Al inicio del Tour de Francia, Tadej Pogačar aparecía como el favorito para ganar la prueba. 23 días y 21 etapas después, la duda es si hay algún corredor en todo el pelotón capaz de frenar el desafío del esloveno a los cinco Tours de Anquetil, Merckx, Hinault e Indurain. Este podría ser el titular de estas tres semanas de competición, pero, entre etapa y etapa, se han ido escribiendo otras pequeñas historias que merece la pena recordar.

La organización del Tour había previsto cuatro etapas iniciales en las que mostrar al mundo la belleza de Bretaña, pasando por paisajes agrestes y pequeños pueblos bucólicos como sólo los técnicos de la televisión francesa saben mostrar. El problema fue que, en algún punto, los organizadores olvidaron que, por encima de todo, el Tour es una prueba deportiva y que las calles estrechas y sinuosas de la región bretona pueden resultar preciosas para subir fotos de las vacaciones a Instagram, pero no son las más recomendables para que pase un pelotón de ciclistas a 50 kilómetros por hora, mucho menos si algunos espectadores no pueden entender que, el empeño por mostrar al mundo tu mensaje escrito en un cartón, no debe sobrepasar los límites del sentido común. La principal consecuencia de este recorrido y de la insensatez de una espectadora fueron las numerosas caídas que se produjeron en los primeros días de competición, el abandono de varios corredores y los golpes y heridas que condicionaron la participación de pesos pesados como Roglic, Geraint Thomas, Chris Froome, Simon Yates o David Gaudu. Por el contrario, aquellos ciclistas que no llegaron a sentir sus huesos sobre el asfalto, ofrecieron un espectáculo muy por encima de lo que nos tiene acostumbrados la primera semana del Tour.

En la primera etapa el Alpecin-Fenix de Mathieu van der Poel preparó un homenaje a Raymond Poulidor, abuelo del líder del equipo, fallecido en 2019. Maillot en recuerdo al mito francés, con el objetivo de que su nieto ganara la etapa y vistiera el maillot amarillo que su abuelo nunca consiguió vestir. El relato no podía haber estado mejor escrito, pero lo frustró otro francés, el campeón del mundo Julien Alaphilippe. Etapa y maillot amarillo para él.

Un día más tarde, Van der Poel demostró por qué despierta tanta admiración entre los aficionados al ciclismo. Atacó con una de sus habituales exhibiciones de potencia, para lograr ocho segundos de bonificación en el primer paso por el Muro de Bretaña. En el segundo, el que marcaba el final de la etapa, el ataque fue más duro aún, imposible de seguir para el resto de corredores. Llegó solo a meta, levantó al cielo el dedo índice y se echó a llorar sobre el manillar de la bicicleta. A sus cálculos para recuperar la ventaja que había obtenido la víspera Alaphilippe le sobraron ocho segundos. Etapa y maillot amarillo para Van der Poel. Homenaje al abuelo Poupou completado.

La exhibición del holandés en este Tour de Francia siguió con una portentosa contrarreloj en la que estaba previsto que perdiera el liderato en manos de su némesis, Wout Van Aert, y que le sirvió incluso para resistir el primer alarde de Tadej Pogačar. Etapa para el esloveno, maillot, todavía, para Van der Poel.

La lógica del recorrido del Tour indicaba que los favoritos de la carrera asaltarían el maillot amarillo en la octava etapa, pero Van der Poel demostró, una vez más, estar dispuesto a romper cualquier guion previamente establecido. En la etapa anterior sorprendió sumándose a una escapada junto a rodadores de la talla de Van Aert, Gilbert, Asgreen o Kragh Andersen. Sin el líder en el pelotón nadie parecía querer asumir la responsabilidad, pero la tranquilidad de la carrera ya había saltado por los aires. Una etapa llamada a ser de transición se convirtió en un espectáculo frenético que terminó con la victoria del esloveno Mohoric y Van der Poel aumentando a 3’43’’ su ventaja respecto a Pogačar. “Creo que todos dormirán bien esta noche”, sentenció el holandés.

La llegada de la alta montaña fue la que devolvió el Tour al guion establecido. Van der Poel cedió definitivamente el maillot amarillo y abandonó la carrera para preparar los Juegos Olímpicos. Le habían bastado ocho etapas para convertirse en uno de los nombres propios de la carrera, poner el pelotón patas arriba e impedir esa primera semana plácida que deseaban quienes confiaban en recuperarse de las caídas de los primeros días. Puro espectáculo de la mano de un ciclismo indomable y ambicioso.

