Estaba llamado a ser uno de los momentos estelares de estos juegos. 31 de julio, Estadio Olímpico de Tokio, cien metros lisos femeninos. La jamaicana Shelly-Ann Fraser frente a la estadounidense Sha’Carri Richardson. Una atleta veterana, dos veces campeona olímpica y cuatro veces campeona del mundo, frente a la sensación de la temporada, una joven capaz de hacer la sexta mejor marca de la historia y devolver el orgullo a su país, herido después de tres oros olímpicos consecutivos de las atletas jamaicanas. Los organizadores habían programado la prueba a una hora apropiada para que rompiera los audímetros en Asia, Europa y América. Pero todo se truncó porque Sha’Carri fumó marihuana.

La noticia la dio la USADA (Agencia Antidopaje de Estados Unidos) días después de que la atleta diera una exhibición en las pruebas clasificatorias de su país para los Juegos Olímpicos. Se había impuesto con suficiencia en los 100 metros lisos, haciendo gala de una fuerte personalidad y una imagen extravagante, que invitaban a comparaciones con la histórica Florence Griffith. Al terminar la carrera, Sha’Carri subió a las gradas y se derrumbó en brazos de su abuela. “Siempre ha estado a mi lado. Ella me ha mantenido los pies en la tierra. Ella es mi corazón. Ella es mi supermujer”, declaró la atleta.

Un día antes del anuncio de su positivo, Sha’Carri había escrito en su cuenta de Twitter “Soy humana”. Tras anunciarse el resultado de su control antidoping reconoció haber consumido marihuana y ser consciente de las consecuencias que ello podía tener. También explicó que lo hizo para paliar el dolor que sufría por la reciente muerte de su madre biológica y por el impacto que le causó enterarse de la noticia a través de un periodista. “Todo eso me llevó a un estado de pánico, pero debía salir y tener una buena actuación en la pista para lograr mi sueño. No me juzguéis, porque soy humana. Sólo corro un poco más rápido” declaró Sha’Carri.

La honestidad con la que respondió la atleta, la entereza con la que afrontó el momento más delicado de su carrera deportiva, despertaron una oleada de apoyo entre sus compatriotas. Al fin y al cabo, no había cometido ningún delito y eran muchas las personas que veían justificado el consumo de marihuana en casos como el suyo. La congresista Alexandria Ocasio-Cortez envió una carta, junto al también congresista Jamie Raskin, solicitando a la USADA y la AMA (Agencia Mundial Antidopaje) que reconsideraran su sanción a Sha’Carri Richardson y la prohibición del uso de marihuana. La futbolista Megan Rapinoe, quien ya había reconocido que incluye el uso de cannabis en su dieta, se sumó a la campaña en redes #LetHerRun, reclamando el indulto para la atleta estadounidense. Mientras, el presidente Joe Biden declaraba “sentirse orgulloso por la manera en que respondió, pero las reglas son las reglas”.

La USADA sancionó a Sha’Carri Richardson con tres meses de inhabilitación, reducidos a uno por haber reconocido el consumo de cannabis y por aceptar someterse a un programa de tratamiento, siguiendo el mismo criterio expresado por Biden. Las reglas son las reglas y el THC, principal componente psicoactivo del cannabis, figura entre los productos prohibidos por la AMA, a pesar de que, en los últimos diez años, se han suavizado los criterios sobre su uso, se han reducido las sanciones y multiplicado los niveles máximos permitidos. El positivo de

Sha’Carri ha dado voz a quienes defienden su legalización, al tiempo que ha evidenciado la resistencia de las autoridades antidopaje a sacarlo de la lista de productos prohibidos.

Cuando los congresistas Ocasio-Cortez y Larkin denunciaron que la prohibición del cannabis no estaba respaldada por ningún criterio científico, el director ejecutivo de la USADA, Travis Rygart, respondió que “hay un consenso entre las partes interesadas de que la marihuana puede ser dañina para la salud y seguridad de los atletas durante una competición”. También añadió que “se ha informado en literatura científica, así como ocasionalmente por algunos atletas, que la marihuana puede reducir la ansiedad, miedo, depresión o tensión, permitiendo a los atletas una mejor actuación bajo presión y aliviando el estrés antes y durante la competición”.

“Yo sé lo que se siente al perder a un padre o madre”, escribió en redes el campeón olímpico Michael Johnson, “¡Un dolor indescriptible! Soy del mismo barrio que Sha’Carri. ¡Duro lugar! Me gustaría que la gente dejara de hablar de ella o de esta sanción estúpida hasta no saber la razón de ambas”. Indirectamente, el argumento expuesto por el señor Tygart ya había explicado la razón detrás de la sanción impuesta a Sha’Carri Richardson: un deportista profesional no tiene permitido consumir productos de uso común, aunque sea para paliar los efectos de una circunstancia completamente ajena a la práctica deportiva. El sistema de clasificación para los Juegos Olímpicos del equipo de Estados Unidos obliga a jugárselo todo a una carrera, los llamados trials. Sha’Carri recibió de manos de un periodista la noticia de la muerte de su madre pocos días antes de la prueba. Ante esa circunstancia, cualquier ciudadano habría conseguido fácilmente que un médico le recetara tranquilizantes o cannabis, en aquellos lugares en que su uso sea legal. A Sha’Carri Richardson, por el contrario, las normas antidopaje le exigían asimilar la noticia, buscar la plaza olímpica que le garantizara suculentos contratos, sin la ayuda de estos fármacos o hierbas naturales. La atleta optó por paliar el dolor y asumió el riesgo. Salió a la pista, logró una plaza para los Juegos Olímpicos y encandiló al público por su personalidad, su energía y su imagen extravagante. Los grandes medios pusieron inmediatamente en ella las esperanzas de recuperar para los Estados Unidos, veintiún años después, el primer lugar del podio olímpico. Pero todo el sueño saltó por los aires porque había consumido una sustancia que no le ayudó a correr más rápido, sólo a no sentir tanto dolor.

Según la AMA, para considerar una sustancia como dopante, debe cumplir dos de los tres criterios que utilizan: que el producto suponga un riesgo potencial para la salud, que mejore el rendimiento deportivo o que su consumo viole el espíritu deportivo. Estos mismos días, la gimnasta Simone Biles se ha retirado de los Juegos por problemas de salud mental. El ciclista Tom Dumoulin ha logrado la medalla de plata en la prueba contrarreloj meses después de anunciar que dejaba temporalmente el deporte profesional por la misma razón. Los deportistas sufren cada vez mayor presión en unas disciplinas en las que aumentan los intereses publicitarios, tanto de empresas, como de los propios Estados, al mismo tiempo que las autoridades les exigen responder como autómatas, impidiéndoles el acceso a productos que pueden ayudarles a sobrellevar esa carga.

Una vez que se conoció su sanción, Sha’Carri Richardson escribió en redes: “Lo siento, no estaré con vosotros en los Juegos Olímpicos este año, pero prometo que seré vuestra campeona del mundo el año que viene”. No hubo duelo estelar en la final de Tokio. Las jamaicanas coparon finalmente el podio. Elaine Thompson-Herah dio la sorpresa y se hizo con el oro por delante de Shelly-Ann Fraser-Pryce y Shericka Jackson. Las autoridades antidopaje respiran tranquilas: el espíritu deportivo se mantiene inmaculado.

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