Un rayo de sol filtrado, a través del ojo más afortunado de la persiana, le despertó e invitó a desperezarse para disfrutar del espléndido día. Salió al porche a respirar aire puro y su memoria le trasladó a su juventud cuando, nada más llegar a su primer destino laboral, observó a unos muchachos cruzar en bicicleta por la plaza que tenía ahora enfrente.

Lo primero que pensó es que su maleta era demasiado grande para aquel pueblo. Casi nadie por las calles, salvo algunos campesinos rezagados volviendo a casa a reponer fuerzas tras una costra de sudor y resignación. Eran brutos como los sueldos cuando todavía suenan dignos, pensó entonces.

Duro contraste para alguien que se había pasado los últimos meses enterrado entre libros, hasta vencer la oposición que le separaba de su vocación, de encontrar su lugar en el mundo. Esta primera parada distaba mucho del paraíso exitoso que había imaginado, pero no se iba a arredrar ahora, por muy duro que resultase vivir en aquel agujero en medio de la nada. Sabía que el camino para volver a la capital sería largo y las etapas intermedias inevitables; debía aguantar.

En aquellos tiempos, su mirada nunca alcanzaba mucho más allá del propio ombligo y traspasaba continuamente la fina línea entre la deseable autoestima y el ego malsano. Su actitud condescendiente y soberbia se había acrecentado desde que logró su objetivo y, aunque no lo manifestaba, se creía mejor que la mayoría.

Actuaba revestido de ese halo de urbanita con estudios que se cree superior y que no aguantaría dos noches al raso llegado el caso.

Pero los caminos del Señor son inescrutables y te llevan donde quieren, sin atender a planes preestablecidos y urdidos desde la razón, encorsetados en cuadrículas. En su caso, el destino le enfiló derechito a dos ojos verdes que guiaban los pasos de un alma comprometida con sus raíces, de ondulada melena negra y con dos faros llenos de luz y magnetismo que le cautivaron.

Cómo habían cambiado desde entonces sus prioridades y qué feliz había sido por ello.

En todo esto pensaba absorto, cuando los gritos y risas de su segunda nieta, a pocos metros de allí, le devolvieron al presente con una sonrisa.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here