Asuntos varios.

Mohoric cruzó la meta mandando callar y el gesto es el equivocado. Si lo que pretendía era reivindicar la limpieza del equipo Bahrein (su hotel fue registrado por la policía el pasado miércoles por indicios de dopaje) debería haberse rociado agua por la cabeza a modo de ducha, o mostrar los antebrazos sin marcas, o sacar una pastilla de jabón y pasársela por las axilas. Limpieza. Mandar callar es una estupidez formidable. El ciclismo no está bajo sospecha porque alguien hable demasiado, sino porque los ciclistas se han dopado demasiado. Si ahora no lo hacen, fantástico. Ojalá la gendarmería haya cometido un error. Rezo para que el inspector Clouseau esté detrás de todo. O el gendarme Louis de Funes. Pongo velas para que alguien no mande callar a Mohoric.

El triunfo de etapa de Mohoric, el segundo en la presente edición, es el quinto del ciclismo esloveno en este Tour; la cuenta aumentará si Pogacar consigue en la crono su cuarto triunfo parcial (¿alguien apuesta en contra). De los cuatro eslovenos que comenzaron el Tour (Roglic se retiró herido), Luka Mezgec (102) es el único que parece español. O francés. O italiano. Vergüenza de Eslovenia. El país, por cierto, cuenta con 2,1 millones de habitantes. Los que no juegan al baloncesto, ganan en el Tour.

La etapa nos dejó otro incidente digno de reseñar. Pogacar salió como una centella del grupo para reprender el ataque de Kwiatkowski a 200 kilómetros de meta. Según parece, le recriminaba su demarraje después de una caída. Hay quien ha comparado el gesto con el de Armstrong a Simeoni, cuando le intimidó en carrera por acusar a Conconi (el doctor Infierno). La comparación no procede, pero el hecho demuestra que el niño manda. Quizá en exceso. Como el destino es caprichoso, la demostración de autoridad de Pogacar ha coincidido con el cumpleaños de Miguel Indurain (57), el ciclista que mejor ha ejercido el liderato del ciclismo mundial. Con humildad y sin soberbia. Repartiendo premios menores. El resultado es que ningún rival le odió lo suficiente. Y así era imposible ganarle.

La jornada también nos dejó el encuentro entre Merckx y Cavendish. Las dichosas mascarillas no nos permitieron disfrutar gestos que, a buen seguro, debieron ser deliciosos. Especialmente en la cara del Caníbal. Aunque el acercamiento pareció afectuoso, ya hay quien asegura que el gran Eddy se marcó un Florentino en monólogo interior: tolili, cortito, anormal… El domingo en París hablará el barrilete cósmico.

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