Pogačar no quiso aplazar mucho más su papel protagonista en esta edición del Tour. Había ganado la contrarreloj, pero no había logrado vestirse de amarillo. Esta vez atacó a 33 kilómetros de meta y con el Col de Romme y la Colombière por delante. La etapa fue para Teuns, pero el esloveno dejó una actuación con sabor al ciclismo de otras épocas, borrando de un plumazo años en los que el dominio de los grandes equipos, fueran Sky, INEOS o Jumbo, dejaban poco margen para las grandes hazañas individuales y reducían el espectáculo a los últimos kilómetros de las etapas de montaña. Por el camino terminó también con las opciones de Roglic o Geraint Thomas. Sus principales rivales quedaban a más de cuatro minutos y se imponía la sensación de que, a falta de trece etapas, la pelea sería por los restantes puestos del podio.

Los dos grandes equipos de la carrera, INEOS y Jumbo, se recompusieron de la caída en desgracia de sus teóricos líderes apostando por Carapaz y Vingegaard, pero ninguno fue capaz de inquietar el dominio aplastante de Pogačar. Al ecuatoriano hay que reconocerle el atrevimiento de intentarlo en varias ocasiones. El danés se lleva el mérito de haber desnudado las debilidades del líder en la etapa del Mont Ventoux, con un ataque que no logró hacer diferencias en la general, pero sí abrió la esperanza a que todavía hubiera pelea por el maillot amarillo. De paso, a sus 24 años, se sentará a negociar la renovación exigiendo a sus jefes algunas mejoras restringidas a las grandes figuras del ciclismo.

Entre medias hubo espacio para la vuelta al estrellato de Mark Cavendish, uno de los grandes sprinters de la pasada década, pero que llevaba dos años sin ganar una etapa y se encontraba sin equipo poco antes de empezar la temporada. Entró a última hora en las filas del Deceunick-Quick Step para completar una plantilla de estrellas en la que debía cumplir un papel secundario. Sus buenas actuaciones en carreras de segundo nivel, unidas a la lesión de Sam Bennett, le hicieron un hueco entre los ocho elegidos para el Tour. Una vez allí aprovechó el apoyo de un equipo que sabe preparar los sprints como nadie para dominar las llegadas en pelotón. Volvió a ganar una etapa del Tour cinco años después, ganó una segunda y una tercera. Con su cuarta victoria llegó a los 34 triunfos de etapa, el histórico récord de Eddy Merckx. Estuvo cerca de superarlo, pero tendrá que esperar un año más para una nueva oportunidad. La última se la arrebató otro de los grandes nombres de este Tour.

El belga Wout Van Aert empezó acompañando a Van der Poel en sus osadías de la primera semana del Tour. Se impuso en la etapa del Mont Ventoux, en un terreno que teóricamente no se adapta a sus condiciones, pero que se empeña en demostrar que puede dominar. Ganó la última contrarreloj y se coronó ganando el sprint de los Campos Elíseos. Tres victorias en tres terrenos bien distintos que hablan de un ciclista al que no se le puede poner techo en el Tour de Francia.

Otro cantar es del ciclismo español, sin especialistas capaces de ganar etapas y sin que aparezca un corredor con opciones de cuestionar el dominio de Pogačar. El equipo Movistar no termina de cumplir las expectativas y quedan lejos los tiempos en que era capaz de marcar el devenir de la carrera. A Enric Mas parece faltarle la regularidad necesaria para asaltar el podio del Tour, lastrado, una vez más, por un inicio titubeante, aunque la sexta plaza final habla de uno de los grandes nombres del pelotón actual. El noveno puesto en la general de Peio Bilbao representa el éxito de un ciclista poco acostumbrado a los focos mediáticos, pero que siempre está a la altura de las expectativas. Y queda la pena por una victoria de etapa, que tuvieron cerca Ion Izagirre, Imanol Erviti, Iván García Cortina, el propio Enric Mas o el eterno Alejandro Valverde, al que le faltaron apenas 23 segundos para convertirse en el ciclista más veterano en lograr un triunfo de etapa en el Tour.

En resumen, el Tour 2021 ha confirmado a Pogačar como la gran figura del ciclismo y sólo un INEOS liderado por Bernal parece con opciones de superarlo. El ciclismo moderno del World Tour ha aumentado el interés por este deporte, pero también ha concentrado el talento en los pocos equipos que cuentan con un patrocinador suficientemente generoso. Esto permite un mayor control de las carreras muy apropiado para las siestas de sobremesa, pero poco acorde para disfrutar de este deporte. Son los corredores como Van der Poel, Van Aert o Alaphilippe, aquellos que no saben correr parapetados bajo el abrigo de un equipo ni pendientes de las órdenes de equipo o los datos del pulsómetro, los que dan brillo a este deporte. Hacen falta ciclistas deseosos de igualar las hazañas épicas de los Merckx, Coppi o Contador para despertar a los aficionados y levantarlos del asiento. Si Pogačar sigue sin tener el respaldo de un equipo poderoso ganará el espectáculo, de lo contrario volveremos a los aburridos años de dominio del Sky y a mendigar un poco de emoción en las imprevisibles clásicas.

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