Marc R. Soto (Santander, 1976) escribe desde que tiene uso de razón. Miranda Grey, la protagonista de Malas influencias, su penúltima novela, contaba que un antiguo profesor de literatura decía que los escritores son niños con baja tolerancia a la frustración incapaces de asumir el caos que rige el mundo. Que levantan construcciones de bloques solo porque no soportan verlos tirados por ahí sin ningún orden. Que solucionan enigmas inventados como placebo para soportar la existencia en un mundo repleto de enigmas irresolubles…

Tal vez sea eso lo que le pasa a Marc R. Soto, que quiere explicar el caos, apaciguar la necesidad de poner un cierto orden, de dar con una explicación para todo lo que de inexplicable tiene el mundo: la vida, la muerte, el odio, la envidia, el amor, el llanto, la risa. Y para ello, se sienta delante de su ordenador, a oscuras, rodeado por los más granados escritores de novela negra de todos los tiempos para que le susurren al oido frases e ideas a medianoche, una tras otra. Mientras lo hacen, Marc R. va disparando letras, palabras y frases, como aquel agente de la Continental que llegó de San Francisco a Personville para poner orden en el caos en Cosecha roja, mezclando sangre con inteligencia a partes iguales. Pero dejemos que nos lo cuente él mismo, porque Marc R. ha tenido la amabilidad de acudir a la llamada de A la Contra. Marc, aparca con suavidad su Dodge Sedan del 47. Cuando lo hace, apaga la radio. En ese momento, Ettta James cantaba At last, pero no se dio por aludido y decidió no quejarse por el desprecio. Luego, salió del coche y se dirigió hacia el edificio caminando despacio por la acera desierta, mientras miraba las ventanas de la redacción, iluminadas a pesar de la hora, preguntándose qué habría allí….

—Hola Marc, un placer tenerle por aquí…

—El placer es todo mío. Siempre lo es abandonar la habitación en la que me encierro a diario y ver la luz del sol. Sobre todo con estos ventanales y estas vistas. ¡Cuando quiera se lo cambio por mi cueva! Eso sí, le agradecería que, en lo posible, nos tuteáramos. Cuando trato a alguien de usted me siento siempre como si estuviera declarando delante del juez.

—Muchas gracias y lo tendré en cuenta. Me alegra que te guste, pero no es mío, es de Don Trueba, que me lo deja para las ocasiones de enjundia, como es el caso.

—Entiendo, entiendo… ¿Y el número de Don Trueba es…? Tengo que hacerle una oferta que… hum… no podrá rechazar.

—¿Es cierto que  cuando eras pequeño, en vez de ‘El gato con botas’ te leían ‘Cosecha roja’ de Dashiel Hammet?

—¡Pues casi, casi! Cuando era pequeño, muy pequeño, mi abuela paterna me contaba unos cuentos que me fascinaban. Luego descubrí que no se trataba de nada que hubieran escrito los hermanos Grimm, sino de historias que ella había leído en sus bolsilibros o libros de a duro, como ella los llamaba: novelitas de Zane Grey, El Coyote… Y sí, de Agatha Christie me contaba historias también.

—Es que vas contando por ahí que te iniciaste a los 11 años… Eh, no me mires así. En la escritura, me refiero.

—En la escritura, sí, que estamos en horario infantil… De aquella época son mis primeros relatos. Muy inocentes todos, como puedes imaginarte. Cuando ya me lo tomé en serio fue al llegar a la secundaria, gracias a una profesora de literatura que nos dio una turra impresionante con El Quijote. Tal fue su insistencia en que lo analizáramos capítulo a capítulo que no pude resistir la tentación de escribir una sátira titulada Don Cipote de La Mancha y que acabaría circulando fotocopiada por el instituto hasta llegar a manos de los profesores. Quince años, ya tú sabes. Ahora que lo pienso, creo que es lo más viral que he escrito nunca…

—Buen comienzo, sí, pero tus relatos han terminado publicándose en la prestigiosa revista Ellery Queen’s Mystery Magazine, considerada la mejor a nivel mundial ¿Que se siente al compartir espacio con los más grandes de la Novela Negra como Chandler, Hammet o King?

