Debían quemar los asientos de plástico del Nuevo Mirandilla (sobre todo los de Preferencia).

El sol vespertino calentaba la piel y la paciencia.

Una pizca de extrañeza acometía al socio desahuciado de su asiento habitual (somos los socios personas de costumbres: el ángulo importa).

Todo eso era nada frente a la alegría y el alivio. La normalidad se conquista tramo a tramo, como el explorador que se adentra en la selva apartando la maleza a golpe de machete. Y lo de ayer, parcial e insuficiente, era un paso más hacia la añorada rutina, cuando éramos felices y no lo sabíamos (o sí, pero ya ni nos acordamos).

El caso es que ocho mil almas se dieron cita ayer en el Estadio recién bautizado para animar al Cádiz en su debut liguero y eso merecía lugar de honor en la primera crónica de la temporada.

En cuanto al partido, se resume en dos memorables líneas de diálogo de Annie Hall (a los pocos que no la hayan visto se la recomiendo vivamente). Diane Keaton y Woody Allen están en el diván de sus respectivos psicoanalistas hablando de sus problemas conyugales. Al preguntarles por la frecuencia de sus relaciones sexuales, responden lo siguiente:

—Diane: Constantemente, unas tres veces por semana.

—Woody: Casi nunca, unas tres veces por semana.

Así debían sentirse el Levante y el Cádiz tras el infartante final del encuentro cuando la punta de la bota izquierda del Pacha anotaba el empate en el noventa y seis, se busca un desfibrilador de oferta. Los valencianos estarían frustrados por la pérdida de dos puntos que ya casi pesaban en su zurrón. Los cadistas, en cambio, paladeamos durante un buen rato el sabor del grito de gol postrero, de la descarga de dopamina inundando nuestro cerebro, de la sonrisa de nuestros hermanos.

No puede decirse que la igualada (habitual entre estos dos equipos) fuera injusta. En el primer tiempo, la escuadra visitante se adueñó del balón y del juego (no es lo mismo, aunque a veces se confunda). Apoyados en Campaña y Melero, los de Paco López encontraron vías de agua en la defensa amarilla. Las ausencias de José Mari y de Cala hicieron mella en la solidez defensiva cadista y a veces De Frutos, a veces Morales, encontraron resquicios por donde poner a prueba a Ledesma. Con todo, en este periodo no fue lo peor la porosidad de la zaga, sino la inoperancia con la pelota: robos seguidos de pases infames, que morían en la grada o las botas contrarias. Solo una jugada ensayada consiguió llevar el ánimo al público: Negredo marcó tras centro chut de Salvi, pero el vallecano se encontraba en posición ilegal por el tamaño de un espárrago (bote mediano).

Parecía que nos iríamos al descanso con las porterías vírgenes, pero quiá. En una bonita jugada de combinación, Morales aprovechó un despiste de Haroyan al tirar la línea para colocar el balón en la escuadra. El gol era merecido y la única buena noticia nos la proporcionaba el cronómetro: había tiempo de sobra para remontar aquello.

Tras la salida del vestuario, parecía como si los equipos se hubiesen transmutado sus intenciones, aunque no sus capacidades. El Levante comenzó a defender (no demasiado bien, con más ganas que acierto) y a perder tiempo de manera tan descarada que bordeaba el ridículo.

El Cádiz comenzó a atacar (no demasiado bien, con más ganas que acierto) gracias a la inercia y a un Tomás Alarcón que reclamó más protagonismo. No es que se crease demasiado peligro, pero se rondaba el área de Aitor Fernández con la insistencia y la torpeza con las que un galán desmañado cortejaba a las muchachas en los tiempos del cuplé.

En los últimos cinco minutos el fútbol se empeñó en demostrarnos uno de sus más viejos axiomas: el que perdona, lo paga. Alberto Perea, ayer oscuro y discreto, rifó un balón horizontal que acabó en los pies de Morales. El Comandante emprendió una galopada que le llevó a plantarse solo ante Ledesma. Su disparo dio en el poste por fuera y su entrenador montó en cólera, sabedor de que a los dioses del fútbol no se les ofende así como así.

Poco más tarde, una jugada por banda derecha entre Álvaro Jiménez (buen debut el suyo) y Akapo terminó con centro al área del guineano. Tal vez Salvi lo peinó o tal vez no, el caso es que Espino tuvo la fe que le faltó a Son y le robó la cartera y la pelota. Levantó su pierna izquierda y alcanzó al balón, que salió despedido, violento e imparable, hasta el fondo de la portería levantina.

Ya pueden ustedes imaginar: saltos en la grada, saltos en las casas, saltos en los bares. Ocho segundos dura la acción de la dopamina, ocho minutos dura la sonrisa, ocho años durará el recuerdo.

Ayer volvió el fútbol, volvió el público, volvió la ilusión. Ojalá mucho más de todo en los próximos meses.

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