Loros.

Lo primero que veo en Andorra son loros.

A ver, loros, loros no… son loros de mentirijilla, unos loros color verde hechos con plástico que hay posados sobre los brazos de algunas farolas. Pero vamos, que como metáfora me parece perfecta. Ni un Robbe-Grillet, oiga.

Loros pirenaicos.

La cosa ha tenido su punto hasta aquí, ¿eh? Pintoresquismos, que yo los disfruto un montón. Vacucas y ovejas hechas con aros de metal herrumbroso. Pacas redondas envueltas en plástico a las que han pintado caritas. Una está enfadada, otra alegre, dubitativa la de más allá, hasta tenemos a la enamoriscadilla, con sus ojos convertidos en corazones. Ah, también alguien le ha puesto dos ojos a un tronco hueco, que parece mirarlo todo con cara de “joder, yo esto no me lo esperaba”. Y la luz, que es de un ambarino tenue, cosa digna de verse.

Así que… no todo son guacamayos de pega…

Para Andorra me han traído. A nada raro, no vayan a pensarse, que uno solo pone Youtube por escuchar discos de Barricada y tengo menos ingresos que el esprínter del Puertas Mavisa (grosso modo, no se me enfade nadie). Así que eso… me ha traído aquí Pilar Puebla y los amigos de Bikefriendly. Sí, a que me cuenten sobre un hotel que lanza productos especiales para cicloturistas. Sí, después echar unos kilometrillos en bici. Sí, con otros periodistas, también habrá comunicadores. ¿Comunicadores? Sí, hombre, gente que hace videos, y que sube fotos a sus redes. Ah. Comunicadores. Ah. Sabes de qué hablo, ¿verdad? Ah. Bueno, ya verás más o menos de qué va la cosa. Suspiro, mira hacia abajo, allí donde Cipollini tiene abdominales, vuelvo a suspirar.

Oye… no irán muy rápido esos comunicadores, ¿no?

De primera… miedos sin base, coño. Llegamos al hotel y en la puerta tienen el logotipo de Jagërmeister, con su pedazo de ciervo. Genial, aquí sí soy competitivo. En días inspirados hasta tengo nivel Pro Tour. Luego me fijo más (a ciertas edades la vista funciona a su manera) y veo que no, que no es nada de alcohol, que hay también ciervos y tal, pero representa una bucólica escena de alta montaña. Cazzo, todas mis esperanzas a la mierda.

Marcos Pereda: Qué chulo el cicloturismo por Andorra... o “cómo duele esto”

El sitio se llama Hotel Ski Plaza Wellness y acaba de montarse toda una política orientada a traerse para allá ciclistas ávidos de sensaciones fuertes. Cosas que entiendo y cosas que no. Un garaje donde guardar las bicis, con sus herramientas y su bomba de aire (por ser ciclismo le diremos “compresor”); situación perfecta si uno quiere subir cols de los que se pueden subir y algunos otros que oiga, mire, mejor vuelvo mañana, cuando hayan abierto el telesilla; y un bar, van a abrir un bar con temática ciclista, que, digo yo, me podían haber traído ya con el bar a pleno rendimiento, que la cosa iba a quedar mucho más periodismo gonzo. Pero, en fin, todo eso está bien. Pero luego ya lo otro… pues raro. Para mí. A ver… tú vas allí y te organizan la estancia (hasta aquí perfecto) y además vas a hacer algunas salidas con ciclistas profesionales. Ojo, con ciclistas profesionales. Pero oiga, para qué quiero yo ir con un profesional si no aguanto el ritmo ni a mi sombra. Si es que soy un tipo de andares solitarios y lentos. Otro periodista me toca el brazo. Bueno, pero un ratito tiras, y a lo mejor puedes preguntarle algo. Preguntar algo. Subiendo puertos, que allí solo hay puertos (muy bonitos y con buena carretera, eso sí). Están locos, estos romanos. Si monto en jadeo continuo, si parezco un fuelle a medio romper. Como mucho silbo cuando me adelanta alguien, por tocar los huevillos. No lo veo, no lo veo. Pero seguro que a muchos visitantes les hace ilusión la idea… Vale, bien, piensa en lo de los recorridos programados y el garaje y tal. Ah, eso sí, digo, y me quedo calladuco, porque ya la gente me mira raro, quién será este, por qué lleva maillot patrocinado por una empresa de vermú…

Por cierto, en el video promocional que nos ponen salen todos muy felices, sonriendo, echando bromas los unos a los otros. Me extraño, porque en Cantabria tiramos a sosainas, qué se le va a hacer. Si hasta tenemos un barroco que se caracteriza por no tener apenas ornamentación, ya ven ustedes, un barroco sin barroquizar. Los blasones sí, esos con todo lujo de detalles, tenemos orgullo de sobra. Pero el resto. Así que… uy, no sé yo…

Aprovecho un descanso para echar una mirada a mis compañeros de grupetta, que parecen un cuadro de Rembrandt. Hay dos en la barra del hotel, dos charlando uno frente a otro, dos con postura así como de lado, otros dos más jovencillos en sofás con la nariz mirando al móvil. Yo nunca salgo con gente, porque soy de natural arisco y pierdo mucho en persona, así que prefiero mantener enigmas. Vamos, que la situación va a ser novedosa para mí. Hay unos cuantos periodistas, cuatro o cinco mozos y mozas colgados del teléfono, alguno que sonríe a la cámara. Vestidos para salir (para salir en bici, no a echar quinitos) así que uno puede examinar con detenimiento a sus rivales. Conclusión: tengo el mejor pelo y las peores piernas.