—Uf, me hizo una ilusión enorme. Yo por entonces acababa de ganar el Jóvenes Talentos Booket y tenía dinero en el bolsillo, así que decidí darme el capricho de pagar a un traductor profesional y tratar de publicar en Estados Unidos, jugar en igualdad de condiciones con los autores anglosajones. Mi idea por entonces era seguir los pasos de autores a los que admiraba muchísimo, como Isaac Asimov, que contaba sus inicios en el mundo de las revistas pulp en las antologías La edad de oro. ¡Revistas en las que pagaban! Cuando buscando esas revistas di con la EQMM, vi que en la cabecera de su página web figuraba el texto: The best mystery magazine in the world, bar none! —Stephen King. Así que me decidí a probar suerte pensando que, quién sabe, quizá el propio King llegara a leer mi historia algún día. El caso es que acabé consiguiendo que Janet Hutchings, la editora de la revista por entonces, le hiciera llegar un ejemplar del número que incluía mi relato No bones about it (Bella y tierna historia de amor, como se publicó en España) junto con una carta mía.

—¿Llegó a leer el relato y la carta Míster King?

—Pues vete a saber… Pero, mira, en Malas influencias Miranda le relata a Norma un sueño que tuvo en el que la propia Norma le enseñaba a utilizar herramientas de carpintería. Ese sueño es en realidad uno que tuve yo con Stephen King hace mucho, pero mucho tiempo. Si un día descubro que efectivamente llegó a leer mi relato, me da algo.

—Díme y mójate, ¿Sam Spade o Phillip Marlowe?

—¡Marlowe! Pero es que Raymond Chandler es mucho Raymond Chandler…

—Cuando te quedas en silencio, ensimismado, mirando al infinito…¿A veces ves muertos?

—No, me temo que no veo muertos. Lo que hace que en ocasiones me quede en silencio, ensimismado, mirando al infinito con un escalofrío es la sospecha de que quizá (solo quizá) sean ellos los que nos ven a nosotros…

—Esta novela va sobre libros. Los escritos, los que se van a escribir y los que se están escribiendo. Entre tú y yo… ¿Le recomendarías a alguien que empezase a escribir?

—Yo lo que le recomendaría a todo el mundo es que explorara su faceta creativa, siempre dentro de aquello que le apasiona. ¿Te gusta el cine? ¿Por qué no pruebas a rodar una película con tus amigos? ¿Te gustan los videojuegos? ¿Qué tal si pruebas a diseñar algunos niveles para tus juegos favoritos? ¿Te gustan los libros? ¡Prueba a escribir!

Marc R Soto

—Comenzaste con editoriales, pero ahora te autopublicas… ¿Ese es el motivo de esas puyitas que le lanzas en Malas influencias al mundo editorial por boca de Jesús, el editor de Miranda?

—En realidad, yo comencé de muy jovencito con la autopublicación. Maquetaba e imprimía mis libros de relatos, guillotinaba las páginas y las cosía a mano. Lo mismo para la portada. Mi obsesión era ver un libro mío en mi estantería, junto a mis autores favoritos. En navidad, les regalaba ejemplares a mi familia. Recuerdo una anécdota al respecto, ya en la universidad. Un profesor nos obligó a comprar su libro para una asignatura. Yo andaba fatal de dinero por entonces, así que me planté en su despacho con un ejemplar encuadernado a mano de Cuentos, mentiras y demás historias, que tenía todos mis relatos hasta la fecha y le dije: «No puedo comprar su libro pero, si quiere, se lo cambio por el mío». Accedió, y de hecho acabamos siendo buenos amigos. Publicar con editorial vino después, pero siempre con editoriales pequeñas. Y entonces llegó Amazon y surgió la posibilidad de hacer que mis historias estuvieran disponibles en todo el mundo. No me lo pensé dos veces. En cuanto a Malas infuencias, la opción de autopublicarlo era la única que podía contemplar. Yo me había quedado en paro poco antes del confinamiento. La esperanza de encontrar trabajo era nula en aquellas circunstancias. Necesitaba que el libro saliera al mercado cuanto antes y me ayudara a pagar las facturas. Si hubiera optado por una editorial tradicional, aun seguiría esperando. Ahora bien, y acerca de las puyitas de Jesús en la novela… bueno, mucho de lo que comenta es cierto: a las reimpresiones se les llama reediciones constantemente, y todos conocemos casos de libros que han sido devueltos, retapados y sacados al mercado como una nueva edición, ejem… Y lo que cuenta del SEO… Bueno, yo lo he visto, aunque sobre todo en autores autopublicados. Pero no, no comparto muchas de sus críticas. El caso de Jesús es particular y gran parte de lo que opina del mundo editorial viene sesgado por su pasado personal, su historia previa de poeta fracasado (algo de lo que no se haba en Malas influencias, pero que forma parte del personaje).

—La crítica a la autopublicación es que entra todo, sin filtro. Danos un consejo para poder saber elegir un buen libro autopublicado de entre todos esos otros de «porqueyolovalgo».

