción como una catedral. Verás, el lenguaje se parece a los alumnos de Secundaria. Es una gracia que les hago a mis alumnos: se rigen por la ley del mínimo esfuerzo. Así que el tiempo, que es el que a la postre crea el lenguaje, será quien deje las cosas en su justa medida.

—¿Te imaginas a Sam Spade diciendo “chiques” o “matria”?

—No sé si Spade lo diría, entre otras cosas porque sinceramente no tengo ni idea de qué significan estas palabras y es la primera vez que las escucho. Este lío forzado con el lenguaje lo advertí ya en 1995. Estuve unos meses en Estados Unidos y, lo que son las cosas, el mensaje inclusivo y supuestamente machista estaba en el candelero. ¡Imagínate! Eso es hilar muy fino porque el inglés carece de género. Pero quiere buscarle los tres pies al gato termina encontrándoselos. Recuerdo que se discutía para cambiar woman (mujer) por woperson, aludiendo que contenía el morfema “man” (hombre). Han pasado más de 25 años, estoy viendo los Juegos Olímpicos de Tokio y siguen poniendo Women… Al final, como te dije, el tiempo coloca las cosas en su sitio.

—¿Hablaria así el inspector Duarte?

—El inspector Duarte es un personaje al que aprecio mucho. ¡Qué menos después de tres novelas como protagonista! De momento, me quedo en estas tres que, por cierto, en breve estarán ya en formato de audiolibro.

—Entre ensayo y ensayo, escribes crítica literaria. ¿Crees que son distintas las críticas de aquellos que escriben de aquellos otros que no escriben?

—Deberían serlo, obviamente. El novelista puede hallar detalles en las obras que un crítico no novelista no encuentra, o se le pueden pasar. Pero imagino que también será al revés: el crítico no novelista es, en ese sentido, más “inocente”, en el buen sentido de la palabra. Desde mi experiencia te diré que he procurado no realizar nunca ninguna crítica negativa… Prefiero no hacer crítica. El silencio es también un modo de opinar tan estridente como los gritos.

—¿Crees que los españoles en general somos muy malvados en nuestras críticas y que se critica sin conocimiento?

—No sé si los españoles nos destacamos sobre los demás, porque desconozco la crítica de otros países y otras lenguas. La ignorancia crea valientes. Los conocedores, de cualquier cosa, suelen ser los más comedidos.

—Como pasa en el fútbol: todo el mundo opina. Por cierto, y hablando de fútbol, todavía no he entrevistado a nadie del Madrid. Tú eres alicantino y allí hay mucha afición merengue…

—No me interesa el fútbol ni, en general, ningún deporte. Desde pequeño en mi casa hemos sido del Athletic de Bilbao… pero hace tiempo que no sigo los partidos ni los veos a no ser que juegue la selección nacional. Cuando se habla de fútbol siempre me acuerdo de una cita de Jardiel Poncela: “El fútbol es el bacilo de la guerra civil”. Exagerado o no… a veces lo parece, no me dirás que no.

—Por lo menos, prométenos que te vas a comprar un móvil o, que al menos, va a revisar a las palomas mensajeras que te lleguen a casa por si alguna lleva un mensaje nuestro.

—Jejejeje. Tengo móvil… pero no es inteligente. Porque la verdad, puestos a elegir, prefiero ser yo el inteligente a mi teléfono. Tengo un móvil en el coche, por si hay alguna emergencia. Es un aparato antediluviano, o eso dicen mis hijos, que ni hace fotos ni tiene whatsapp. Un móvil de jubilado, lo llama mi mujer. Cuando los móviles se popularizaron yo tenía 30 años y pensé: si pude vivir 30 años sin móvil, ¿no puedo vivir 30 más?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here