El PSG es el equipo europeo que representa mejor las características del fútbol actual, muy físico y con una alta intensidad en todas sus acciones con balón y sin balón. Hablamos de esfuerzos explosivos de 0 a 4 segundos repetidos más de 200 veces que exigen al corazón que bombee en un minuto a más de 176 pulsaciones por encima del umbral anaeróbico y con escasamente 15-20 segundos de pausa para volver a repetir estos esfuerzos tan brutales que van minando la capacidad funcional del jugador a lo largo del partido.

Hay seis jugadores que serán titulares en el equipo francés que por sus prestaciones físicas se identifican con el prototipo del jugador del siglo XXII, veloces y potentes. Mbappé, Achraf, Neymar alcanzan velocidades punta 38-36-35 km/hora, respectivamente. Otros como Verrati y Di María tienen consumos de oxígeno por encima de 60 mililitros por kilogramo y minuto y son capaces de recorrer distancias durante el juego de más de 12 km con balón y sin balón a una velocidad media de 30,5, nada desdeñable para jugadores tan resistentes. La guinda de esta exuberancia física la pone el mejor jugador del mundo, Leo Messi, que tiene un poquito de todo el talento físico de estos fenómenos y encima añade una inteligencia para entender el juego como nadie, una madurez táctica muy superior a entrenadores muy cualificados. A sus 34 años con 35 trofeos a sus espaldas cuando pise el césped del Parque de los Príncipes estoy seguro que contagiará a sus compañeros con su insaciable hambre competitiva.

El problema surgirá cuando el PSG pierda el balón y estos cracks tengan que hipotecar parte de esa frescura física para echar una mano al resto del equipo para recuperar la pelota. No hay que olvidar que el jugador durante el partido solo disfruta del balón dos minutos. Pero eso ya lo veremos más adelante. No alteremos el sueño de los miles de aficionados del PSG que están tan ilusionados con su equipo.

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