—Imagina ser jurado de un concurso literario. Ahí también entra todo, sin filtro. ¿Cómo hacen los miembros de un jurado para leer todas las obras y elegir las mejores? Spoiler: no lo hacen. Lo cierto es que basta con leer dos páginas de un manuscrito para saber si merece la pena seguir con él o no. A veces basta incluso con menos. Por suerte, todas las plataformas de libros electrónicos y todas las librerías del mundo permiten leer las primeras páginas de un libro antes de comprarlo. Y ése es el primer gran filtro por el que hay que hacer pasar todos los libros, autopublicados o no. El resto… Pues como todo: el boca-oreja, recomendaciones de amigos, de gente en quien confías… Si te fascina un género en concreto, seguro que estás en algún foro o grupo de facebook donde se habla de dicho género y puedes preguntar por un título que te intriga. En el fondo, ser “lectores de editorial” nos hace la vida más cómoda, pero también nos aprisiona dentro de los muros de lo que decida publicar Anagrama, Tusquets o inserte aquí su editorial favorita. Hay que aprender a buscar en muchos más sitios.

—Y ya hablando de Malas Influencias, debo decirte que Miranda me ha fascinado… ¿Cuánto hay en Miranda de las mujeres de tu vida?

—En la propia Miranda, en su personalidad, no mucho. Ella va por libre. Por supuesto, tiene mucho de mí como escritor, pero sus reacciones en la mayoría de los casos son opuestas a las que yo tendría, y yo creo que por eso me divierte tanto escribirla. De hecho, me divierte tanto que no son pocas las ocasiones en que mi mujer ha entrado en mi despacho y me ha encontrado partiéndome de risa mientras tecleo a toda velocidad. Lo que sí hay en el libro es multitud de anécdotas de mi propia vida: las novelas de Agatha Christie que leía mi abuela, las galletas con leche condensada cocida…

—¿Qué crees que es lo que le fascina a los hombres de Miranda?

—Aquí habría que diferenciar entre Miranda García y Miranda Grey. Miranda García escribió el personaje de Miranda Grey para sí misma, y le imbuyó de todos los tópicos y clichés de la femme fatale clásica: ese cinismo, ese dedicar una última mirada por encima del hombro al alejarse mientras suena un solo de saxo… Se construyó para sí un personaje seductor y peligroso porque tenía la impresión de ser muy poquita cosa. Y es esa dualidad la que yo creo que hace atractivo al personaje, no solo para los hombres, sino también para las mujeres. Porque Miranda Grey no está ahí siempre que Miranda García la necesita. Porque en el fondo, claro, no existe y se le ven las costuras todo el rato. Y eso da, cómo te diría yo, como ternurita. ¿Quién no se ha sentido así en alguna ocasión? Tras esa Miranda Grey que cree poder con todo está esa Miranda García que cree no poder con nada, y en el fondo, oculta aún, está la auténtica Miranda que puede efectivamente con todo.

—¿Por qué Miranda tiene banda sonora?

—Porque yo tengo banda sonora. De hecho, la lista Miranda On The Road es una versión reducida y adaptada de mi lista Marc On The Road. La relación de Miranda con el rock, de todas formas, estuvo ahí desde el principio. Quería escribir un libro alegre, divertido (¡tan opuesto a lo que había escrito anteriormente!), que te dejara con una sonrisa en los labios al terminar. Son sensaciones que siempre he asociado al rock clásico. Así que Miranda tenía que ser rockera.

—¿Escuchabas estos temas mientras escribías?

Muchos de ellos, sí, desde luego. Siempre lo he hecho. Por ejemplo, Bella y tierna historia de amor, el relato que apareció en la EQMM, lo escribí con el Sing, sing, sing (with a swing) de Benny Goodman sonando en bucle en mi reproductor de CD. Y en Malas influencias prácticamente cada capítulo importante tiene su tema específico, se mencione o no en el texto.

—¿Y tú también tienes banda sonora? ¿Antes de hacer algo te pones una canción mental?

—¡Yo soy de los que se pasa el día canturreando por la casa, sí!

—A ver, esos conocimientos acerca del punto de fusión de una bombona de butano o de las manchas en un cadáver… ¿se dónde los sacas?

