Y descansen. Pocas veces habrá llegado una jornada de descanso al Tour de Francia con más merecimiento. La ronda francesa normalmente empezaba con un prólogo y varias etapas-siesta para disfrute de sprinters y algún aventurero en busca de una escapada que no solía llegar a ningún sitio. En alguna ocasión, pocas, ha habido etapas con adoquines, algún abanico y rotondas en mal momento. Siempre hubo alguna caída, un corte por despiste.

El Tour ha decidido empezar como si fuera el Giro o la Vuelta, con dos etapas con final picado, ideales para Alaphillpe. El primer día hizo buena muestra de su clase y de su maillot arcoíris e hizo feliz a la organización ganando la etapa y vistiéndose de un amarillo que le arrebataría luego otro super clase, Van der Poel. En estos duelos suele haber un tercero en discordia, un tipo con la misma categoría que estos dos, el belga Van Aert. Su misión en el Tour era cuidar de Roglic y se quedó cerca del maillot amarillo. Sin Roglic, también quedó claro que su guerra este año no sería la clasificación general.

Vayamos a su jefe de filas, Roglic. Las caídas han sido tan protagonistas de la carrera como Pogacar o Van der Poel y nos han ido dejando un reguero de bajas. Mucha sangre se ha hecho de la ineptitud de una espectadora inconsciente, pero la organización también debe pensar los recorridos. Solo una de esas caídas las provocó un ceporro en la cuneta, el resto van a cuenta del Tour: carreteras estrechas, mucha gente que quiere estar delante, mal tiempo… Lo cierto es que no recuerdo ver a ciclistas literalmente saltar por los aires como si estuviéramos viendo una película de acción. Soler y Roglic tuvieron que retirarse, Thomas perdió más de media hora con las primeras tachuelas.

El resto de la escabechina la propicia Pogacar. Si la carretera se deshizo de Thomas y Roglic, el joven esloveno, un asesino insaciable con cara de buen tipo, puso las cosas claras a sus rivales: verán el amarillo en la distancia, alejándose en cada pedalada. Su primer ataque, una respuesta a la fabulosa etapa del día anterior donde Van Aert y Van der Poel, ente otros, volvieron a demostrar su clase, solo Carapaz pudo seguirle unos metros. Pogacar le pidió un relevo, el ecuatoriano se hizo el sueco y el esloveno se fue. El resto de los candidatos —hoy me siento generoso— léase Urán, Kelderman, Mas o Lutsenko, quedaron petrificados y simplemente se limitaron a dar caza a un Carapaz que, como el día anterior, quemó muchas energías para no obtener ni un solo segundo de renta.

Llegada la obligatoria pausa en la carrera será tiempo de hacer recuento. Odio el concepto de “luchar por el pódium”, pero lo llego a comprender cuando el primer puesto está tan lejos. Lo que no alcanzo a comprender es que Ineos o Movistar inviten a Ben O’Connor a la fiesta y le regalen siete minutos de renta. Otra de estas y quizá no queden puestos en el cajón y entonces habrá que empezar a pensar que el quinto puesto es bueno, o el octavo. Pogacar parece invencible como en su día lo parecían Indurain o Armstrong (mejor no recordar aquellos“maravillosos años) pero recordemos que la ONCE, aunque siempre salía derrotada por el navarro, buscaba emboscadas en la media montaña, en etapas donde pudiese haber abanicos. Quizá no merezca la pena rendirse, aunque solo la aparente debilidad del UAE de Pogacar ofrece algún hilo de esperanza. El problema es que Pogacar sea como Maradona en el Nápoles, un superclase con un equipo correcto y muy capaz de llevarlos al titulo en liza.  

Porque no olvidemos que Pogacar puede mirar a su alrededor y contar sus enormes ganancias. Cuenta con más de cinco minutos sobre todos sus rivales, excepto O’Connor (2:01). Ineos ha quedado debilitado por la caída de Thomas, el corte de Tao y la baja forma de Richie Porte. Solo queda un Carapaz inferior en la contrarreloj, como se esperaba, pero también claramente superado en la montaña. Le queda su carácter. Mas no tiene aun talla de ganador de un Tour y al Jumbo todo le ha salido mal. Van Aert no vino preparado para ser una alternativa a Roglic y la baja del esloveno les ha dejado sin una misión clara en el Tour a la espera de como aguante las próximas etapas del danés Vingegaard. Por cierto, excelente el comportamiento de Roglic, que lejos de mandar a donde ustedes se imaginen a la moto que seguía su hundimiento, sonreía. Aun tuvo tiempo de regalarle un bidón a un joven espectador. A Roglic le ha caído la etiqueta de villano porque Pogacar es muy buen chico y porque la pasada Vuelta la mayoría parecía ir con Carapaz, excepto su antiguo equipo.

Queda muchísimo Tour y quizá no haya ya lucha alguna en cuanto al primer puesto. Habrá que ir tomando etapa a etapa y disfrutando del resto de las historias de la carrera, que las hay.

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