Francesc Marí (Barcelona, 1988) es historiador, experto en cine y crítico cultural. Aunque aficionado a la escritura desde pequeño, no fue hasta después de licenciarse cuando decidió centrarse en su faceta de escritor. Desde entonces, escribe sobre cine e historia en revistas universitarias y medios digitales especializados, mientras devora una a una todas las películas que puede, que son miles. Como es un incansable conversador, esta entrevista es únicamente una pequeña muestra de todo lo que sabe, de todo lo que dice y de todo lo que piensa. Cada reflexión va precedida de tres palabras: luces, cámara, acción.

—Te confieso que la última vez que leí ciencia ficción probablemente tú no habías nacido.

—No, con suerte por aquel entonces era una idea, así que no tuve la suerte de conocer a Naranjito personalmente. Pero tampoco es grave, yo tampoco leo demasiada ciencia ficción. A diferencia de otros géneros, la buena ciencia ficción se puede medir con cuentagotas.

La Dalia eléctrica y otras historias del futuro ¿De dónde surge?

—Fue un cúmulo de situaciones, la verdad. Por un lado, lo escribí en un momento de mi vida en el que no tenía tiempo para sentarme y desarrollar una trama para una novela, así que opté por los relatos. Con esa idea en mente, dejé que mi cabeza funcionara sola; es decir, me venía una idea y la plasmaba con la intención de terminarla en ese momento, aunque solo fueran unas pocas páginas. Curiosamente, ese relato me llevaba a otro y ese a otro, o a dos más. Tuve la sensación de seguir un rastro de migas de pan. Ya había escrito algo de ciencia ficción, pero más enfocado a la aventura tipo space opera, así que quería hacer algo más «serio», ir un poco más allá del contexto para ver si podía profundizar en las emociones de los personajes. A grandes rasgos, quise hacer mi Blade Runner.

—Desde mi punto de vista, hay dos constantes en la obra. Una, es esa duda existencial de androides y de humanos.

—Como especie, esa es una duda que tenemos desde siempre. No soy muy dado a filosofar, pero si nosotros podemos preguntarnos qué somos y por qué estamos aquí, lo normal es que cualquier otra inteligencia avanzada también lo haga. Por lo que si enfrentamos un ser inteligente —humano o no— a un choque de realidad, si lo forzamos para que se pregunte y quiera resolver la cuestión —que habitualmente eludimos— de quién es, la duda existencial es la única salida… y, argumentalmente, al escritor le da un sinfín de planteamientos.

—Y la otra es la soledad, también de androides y de humanos.

—Soy de la opinión de que, a pesar de estar permanentemente conectados a los demás con las redes sociales, los teléfonos inteligentes y ese largo etcétera de «nuevas tecnologías», cada paso que damos hacia ellas, según las mejoramos y aumentamos la conectividad, también aumentamos la distancia. Cada vez estamos más solos porque con un click podemos conectarnos… y desconectarnos. Se vive a través de una pantalla que nos cabe en la palma de la mano y que nos sirve de ventana para ver a gente que está tan sola como nosotros… Esto me ha quedado muy profundo, ja, ja, ja, pero creo, sinceramente, que el camino de la tecnología actual es el de aislarnos del resto. En ese futuro que intento dibujar nosotros llegaremos solos y los androides nacerán en él del mismo modo.

—Hablando de soledad… en el libro hay mucho robot pero no se queda ninguna “tensión sexual” sin resolver…

—¡Ja, ja, ja! Todos me han dicho lo mismo y no sé por qué fui por allí, creo que me dejé llevar. Es cierto que hay varios relatos, en unos más que en otros, en que la erótica se desata hasta extremos poco «delicados», pero también te diré que algún que otro lector inicial —véase el caso de mi mujer— me lo comentó e incluso me recomendó suavizarlo. No obstante, me di cuenta de que era argumentalmente necesario, ya que aquello nos explicaba claramente qué rol jugaban los androides en esa sociedad futura que pretendía esbozar.

—¿Te imaginas un mundo así, lleno de androides de sonrisas perfectas y rostros bellos hechos para complacernos en todos los sentidos?

—Me lo imagino para narrar una ficción, es algo que provoca mucho conflicto y de lo que se puede sacar mucho jugo, pero hablando seriamente, lo dudo. Los humanos somos demasiado narcisistas para crear algo que pueda ser «mejor» que nosotros. Seguramente nos lo cargaríamos porque nos daría miedo.

—Para quienes no lean ciencia dicción, dinos tres títulos para iniciarse y para que ya no lo dejen nunca.

—Creo que para iniciarse es bueno empezar por los relatos. Y no es porque pretenda vender mi libro, sino porque permiten realizar un viaje breve e intenso a una realidad muy parecida a la nuestra pero muy diferente a la vez. En este sentido, Philip K. Dick siempre es una buena opción, como El informe de la minoría o Podemos recordarlo todo por usted. Otro título que me viene a la mente y que disfruté muchísimo fue uno que encontré por casualidad, Hic Sunt Dracones, de Tim Pratt, que también es un compendio de relatos. Y, finalmente, podríamos hablar de algunos clásicos, como Matadero Cinco de Kurt Vonnegut o Fahrenheit 451 de Ray Bradbury.

