Todo el mundo se queja de la pandemia y de ese epiceno que es el/la Covid-19, pero poco se habla todavía de la cantidad de libros que se han escrito durante el confinamiento. Unos, perpetrados desde el aburrimiento, otros paridos por vocación y algunos escritos intentando no volverse locos y terminar en un charco de sangre. Malas influencias, de Marc R. Soto (Santander 1976), pertenece al segundo grupo, al vocacional, aunque le pegue más el tercero, ya irán viendo ustedes mismos y ya me contarán, ya.

“La sangre se había acumulado en las arrugas de la cortina de baño bajo el cuerpo, formando pequeños riachuelos y estanques oscuros que ya habían comenzado a coagular. Miranda contó una, dos, tres heridas en el cadáver, de unos cuatro centímetros de anchura. Dos de ellas estaban en el vientre. La otra, más abajo, en el pubis. El vello era gris allí donde no lo había oscurecido la sangre. El pene colgaba fláccido hacia un lado como la lengua de un perro muerto…”. Sí, ya ven. Poesía pura.

Miranda, que se apellida García, es nuestra prota. Es una novelista que solo ha publicado una novela y vive en casa de su abuela, en Punta de la Escalera, Asturias, en un acantilado, sola y frente al mar, sus ruidos y sus noches oscuras de galerna. Su ex, comisario de policía, le pide ayuda en un caso, esperando que sus novelescas deducciones le ayuden a resolver el misterio de los ríos y los estanques oscuros casi coagulados y así, de paso, vuelve a verla, ejem. Pero no lo hace directamente sino a través de Jesús, su editor, con el que ella se siente muy unida, uf. Y para acompañarla, el comisario le asigna al inspector Torres, Álex, uy. Tres eran tres…

Toda la acción se desarrolla en el norte, entre bruma y lluvia y algunos ramalazos de sol, de Santander a Punta de la Escalera, y de San Vicente de la Barquera, a Bilbao, con mucho viaje en coche, sobre todo de noche, pero no se preocupen. Miranda tiene una lista de Spoty a la que llama Miranda on the road que la acompaña en todo momento con lo más granado de la historia del rock, de ZZ Top a la Creedence, pasando por Led Zeppelin, porque la vida de Miranda, tiene banda sonora. Malas influencias es un thriller (¿en serio se dice así?) psicológico donde hay mucha mala leche y mucha gente resabiada que va dando estocadas sin importarle a quien y, atención, tiene la escena de escape más elaborada y tensa que haya leído en años.

A ellos tres, que eran tres, no les dedico más tiempo, total, son tíos, pero sí que voy a destacar a su antagonista, la viuda del finado, Norma Seller, que es escritora y que Marc R. se la debió imaginar como a Rita Hayworth en Gilda, pero vestida un poco más informal. Las conversaciones entre Miranda y Norma, sus miradas gélidas, sus desplantes altivos y desprecios con un cigarro en la mano, son, para que ustedes lo entiendan, en blanco y negro.

Marc R. por otra parte, y aprovechando que la novela es suya, va dándonos ideas acerca de lo que piensa de los novelistas, los correctores, los editores y las editoriales en general, ejem.

Y en medio de toda esta vorágine ininterrumpida de acontecimientos, se va moviendo, sin poder dejar de hacerlo, la que es la reina de esta novela, aunque ella no lo sepa, a veces animosa y casi siempre aterrorizada, Miranda, que a veces es García, y otras veces es Grey.

Porque Miranda García tiene una alter ego que se apellida Grey, que es como firma Miranda sus libros, bueno, su libro, y lo que lleva del otro, que es más bien poco y no puede terminarlo. Grey es en quien García se esconde cuando la asusta el mundo que la rodea, llena de malos a los que no entiende. Marc R. la disfraza de Phillip Marlowe, con todo su cinismo y sus sarcasmos, armándola con respuestas, rápidas y letales como las balas de una Smith & Wesson del 38 Special. Juraría que este tipo duerme con El largo adiós sobre su mesita de noche y El halcón maltés en el cajón, justo al lado de 1.280 almas de Jim Thompson.

Y Grey, antes de entrar en acción, siempre se pide una canción de su banda sonora, en su coche, o en su cabeza, ya sea para ir por una autopista solitaria de noche para ver un cadáver (Gimme back my bullets) o para colarse en una comisaría (Bad to the bone), y tras esos escudos siente que es capaz de todo y que nada puede pararla, mientras García la observa, entre asustada y admirada.

Hay cosas que se tienen o no se tienen, aunque no se vean, y eso es lo que le debe pasar a Miranda para enamorar tanto, a pesar de sus camisetas rockeras de AC/DC o de Kiss, los mechones rebeldes que se le escapan de esas gomas del pelo que va perdiendo por ahí o de sus otras camisetas viejas y manchadas (tan antilíbido) con las que duerme. Pero contra todo eso lucha y vence su no saber cuál es su sitio en esta vida, su no saber qué hace en este mundo. Todo la hace vulnerable e irresistible a partes iguales, aunque ella no lo sepa.

Miranda no tiene nada del otro mundo, o tal vez lo que le pasa es que lo tiene todo de este, y mientras lees terminas preguntándote cómo sería que te mirara y te dijera «dispara, vaquero», y cuánto tardarías en sucumbir como han hecho todos los demás, hasta quedar a sus pies, sin creértelo, pero sobre todo, sin que ella misma se lo crea.

Lluvia, soledad, eternas noches en vela, polizontes, escritores, asesinatos, mujeres fatales de mirada gélida que fuman, carreteras solitarias, secretos inconfesables que hay que tapar… Malas influencias de Marc R. lo tiene todo.

 Puede que no la leas, pero no digas nunca que no te lo advertí.

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