Tengo para mí que el partido lo decidió Chiellini en el sorteo de la tanda de penaltis. Y no por haberlo ganado dos veces (eligió campo y tirar primero), sino por la risa. En la risa escondió la daga. Fue en las bromas que gastó a Jordi Alba cuando Italia nos tomó ventaja. El cachete en la cara, la carcajada de ogro bueno… Sólo le faltó sacarnos una moneda de detrás de una oreja. De todo aquello sólo se podía salir con una respuesta disparatada, qué se yo, tal vez lo adecuado hubiera sido propinarle un sonoro beso en un moflete o un tobazo en los testículos. El combate sólo se podía librar con otras risas y a ser posible con una burla mayor. La perdición era mantenerse serio y así es como permanecimos. Del himno italiano tardas 10 minutos en recuperarte; en una tanda de penaltis no tienes tanto margen para reponerte de una guasa…

Lo que nos demostró Chiellini en el instante previo a los lanzamientos es que su convicción, la de Italia, es mayor. Nuestro había sido el fútbol, pero suya era la determinación. Y no lo podemos negar ni antes ni ahora. La selección italiana está pasando por el torneo impulsada por una confianza en sí misma que resulta conmovedora. Es como si el grupo estuviera motivado por una revelación divina, como si el espíritu de Paolo Rossi se les apareciera cada noche para contarles cómo ganó el Mundial 82. Italia cree más de lo que juega, pero hay un momento en que la fe y el fútbol se confunden.

Sólo tuvieron un rato de aturdimiento tras el empate de Morata. En ese tramo les salvó que nuestros goles nos salen como piedras del riñón. Ni siquiera en el mejor partido del campeonato fuimos suficientemente verticales, ni mortíferos. Jugamos bien en las fases del juego que preceden al remate final, en todo el proceso que no te mancha de sangre. Movimos la pelota con gusto, fuimos pacientes y buscamos espacios, pero no tuvimos profundidad salvo contadas ocurrencias de Pedri y Dani Olmo, excelentes ambos. El día que la defensa se corrigió (soberbios Laporte y Eric García), el ataque se tropezó con su incapacidad genética para marcar goles en cantidad suficiente. Por cierto, cada vez que nos felicitemos por el futuro que nos espera, deberíamos recordar que este equipo de chavales se ha construido sobre la base de Busquets (32).

Volvimos a poner más sobre la balanza y eso impide cualquier reproche al equipo. Perder por una risa es perder por milímetros. Pero la lección está aprendida. La próxima tanda de penaltis la prepararemos con Juan Tamariz. Verá Chiellini lo que es bueno.

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