—Eres doctor en cine y eso se te nota en los guiños constantes. En la última historia, La dalia eléctrica  los protagonistas se llaman Rick e Ingrid…

—Bueno, es uno de mis pequeños trucos como escritor. Seguramente no sea útil para muchos y otros tantos ya lo conozcan, pero descubrí que si quería retratar un contexto y unos personajes de los que ya existieran algunos referentes, en lugar de pasar páginas y páginas describiéndolo todo, podías recurrir al imaginario popular. Al recurrir a lo que la gente ya conoce, el autor se ahorra la farragosa tarea de describir al detalle, bastan pequeñas pinceladas. Para todo aquel que conozca el cine negro de los cuarenta —cuya lista de títulos es infinita—, un simple Rick de Casablanca o una Ingrid, por la Bergman, son suficiente para tener una imagen de los personajes.

—Y ese parecido de la androide Ingrid con Verónica Lake en La dalia azul es innegable.

—Ahí sigo con la misma idea, pero recurriendo a los estereotipos. ¿Cuántas rubias entran en el despacho de un detective? Pues qué más sencillo para crear el ambiente que recurrir a esos personajes que siempre han funcionado, tanto en el cine como en la literatura o el cómic.

—Escribes con Raymond Chandler de fondo…

—Uno de los grandes. No puedo negar que autores como Chandler o Dashiell Hammett son de mis favoritos, también Erle Stanley Gardner con Perry Mason. Me gusta pensar en que, de un modo u otro, han influido en La dalia eléctrica, por lo que las similitudes son mis intentos de acercarme a ellos. Ojalá pudiera hacer lo que ellos.

—Ciencia ficción y novela negra combinan muy bien, como demuestra Blade runner. ¿Dónde te sientes más cómodo?

—Uy, esa es la pregunta del millón. A estas alturas de la jugada, a parte de la ciencia ficción y algo de novela negra, he escrito historias de fantasía, de terror, románticas, de espías, westerns, de la Segunda Guerra Mundial… además muchas veces los he combinado de distintas maneras, por lo que en mi caso creo que no me siento cómodo en un género en particular, sino en el modo de contar la historia. Lo que siempre priorizo es no irme por las ramas, detesto la paja que usan algunos autores para estirar las historias, por lo que cuando soy yo el que escribo intento ofrecer al lector una visión directa de lo que sucede, sin rellenos, aunque eso pueda acortar mucho las historias. Lo bueno, si breve, dos veces bueno… y aun lo malo, si poco, no tan malo.

—Te vuelvo a poner en un aprieto: tres películas que debería ver todo el mundo antes de morir.

—Pues mira, El bueno, el feo y el malo, Piratas del Caribe y Star Wars, la primera, la de 1977.

—Eres licenciado en Historia. Antes eso parecía más sencillo, pero ahora no tanto. ¿Crees que hay una Historia o pueden existir varios puntos de vista?

—Aunque pueda moverme en una corriente historiográfica un poco mal vista hoy en día, soy de los que cree que hay una Historia, que existen unos hechos que no se pueden negar y tergiversar. Cierto es aquello de que la historia la escriben los ganadores, pero eso no niega lo narrado, aunque, con perspectiva, ahora puedan verse diferentes puntos de vista, la historia es la que es.

—Parece que ahora hay una tendencia a revisar y a poner en entredicho todo lo establecido.

—Sin duda. Pero el problema no es tanto poner en entredicho lo establecido, ya que siempre es bueno que haya voces dispares, eso hace más rica a una sociedad. En mi opinión, y en el contexto de la Historia, el problema reside en el hecho de que cada una de esas voces quiere imponerse a las demás, convertirse en «ganadora».

—Cuéntanos qué es eso de Lasdaoalplay

—¡Ja, ja, ja! Hago demasiadas cosas… LASDAOALPLAY? es una web en la que hablamos de series, videojuegos, libros y, sobre todo, de cine. Surgió de las ganas de un amigo, Xavi Serrano, y un servidor de seguir hablando de cine después de quemarnos con un proyecto anterior al querer abarcar demasiado. Lo concebimos con esmero y mucho cuidado para que no sucediera lo mismo y, de momento, seguimos adelante tras más de ocho años.

—Tienes libros publicados sobre los Monstruos de la Universal o sobre la Marvel…

—Bueno, hablar de libros creo que es demasiado. Al pertenecer al sector editorial uno no puede evitar barrer para casa, por lo que en LASDAOALPLAY? tuvimos la idea de publicar libros recogiendo los artículos de la web sobre un mismo tema y crear una suerte de dossiers que la gente puede descargar y disfrutar de forma gratuita. Pero también hemos publicado algunos cuyo contenido fue creado para la publicación y de los que estoy muy orgulloso, como Miedo y deseo. Una mirada al cine de Stanley Kubrick, de Carlos Cuesta, o Ilusión y realidad. Una mirada al cine de Steven Spielberg, de Néstor Company. Así como el que yo mismo escribí, Simplemente… Goofy, con el que además me lo pasé en grande preparándolo.

