Quizá lo más significativo del Tour que acaba de concluir es lo que tiene de confirmación de una nueva era. Ya la anunciamos cuando ganó Bernal en 2019 y volvimos a proclamarla el septiembre pasado, cuando Pogacar se reveló al mundo con una contrarreloj sideral. Y no olvido las primaveras (veranos y otoños) de Van Aert y Van der Poel. Ahora es seguro que un tiempo ha quedado atrás, el que nos conocíamos de memoria. La veteranía ha dejado de ser un grado y la prudencia ya no es virtud. Una camada de ciclistas que no pasan de los 26 años se ha apoderado del ciclismo mundial. Son descarados, sonrientes, guapos de teleserie y carecen de los complejos de las generaciones anteriores (y hablan cojonudamente inglés). Son polivalentes y polivalientes. A esta hora no hay mejor ejemplo que Wout van Aert, ganador de la etapa del Ventoux, de la crono final y del sprint en París. No se me ocurren superhéroes con tantos poderes. Hinault fue el último en lograr cosa parecida.

El triunfo de Van Aert en París era la guinda que soñábamos: el campeón de Bélgica al rescate del dios belga del ciclismo, Eddy Merckx. Es seguro que lo hablaron, en persona o en sueños; debíamos ser millones los nostálgicos que teníamos los dedos cruzados. Al final, Cavendish sólo ha conseguido igualar su récord de 34 triunfos en el Tour y lo más probable es que ahí se queda la cosa. No está mal que algo permanezca en su sitio.

La nueva era también se acompaña de una revolución tecnológica que tiene como lado oscuro el dopaje mecánico. Es inevitable que la evolución de los componentes y la competencia de los fabricantes traspase en algún momento la línea de lo ético. Ahora se habla de un sistema de recuperación de energía al estilo de la Fórmula 1. Y no es una leyenda urbana: por algo se han realizado un total de 720 pruebas a bicicletas antes y después de cada etapa del Tour, todas negativas. Para los Juegos se anuncia un sistema de escáner móvil que podría registrar el comportamiento de las bicicletas en carrera. Siempre existe una amenaza.

El podio volvió a ser esplendoroso porque no hay ciudad igual. El premio no es acabar, sino hacerlo en París, especialmente en los Campos Elíseos (el inframundo de las almas puras, según los griegos), lugar del homenaje final desde 1975. Es curioso, pero Merckx no tuvo este privilegio. Sus cinco Tours los celebró en el Bosque de Vincennes. No se puede tener todo.

Pogacar posó como ganador final, de la montaña y del mejor joven. No deja de asombrar su cara de niño, esa sonrisa de chaval por estrenar, la luz que le acompaña. Tal vez ahí radique parte del secreto, en la inconsciencia, en la ausencia de miedo.

Cavendish subió al cajón como flamante maillot verde (el segundo que logra) y protagonista de una historia única: no hay nada tan conmovedor como volver de entre los muertos. El mejor equipo ha sido el Bahrein, que ha acabado entre la penumbra de un registro policial. Para los franceses quedaron las migajas de la combatividad (Bonamour), un premio (discutible) con el que la organización ha intentado aliviar una travesía en el desierto que ya dura 36 años.

Ha sido un gran Tour, aunque se observará mejor de lejos. Sólo hay que esperar a echarlo de menos. Mañana quizá.

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