Querido P.:

Dices que no comprendes la apatía que muestra la afición blanca respecto al equipo en este inicio de temporada. Chasqueas la lengua con impaciencia cuando ves al madridismo desesperado, anhelante de caras nuevas. Te parece una frivolidad caprichosa, y apuntas que en tu juventud nadie necesitaba que los mejores jugadores del momento estuvieran en la plantilla para ilusionarse. Si no llego a interrumpirte, el bucle melancólico te hubiese acabado convirtiendo en un émulo del Zavalita de Vargas Llosa, preguntándote por el momento exacto en que se jodió el Madrid. O, de una manera más castiza, zarandeando por los hombros al primer muchacho que se te acerque, recitándole las enseñanzas de tus estimados Chichos: “No se puede estar viviendo siempre pensando y pensando, si eres joven y bonita, por qué no luchas por algo”. 

Debo confesarte que, por una vez y sin que sirva de precedente, la distancia generacional no me va a impedir darte la razón. En mi caso particular, el retorno del Madrid, ese acompañante vital y poderoso antídoto contra el paso del tiempo, supone un alivio suficiente para no amargarse con la ausencia de un Mbappé o similar en el césped de Mendizorroza. Me basta por completo. Y sin embargo, a la vez comprendo la desazón de mis coetáneos. Al fin y al cabo, el fútbol tiene mucho de refugio íntimo y autorreferencial, pero para la mayoría también constituye, por encima de todo, un desahogo. Una vía de escape que distrae a través del entretenimiento y la fascinación. Y no hace falta ser un entusiasta partidario de la sociedad de consumo para aceptar que lo fascinante requiere de ciertos estímulos y una mínima renovación.

Ignoro si esas novedades van a llegar en forma de fichaje galáctico a última hora. Es verdad que la enrarecida situación de Mbappé en París, con su propio estadio proclive al abucheo, deja abierto un mínimo resquicio para la duda. Pero conviene no engañarse: durante la Eurocopa hice un chiste sobre cuál sería la portada exacta de los diarios a 15 de agosto y me ha faltado el canto de un euro para acertarla. La realidad indica que, sin una declaración contundente por parte de Kylian —del nivel de coger un micrófono y cantar en la cara de los cataríes media discografía de Foreigner: Can’t stop now, I’ve travelled so far to change this lonely life, I wanna know what love is—, resulta muy poco probable el ansiado giro de guion.

De modo que el aficionado al que no le sacie vivir el madridismo como un refugio imperecedero y una pasión privada autojustificada, y necesite de otros acicates seductores, seguramente tendrá que hacer un mayor esfuerzo para encontrarlos. Yo puedo proponerle varios: la calidad del pie zurdo de Alaba, la inesperada ligereza de Hazard, el crecimiento de los chavalines, tanto brasileños como españoles, la emocionante lucha victoriosa de Modric contra el reloj de arena, el definitivo asalto de Benzema al podio de mejores extranjeros de la historia del club, la afectuosa flema de Don Carlo en las ruedas de prensa, con un toreo de salón que ya se atreve hasta con ingenios verbales valdanescos Y, por qué no, hasta la redención del último secundario en llegar, apuesta que no me resigno a perder ni siquiera a pesar del retraso. Son incentivos quizá más humildes y realistas, pero no exentos de todo interés. Acaso contemplados un poco desde la perspectiva adulta de buscar los alicientes en la rutina. Y que, desde luego, se corresponden con la doctrina de tus admirados: por qué no afrontas la vida y dejas la ilusión a un lado.

Para el que no se conforme: quedan dos semanas hasta el cierre del mercado.

Saludos afectuosos.

P.

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