Es posible que la emoción residiera en la falta de emoción. La ausencia de público en la ceremonia inaugural de los Juegos creó un ambiente singular, indudablemente triste, algo desolador en el desfile de los deportistas, pero conmovedor por momentos. Es de agradecer que los japoneses no quisieran negar la tristeza (hubiera sido negar lo evidente). Desde el inicio de la ceremonia se hizo referencia a la pandemia, en concreto al entrenamiento en solitario durante el confinamiento. Tampoco faltó el minuto de silencio por los muertos del covid. El espectáculo que precedió al desfile fue de una solemnidad muy japonesa, más íntimo que festivo, minimalista en comparación con las ceremonias occidentales. Digamos que el buen gusto predominó sobre el buen humor. La simplicidad sobre el boato.

La aparición de los primeros deportistas en el estadio olímpico fue gélida. Grecia mantuvo marcialmente la distancia de seguridad, todos sus integrantes con la mascarilla colocada como indica el prospecto. El orden saltó por los aires cuando irrumpió Argentina: sus deportistas bailaron, se abrazaron y sus narices asomaron, burlonas, por encima de las máscaras; les recuerdo que acaban de ganar la Copa América. Nadie volvió a montar semejante alboroto hasta el desfile de Portugal.

España (puesto 88) pareció feliz, aunque estuvo contenida. Es difícil decir si Mireia y Craviotto fueron la pareja más apuesta del desfile, pero es seguro que fueron la más compensada. Rusia desfiló bajo las siglas del Comité Olímpico Ruso (ROC) por causa de la sanción por dopaje institucional que pesa sobre el país. Es fácil que Putin matara varios osos durante la ceremonia inaugural.

La tercera parte de la ceremonia incluyó el juramento olímpico, sobrio, una performance tirando a austera y, por fin, la guinda del evento, quizá el orgasmo: 1.824 drones volaron sobre el estadio olímpico, primero para formar el logo de los Juegos y luego para componer un globo terráqueo, mientras un coro de niños cantaba el Imagine de John Lennon, seguidos luego por artistas internacionales entre los que se encontraba Alejandro Sanz. Ahí se gastó el dinero Japón.

Tras los discursos oficiales (emotivos, llenos de menciones a la unión y a la esperanza, lágrimas incluidas de Hashimoto Seiko) y el izado de la bandera olímpica, la entrada de la antorcha fue el siguiente momento culminante, mejor no recordar que la tradición comenzó en los Juegos de Berlín de 1936, cuando los nazis dieron paso a un relevista ario para encender el pebetero.

Es muy posible que haya habido mejores inauguraciones. También las hubo peores. En Seúl 88, varias de las palomas que habían sido soltadas momentos antes fueron calcinadas al encender el pebetero. Desde entonces sólo se exhiben palomas virtuales e ignífugas. En anteriores ediciones, las palomas, liberadas por miles, habían esparcido sus excrementos sobre la cabeza de los deportistas, engorro que los más veteranos combatían con periódicos (el poder de la prensa). La paz nunca ha sido fácil de conquistar.

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