Es el Madrid de ayer. O el de anteayer. O el de siempre. Su capacidad para competir está al margen de la plantilla. Y de las expectativas. Desde tiempo inmemorial el equipo genera más esperanzas que juego. Llámenlo como quieran. Optimismo, alegría premonitoria, confianza en que todo lo que sale mal en el mundo saldrá bien en este mundo parcelado y pintado de blanco. Ya hay quien habla de la posibilidad de pelear todos los títulos. Sólo ha hecho falta golear al Alavés en la primera jornada. Sólo ha sido necesario que Bale muestre un mejor aspecto, que Hazard no se haya lesionado y que Vinicius haya marcado un gol. El cálculo siempre es el mismo: si ellos se suman al impulso de los que casi nunca fallan —Casemiro, Kroos, Modric y Benzema— cualquier cosa parece posible. Con menos se monta un criadero de marmotas.

Admito que apetece dejarse llevar por el optimismo. Uno espera que las cosas se corrijan, diría que en todos los órdenes de la vida. Desde niños soñamos con que hechos extraordinarios nos rescaten y de adultos conservamos algo de esa inocencia. Sería una buena historia la de un Bale redimido a los 32 años, maduro por fin, consciente de su oportunidad y de su suerte. Sería fantástico que Hazard se sobrepusiera al infortunio después de dos años casi en la sombra. Y qué decir de Vinicius: ojalá su optimismo tuviera razón. También resultaría reconfortante que el estilo Ancelotti volviera imponerse por lo que tiene de estandarte de gestión tranquila y sensata. Sin embargo, me temo, son demasiadas las cosas a corregir. Apuesto a que el Madrid se mantendrá en pie hasta el final, como hizo la pasada temporada, pero siento que está a la misma distancia de los títulos: a pocos metros en España y a varios kilómetros en Europa.

Es cierto que la gestualidad del equipo indica que el grupo está unido y se lleva bien, cuestión fundamental aunque pueda resultar anecdótica. Lo que se proyecta desde el campo es la imagen de un grupo feliz, quizá liberado de alguna vigilancia, pensemos que una vaca pesa unos 800 kilos y las vacas sagradas no andan muy lejos de ese pesaje. El caso es que en cada abrazo se observaba una complicidad, un guiño, una sonrisa general de viejos amigos. Los buenos equipos también se construyen así.

Sobre el juego, pocas novedades: lo que diga Modric. En defensa la mejor noticia es que no se echó a nadie en falta y en el centro del campo la energía de Valverde nos devolvió al primero de nuestros pensamientos: si quiere, es Gerrard. Arriba, el tridente Bale-Benzema-Hazard fue la promesa de un mundo mejor, de momento sólo la promesa. Al final, los goles del capitán Benzema marcaron la diferencia. El primero fue tan extraño como el taconazo en elevación de Hazard, en apariencia un error, aunque con los genios nunca se sabe. En el segundo batió por hipnosis a Pacheco.

El gol de Nacho fue un diploma a la constancia y el de Vinicius fue, que no es poco.

Más que un inicio prometedor, juraría que fue un comienzo entrañable. Había aroma a reencuentro, esa euforia de los jinetes que cabalgan juntos de nuevo con el objetivo de recuperar algo formidable, quizá a ellos mismos.

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