Mala combinación (en bici, para el quinito va bien).

No hay problema, porque el asunto se pone poco en plan competición. Y menos mal, añado. La gente, muy maja. Las carreteras, muy cucas. Los paisajes, muy bucólicos. Todo eso. Inmejorable. A mí me gustó, oigan.

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También a mi manera. A mi manera de ir mirando, vaya, que no es la de todos. Vamos, que me fijo en cosas rarísimas, y hago chistes mentales que solo entiende el menda, y a veces carcajeo en mitad del monte así, yo solo, y los demás me miran como si fuera gilipollas (que lo soy), y se apartan un poquito, no vaya a ser que se me cruce un cable. Pues para eso, para lo bizarro, Andorra es ideal.

Nosotros subimos Arcalis y Envalira, y además otro puerto de cuyo nombre no quiero acordarme (cof, cof, Beixalís, cof, cof) y al que no volveré jamás sin bici eléctrica. Todos muy bonitos, y con asfalto impoluto, los coches respetuosos a más no poder y, a veces, arcenes amplios de color verde y una bici pintada en medio. Vamos, que por ahí perfecto.

A mí gustarme, lo que se dice gustarme, me gustó mucho Envalira, porque parecía un Port Aventura de las cosas raras, y eso es algo que siempre atrae. Es largo, pero no duro, pero, aunque no duro, es muy largo. Vamos, que se sube, porque subir se sube, pero vas a velocidad de… en fin, a tu velocidad. Aquí en Andorra se ve mucho ciclista y cicloturista. Los pros, que es increíble lo que andan. Del resto la mayoría tienen pinta de hacer un montón de kilómetros al año y apurar para comprarse la talla “S” en el maillot. Ojo, también hay otros con pelo canoso, ritmillo abdoujaparoviano y mirada de bóvido, pero la mayoría de ellos están escribiendo este artículo.

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Ah, Envalira, decíamos. Joder, es que hay cosas acojonantes. Los nombres de los hoteles, por ejemplo, que uno no sabe quién pone nombres a los hoteles. Vi el Hotel Austria, pero al lado no estaba el Hotel Hungría, como hubiera sido menester. Vi otro que era Hotel Tropical, que rodando por Andorra quedaba así como un poco raro. Y mi preferido. Hotel Casa Cristo. En la cima de una cuesta así, como empinada. Casa. Cristo. No me digan ustedes que no es de ser unos cachondos.

Cachondeo hay mucho. Eso o que todo el Principado conspiraba para mofarse de servidor. A ver, veamos… Pasas una rampa un poco imposible y empiezas a blasfemar, como es menester. Entonces… pum, cartelón. Está usted entrando en la Parroquia de nosequé. Allí es que los municipios se llaman parroquias, pero tú ya te sientes algo mal, porque querías andar ofendiendo. Luego se te pasa, y entiendes que es una broma. Como lo de poner carteles que dicen “degustación gratuita de licores” en la cuneta de un puerto Hors Categorie (vale, igual exagerando, pero un señor puerto). Que ya bastante se sufre como para encima superar tentaciones. Que uno no es de piedra, joder, que uno no es de piedra. Ah, y la ironía definitiva. Los semáforos. Los semáforos esos que cambian a rojo cuando superas la velocidad permitida, seguro que les suenan. ¿Sí? Pues en Andorra en lugar de discos tienen caritas. Sonriente si circulas bien, seriota al acelerar, llorando para los rapidines. El problema es que tú suficientemente jodido avanzas como para que hasta el semáforo llore con tu ritmo. Vale, te está adelantando un Porsche, pero no puedes evitar la sensación de que esas lágrimas son por ti, Argentina. Ah, también tiras un rato pisando rayas azules de estacionamiento oneroso (en plan venganza). Y hay perros. Muchos. De todo tipo. Majísimos, y de lo más educados. Los perros nunca fallan.

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Hay más cosas interesantes para el cicloturista. En Andorra, digo. La posibilidad de empezar siempre tu recorrido cuesta abajo (estoy hay que reflexionarlo antes en el hotel, pero es posible), y sacar medias por encima de cuarenta o cincuenta durante varios kilómetros (momento perfecto para tirar foto y subirla a redes sociales, amigos). También la capital es rarilla, que no parece tener ningún edificio con más de cincuenta años. Fuera sí, fuera hay bastante, incluidas ermitas de esas tan chulas de románico pirenaico, con sus torres lombardas y sus piedras casi negras. Una delicia si les gustan estas cosas.

Hay contraste, digo, allí tú pedaleas en una urbe acristalada y llena de gente… bueno, de gente que parece ganar más que un escritor, no sé si me entienden. Pero lo otro… joder, lo otro son caminos con serbales en las cunetas y huertecitos donde ancianucos con boina cultivan tabaco (lo juro, parecía una postal), naturaleza, buitres allá arriba, picachos donde mires. Una delicia. Se lo recomiendo. Es duro, pero a su ritmo se sube (casi) cualquier cosa. Y tiene sitios bien pensados para el cicloturista.

Ah, cuando vuelvan y les paren en frontera… a la pregunta de si tienen algo que declarar refrenen los caballos… no es una entrevista, no tienen que dar lugares comunes, hablar sobre la importancia del equipo y lo mucho que sufrieron para superar su lesión del pasado invierno (lesión, resaca, como quieran decirle).

No, es otra cosa.

Dignidad, por favor.

Dignidad.

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