—¡Uy, la búsqueda de información! Lógicamente algunas cosas las sé, estudié Ingeniería Química, y muchas otras son horas y horas de investigación en internet: foros en los que profesionales de diferentes ámbitos (taxistas, policías, forenses…) entran a desahogarse… Wikipedia, youtube y libros, por supuesto, lo mejor son los libros. Y luego están los errores que se te pasan porque ni se te ocurrió confirmarlos y que de repente te dan en la cara. El más llamativo es el de las autopsias en España, en las cuales por lo visto no se abre el pecho con el típico corte en Y que vemos en las películas o leemos en las novelas anglosajonas, sino con un corte en U que parte de los hombros y se cierra a la altura del abdomen, de modo que todo ello se abre como el capó del coche. ¡Ojalá lo hubiera sabido antes! Eso sí, el historial de mi navegador de internet es como para provocarle escalofríos al agente más curtido del FBI.

—Corte en U… creo que hoy me voy a saltar la merienda, pero volviendo al tema de los libros. Esta novela va sobre libros. Eso es un clásico, ¿no?

—Sí, lo es, y era consciente mientras lo escribía. De hecho, me fastidiaba bastante y he tardado algún tiempo en reconciliarme con ello: la típica novela en que la protagonista es escritora, la antagonista es escritora, todo gira alrededor de un libro… Por otro lado, ¿cuántas novelas protagonizadas por abogados ha escrito John Grisham? ¿Y por agentes de la CIA Tom Clancy? O por alcohólicos o adictos a diferentes sustancias (reales o metafóricas) el bueno de Stephen King. Al final un autor habla de aquello que le obsesiona, le intriga o le apasiona. Y lo que más obsesiona, intriga y apasiona a un escritor son los libros, así que supongo que es inevitable.

—No podemos hacer spoiler (no puede ser que se diga así, me niego… me van a enterrar) pero hay dos escenas que me han sorprendido. La primera es, llamémosla así, la del señor de los helados. ¿Cómo la imaginaste?

—Receta: Dazed and confused de Led Zeppelin en los auriculares. Cerrar los ojos. Y asociación libre. Ese capítulo tenía muchísimas posibilidades, muchísimas. Disfruté una barbaridad escribiéndolo. En Buenas intenciones, el segundo libro de Miranda, hay uno parecido y a la vez distinto, porque la música que elegí para él es Sweet dreams (are made of this) de Marilyn Manson y en él no aparece el Señor de los Helados como tal, pero sí que hay ciertas reminiscencias veladas a él. Parece algo importante para Miranda, aunque aún no sé por qué. El Señor de los Helados surgió de forma totalmente orgánica, casi como si estuviera en el subconsciente de Miranda, de algún modo. Quizá sea alguien de su pasado. O quizá sea algo que le ocurrió y que ha decidido borrar de su memoria. No lo sé. Y no quiero saberlo (aún), quiero dejar que ella me lo cuente, o lo descubra. Pero si es así, no será un vendedor de helados como tal, claro. El Señor de los Helados es la imagen simbólica con la que se le aparece aquello que ha olvidado. Me pregunto qué sería en realidad…

—Y por supuesto, la del escape…

—Toda esa parte era vital, decisiva. La muerte y resurrección de Miranda. Recuerdo que la planteé de muchísimas maneras, algunas muy pero que muy escatológicas. En un principio, no iba a tener lugar en el escenario en que ocurre finalmente en el libro. Sin embargo, a medida que iba avanzando en la escritura me di cuenta de que lo que estaba haciendo en todo momento era quitarle cosas a Miranda, cosas que le importaban, una tras otra… de modo que el cambio de escenario se sentía más que necesario para que el personaje diera un último paso en su conversión. Siento no poder ser más específico en mi respuesta pero, ya sabes, los spoilers

—Ya tienes otra “Miranda” casi terminada…

—En proceso de corrección, sí. Espero que salga al mundo en unas semanas… y en ella sabremos qué ocurre con la vida de Miranda un año y medio después de lo que vivió en Malas influencias, porque, desde luego, van a seguir ocurriéndole cosas. De hecho, descubrirá que mucho de lo que le contaron un año y medio antes no es del todo cierto y que el manuscrito de Norma Seller escondía muchos más secretos de los que ella sospechaba. Misterios por los que un grupo de gente está dispuesta a matar.

—Ha sido un verdadero placer tenerte con nosotros, Marc R… ¿La “R” de dónde viene?

—Yo siempre digo lo mismo cuando me lo preguntan: de Robot. Como R. Daneel Olivaw o R. Giskard, los robots humaniformes creados por el gran Isaac Asimov, al que tanto leía de chaval. En realidad, la R. es la inicial de mi primer apellido. Un poco como Miranda, soy una persona u otra en función de cómo firme. Por ejemplo, cuando firmo como Marc Rodríguez soy analista informático para el sector bancario. Cuando firmo como Marc R. Soto soy yo.

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