En el Tour de 1923 se añadió una nueva categoría de ciclista a las ya existentes (patrocinados y no patrocinados): los turiste-routiers. Estos corredores eran amateurs e independientes, lo que es tanto como decir que estaban abandonados a su suerte, generalmente mala. Algunos de ellos eran propietarios de tiendas de bicicletas con la aspiración de enseñar en sus escaparates la bici con la que pensaban terminar el Tour. Otros eran aventureros, tipos inconscientes en busca de cinco minutos de fama (los periodistas que seguían la carrera se disputaban sus historias). En el fondo, y desde un enfoque menos romántico, eran ciclistas de relleno, parias del pelotón que comenzaban las etapas diez minutos más tarde que las estrellas, no las fueran a estorbar. Al acabar cada jornada, los turiste-routiers tenían que buscarse alojamiento y sustento, reparar sus bicicletas y lavar su ropa. En el Tour de 1928, sólo once de los 121 que tomaron la salida llegaron a París.

En 1931, uno de esos touriste-routiers era Max Bulla, un vienés con talento pero sin equipo. Para entonces, Austria todavía no reunía a ciclistas suficientes para inscribir una escuadra. No fue un problema para Bulla, que había ganado la Vuelta a Alemania de 1930 y participado en los Mundiales de 1929. Pese a salir diez minutos más tarde que las selecciones nacionales, Max ganó la segunda etapa seguido de otros dos routiers, los franceses René Bernard y Adrien Van Verst. Bulla se convirtió ese día en el primer maillot amarillo del ciclismo austriaco, el único hasta el momento. Desgrange le dedicó su artículo del día siguiente en L’Auto: “Hemos tenido el placer de seguir a Bulla en su hazaña desde el principio. Este muchacho armonioso y de buena planta, con una buena posición en el sillín y un pedaleo redondo, ejecuta sin esfuerzo movimientos hermosos y huele de lejos a un hombre con clase. Su figura distinguida y sus ojos fulgurantes de malicia, cuando no de inteligencia, hablan con elocuencia de este joven que no sabe ni una palabra en nuestro idioma. Con una alegría similar a la de Leducq, su amabilidad constante completa el agradabilísimo aspecto del nuevo portador del Maillot Amarillo”.

A pesar de la proeza de Bulla, la organización no perdonó su condición de routier y en la siguiente etapa salió diez minutos más tarde que las selecciones, aunque era el portador del jersey amarillo. Ni qué decir tiene que lo perdió, pero se resarció con dos victorias más de etapa. La segunda la logró tal día como hoy de hace 90 años y quién sabe si su espíritu empujó a su compatriota Konrad camino de Saint-Gaudens. Queremos pensar que sí. El maillot de campeón austriaco se distinguía bien desde lo alto.

No deja de resultar curioso, por cierto, que de la escarpada Austria no haya salido ningún ganador del Tour, ni siquiera un vencedor de la montaña (Bernhard Kohl fue descalificado por dopaje después de ser tercero en el Tour de 2008 y rey de la montaña).

Max Bulla ganó la Vuelta a Suiza en 1933 y se llevó dos etapas de la Vuelta de 1935 (Valencia y Granada), ganada por Gustaaf Deloor. Cuando murió en 1990 ningún austriaco había vuelto a ganar una etapa del Tour. Georg Totschnig lo consiguió por fin en 2005 y Konrad acaba de repetir ahora. En ambos casos, Bulla empujaba desde arriba.

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