Dicen que las películas deben empezar con una explosión, más allá de su interpretación literal, y a partir de ahí crecer en intensidad. El Tour lo hizo: lluvia, caídas, espectadores despistados, malas carreteras, bajas importantes nada mas empezar, exhibiciones de Alaphilippe y Van der Poel, retirada de Roglic… antes de la jornada de descanso había pasado de todo… el Tour era imparable. Luego llegaron dos exhibiciones de Pogacar y se acabó lo que se daba. Una mezcla de conformismo y resignación entre sus rivales tuvieron efecto cloroformo en la clasificación general y las etapas de los Pirineos hicieron el resto: el final de etapa tan lejos de la última cima no es buena receta para una lucha sin cuartel: el fugado puede ser atrapado entre el descenso y el llano, y si las fuerzas flaquean, malditas las ganas de estropearlas. El Tour, en cuanto al maillot amarillo, fue una novela negra en la que el detective soluciona el crimen en la página 80 y el resto del tiempo las pruebas no hacen más que confirmarlo. No hay sorpresas de última hora, solo vamos pasando paginas hasta el final.

Con el fracaso del argumento principal de la carrera, no cabe más remedio que detenerse en las tramas secundarias, mucho más interesantes. Y no es que quiera menospreciar a Pogacar, todo lo contrario. Su superioridad y su triunfo son claros y más que merecidos. Una de las historias que nos topamos fue quizá la más inesperada: Cavendish y el récord de Merckx. El inglés llegaba sin aparecer como candidato claro a los sprints, pero se mostró el más fuerte. Resignado a que superase el récord de Merckx, desde mi punto de vista un propietario mas “romántico”, debo reconocer mi sorpresa por las dos ultimas balas falladas. La cosa ha quedado en empate.

Si los cuatro triunfos de Cavendish fueron algo inesperados, el nuevo 0 victorias del ciclismo español era lo más probable. Con Soler víctima de una caída nada más empezar el Tour y con Enric Mas reservando fuerzas para intentar luchar contra los favoritos, las opciones de triunfo de etapa cayeron en Izaguirre, Valverde o Erviti. Sus intentos fueron buenos, pero no se pudo llegar más lejos. Acaso la persecución de Valverde a Kuss fuese el mejor momento del ciclismo nacional este año, lo cual debería poner sobre la mesa cómo atacar las ediciones vendieras. A la espera de Ayuso —el ciclista, naturalmente— hoy no tenemos competidores capaz de pelear el amarillo si Pogacar, Roglic, Carapaz, Bernal, Evenepoel y algún otro se presentan en la salida en un buen nivel de forma.

La historia mas triste de esta edición podría reservársela Primoz Roglic. Designado malo oficial de la película en el Tour del pasado año y en las dos ultimas Vueltas, lo cierto es que parece un tipo amable y correcto, con buenos detalles y generoso en la derrota. Eliminado del Tour en una fortuita caída, sus males se multiplican en su propia casa: Eslovenia no ha tenido ciclistas de alto nivel hasta hace poco, y de pronto a Roglic, que parecía el mejor de su país de largo, le sale un rival en casa. Eslovenia gana (ya son cuatro grandes en un suspiro), aunque Roglic gane menos que Pogacar. La siguiente lista de malas noticias vienen de su propio equipo, donde han destacado el danés Vingegaard, segundo ese año, y Wout van Aert, quizá el ciclista más completo. A Roglic le queda plantearse cambiar de equipo, y hasta de nacionalidad.

Me voy a detener en una última historia, la del triángulo de estrellas formado por Julian Alaphilippe, Mathieu van der Poel y Wout van Aert, ciclistas capaces de ganar en muchos terrenos, favoritos en todas las clásicas y el Mundial. La rivalidad de Van der Poel y Van Aert va tan lejos que fueron oro y plata en el último Mundial de ciclo-cross. Se desafiarían en una carrera en bici hasta para ir al cine. Alaphilippe, vestido de campeón del mundo, cumplió el deseo de la organización, ganó la primera etapa y se vistió de amarillo. Van der Poel ganó la segunda, homenajeó a su abuelo, Raymond Poulidor, y vistió la prenda de líder varias jornadas defendiéndola con orgullo. Van Aert, mientras, cuidaba de Roglic hasta su abandono, se mantuvo segundo en la general, viendo el amarillo a unos segundos que nunca pudo recortar.

El guion de la prueba, o el suyo personal, le reservaba otros momentos estelares. Infiltrado en la escapada buena camino del Ventoux, se deshizo de sus rivales y no perdió demasiada renta ante los mejores escaladores de la carrera. Finalizando el Tour fue capaz de ganar la última contrarreloj, reservada a los ciclistas más fuertes y no tanto a los especialistas, y para rematar la faena se hizo con el triunfo al sprint en París, salvando el récord de su compatriota Merckx. Un tipo capaz de ganar una etapa de cada estilo demuestra su clase. Es favorito al oro en Tokio y a lo que se le antoje. No sé si querrá preparar el Tour de cara a la general. Por un lado, me intriga y apetece ver hasta dónde seria capaz de llegar. Por otro, esta versión de Van Aert le hace mi ciclista favorito de la actualidad.

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