Se va Messi. Y algunos lo celebran. Bastantes. Que se joda el Barça. Que se joda Messi. El enano hormonado. De acuerdo, hay gente que no insulta. Festejan la despedida como una derrota del Barcelona, la rivalidad no descansa. Todo lo que perjudique al enemigo es motivo de alegría. O más bien todo lo que le duela, porque en este caso el dolor es más nítido que el perjuicio deportivo (¿cuánto quedaba de Messi?). Tengo amigos que dan palmas. Y me parece una lamentable falta de grandeza, de perspectiva, de amor al juego. Pensar que Messi fue una condena para el madridismo es despreciar el privilegio que supuso enfrentarse a él. El reto, el desafío. La gran hazaña del Real Madrid en los últimos quince años ha sido ganar las mismas Champions que el Barcelona de Messi. El gran mérito del equipo no han sido éxitos aislados de contexto, sino los títulos europeos en relación a Messi, siempre en referencia a él. Aunque los miopes tengan problemas para apreciar los contornos, Messi ha hecho más grande al Madrid aun a costa de sí mismo. Cualquier elogio al mejor futbolista del mundo se ha tropezado —y se tropezará— con la contradicción que supone que Leo no acabara con la supremacía del Real Madrid en la Copa de Europa.

En lugar de enorgullecerse por la resistencia, y no pocas veces por la victoria, hay madridistas que prefieren abuchear a Messi y festejar el anuncio del adiós. Habrá quien lo entienda como la reacción natural de un aficionado, a tal punto hemos llegado. Al punto de confundir aficionados con odiadores, al punto de no distinguir la pasión de la zafiedad. Messi merece el aplauso que corresponde a los adversarios formidables. Y debería dárselo quien más lo sufrió. No eran menos madridistas quienes aplaudieron aquella exhibición de Ronaldinho en el Bernabéu. Ni lo serán ahora los que se descubran, o los que se toquen el ala del sombrero al paso de la comitiva, o los que lamenten el adiós porque llegaron a disfrutar del juego de ese tipo malvado y divino.

Messi acabó siendo de todos. Como Di Stéfano antes y como Cristiano hace bien poco. Como todos los grandes deportistas. ¿Seremos tan imbéciles de festejar la retirada de Federer o Djokovic? ¿O la de Mikkel Hansen (por ceñirnos a la rabiosa actualidad)? ¿Nos hemos vuelto tan mezquinos que preferimos ganar a competir? ¿Queremos rivales de mierda para acumular victorias de mierda? ¿Queremos ser aficionados con voz propia o el tipo que toca el tambor de espaldas al campo? Vayan contestando por turnos, hagan el favor.

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