—Háblame por favor de ese otro libro tuyo con un título tan sugerente como Decálogo del tipo duro.   

—¡Aaah! El decálogo del tipo duro fue fruto del amor que tenemos un servidor y Xavi Serrano por el cine de acción de los ochenta y noventa. Buscamos recoger las diez reglas de oro para cualquier peli de este estilo en las que Stallones, Schwarzeneggers o Van Dammes se comían la pantalla a tortazos, riéndonos un poco de la poca consistencia que tienen, pero admitiendo lo espectaculares y divertidas que eran.

—Marvel, monstruos de la Universal,  Stars Wars… pero de El Señor de los Anillos, ni media palabra… ¿Eso es perdonable en esta vida ni aún en la otra?

—Puede que perdonable no, excusable sí. Aunque soy un amante de Star Wars, tengo que admitir que igual que los Monstruos de la Universal o Marvel, son productos de consumo, son cultura popular y cualquiera pueda hablar de ellos sin miedo. Sin embargo, El Señor de los Anillos es una obra tan grande —sean los libros de Tolkien o las pelis de Jackson— y con un trasfondo tan elaborado, que cualquier aproximación que pudiésemos hacer desde LASDAOALPLAY? sería una vergüenza…

—Tu tesis versó sobre Napoleón en el cine.

—Napoleón es uno de los personajes más representados en el cine, sin embargo hasta ahora nadie había profundizado en su presencia en el séptimo arte. Se habían escrito algunas monografías breves, más como libro de divulgación que como un auténtico estudio, pero poco más. Por lo que mi tesis pretendió abrir ese melón y demostrar que mediante el cine se puede ver la historia, usando el ejemplo de Napoleón para ello. Las interpretaciones que se hacen de él dibujan un retrato robot muy cercano a la realidad histórica, casi consiguiendo que viendo unas cuantas pelis podamos tener una imagen tan fidedigna como la que podemos extraer de un libro de historia. Solo se debe tener cuidado con las pelis que escogemos.

—¿Por qué crees que Napoleón ha logrado trascender en la Historia?

—Alguien trasciende la historia cuando deja de ser una persona del pasado para convertirse en una figura del imaginario popular. Napoleón lo ha conseguido, poco importa la verdadera historia, qué logró como militar y político, ya que su sombrero, su silueta, son comprensibles para cualquier persona aunque jamás haya abierto un libro de historia.

—Tú tienes una profesión de riesgo: eres lector profesional. Explica por favor en qué consiste tu trabajo.

—Mi trabajo consiste en leer los manuscritos originales que los autores mandan a las editoriales para saber si son viables o no. El riesgo viene cuando, aunque me encanta leer, no siempre es soportable lo que se lee trabajando, por lo que a veces uno acaba llorando…

—¿Y los escritores suelen estar de acuerdo o en desacuerdo? No debe ser fácil…

—La principal ventaja de mi trabajo es que yo soy una entidad anónima, no soy el que le dice al autor lo bueno y lo malo, sino que simplemente leo su obra y doy un veredicto, por lo que me libro de ese marrón.

—¿Cuántos amigos has perdido tras darles una opinión sincera acerca de su libro?  

—Amigos, ninguno, ya que en las ocasiones que me he prestado a ayudar a un futuro escritor de forma personal, sin la distancia que te decía hace un instante, intento ser bueno. Es decir, con buena fe todo el mundo puede escribir, por lo que no se tiene que atacar a la yugular. Se debe leer ese manuscrito, casi tomarlo como si fuera tuyo, y dar las recomendaciones para que aquello tenga un sentido.

—Pero también eres corrector ortotipográfico y de estilo. ¡Eres un endereza-escritores!

—Ojalá lo fuera, son muchas las veces que veo los mismos errores en los mismos autores, por lo que lo achaco a la pasión de la escritura. En este sentido, en mi trabajo me veo más como el manitas o el chapucillas que viene a casa y te arregla cualquier cosa, no tanto para que quede perfecto, pero sí para que funcione. Un corrector no puede cambiar por completo la obra de un autor buscando la supuesta perfección —algo muy subjetivo—, ya que dejaría de ser la obra de ese autor para ser la del corrector, pero debe hacer lo imposible para que, dentro del estilo del autor, aquella obra pueda llegar al público de la forma más funcional posible.

—La juventud, cada vez escribe peor… ¿No te parece?

—Sí, sin duda, yo mismo hago muchas más faltas que mis padres y eso que no se dedican a esto y no tienen estudios superiores. Pero lo grave no es tanto las faltas de ortografía o de redacción —eso son cosas que se pueden corregir o mejorar—, sino la falta de contenido, es decir, la deficiencia al intentar dar un sentido a lo que se escribe. Son muchas las ocasiones que uno lee novelas —manuscritos originales o novelas publicadas— en las que la trama no tiene consistencia, carece de un final, o este es abrupto, o no existe una historia como tal, sino que son hechos sin correlación. No estoy hablando de que cada libro deba ser una obra maestra de la literatura, pero al menos que tenga un sentido. En mi opinión, el problema reside en la incapacidad de expresar las ideas de forma correcta.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here