Cuando Guillaume Martin estudiaba filosofía alguien le dijo que tenía que elegir: o el ciclismo o la filosofía. En cierto modo la pregunta era bastante filosófica. Y cruel. Y prejuiciosa. Se daba por hecho que un deportista profesional no podía ser filósofo. O un filósofo ciclista. En el fondo, lo que se planteaba era una elección entre el cuerpo y la mente. No queda claro si Martin lo eligió todo o no eligió nada, porque siguió corriendo y estudiando. Este mismo año ha publicado un libro de título Sócrates en bicicleta en el que convierte a los grandes eruditos de la filosofía en ciclistas, ciclósofos, así los llama. El libro es revolucionario en tanto en cuanto confirma algo muchas veces puesto en duda: los ciclistas piensan.

Es evidente que la etapa 14 fue para Guillaume Martin una jornada de cavilaciones. Su presencia en la fuga no tenía otro objeto que explorar los caminos secundarios que ofrece una gran carrera como el Tour de Francia. No sólo es posible luchar por general en las grandes etapas y cara a cara con los mejores. Hay alternativas. Escaparse es una buena opción para volver a ser relevante cuando has dejado serlo. Eso hizo Martin. Y eso hace cada vez que se ve retrasado en la general: aparecer por otra puerta.

Guillaume Martin es un buen ciclista, pero no es un ganador. Ni de etapas ni de grandes carreras. A los 28 años, ha sido undécimo en el Tour 2020 y duodécimo en el Tour 2019. La pasada temporada ganó la montaña en la Vuelta y acabó el 14. Por ahí anda su techo salvo que el destino le reparta una buena mano. Quizá haya ocurrido ahora. La fuga del día le deja como ganador ex aequo junto a Mollema, que se llevó la etapa. Martin es ahora segundo en la general a 4:04 de Pogacar. No soy capaz de recordar la última vez que un ciclista francés ocupó la segunda plaza después de la etapa 14. Es posible que haya que remontarse a los tiempos de Hinault y Fignon, casi 40 años atrás.

Ese premio ya está conseguido y el ciclismo francés lo merece. Es demasiado tiempo ejerciendo de pinchadiscos mientras los demás se divierten. También lo merece Cofidis, un equipo tenaz a pesar de la mala suerte. Baste decir que Cofidis fichó a Armstrong y le rescindió el contrato cuando supo que tenía cáncer. Desde entonces todo fue más mal que bien. Bobby Julich fue tercero en el Tour de 1998 (el mejor resultado del equipo en la general) y cuando llegó la hora de las confesiones reconoció que se había dopado. En 2000, David Millar ganó el prólogo del Tour (a Armstrong) y se vistió de líder. Para Cofidis fue como tocar al cielo. Pero de eso han pasado ya 21 años. Desde entonces, unas pocas victorias de etapa, las últimas en el Tour de 2008. Y luego la nada.

Es fácil imaginar la alegría que sentirá el equipo al verse protagonista con Guillaume Martin. Francia puede volver a soñar, aunque sea durante unas horas. Mañana en los Pirineos se espera una carnicería provocada por las montañas y el sol. Cuesta creer que Martin pueda resistirlo después de la paliza que se ha metido. Aunque quién sabe. Dejó dicho Nietzsche que “el destino de los hombres está hecho de momentos felices, pero no de épocas felices”. Lo que no sabemos es si hablaba de Martin o de Pogacar.

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