Jugamos mal. Y cuando no nos ayudaron los suizos lo hizo el árbitro. Fuimos poco ambiciosos con el marcador a favor e incapaces de marcar un gol a un equipo que nos regaló el balón durante una hora (¡una hora!). No sacamos ventaja de jugar con un futbolista más y nos ganaron los duelos por alto (medio centenar). No quedamos bien ni en defensa ni en ataque. Y a pesar de todo, no creo equivocarme si digo que hicimos más méritos que Suiza. Lo mismo ocurrió contra Suecia y Polonia, en partidos igualmente desesperantes, ustedes recordarán. En el balance final nosotros empleamos un esfuerzo mayor por ganar. Y no hablo de correr más, sino de buscar el triunfo, de proponer algo aunque no sea demasiado, de mirar al partido de cara, sin mezquindades. La actitud y la suerte (70/30) nos han metido en semifinales, mucho más lejos de donde imaginamos llegar hace doce días. De modo que hay cosas que estamos haciendo bien. El problema es que se distinguen peor que los errores.

Entre lo bueno hay que destacar el ambiente del grupo, claramente optimista: el equipo pudo deprimirse al inicio del torneo o con el fallo de Unai contra Croacia, o con el penalti errado por Busquets en la tanda final. Sin embargo, nada le afectó en exceso. Por fortaleza anímica o por memoria de pez. Entre las mil y una ventajas de ser joven, y el equipo lo es mayoritariamente, está la ausencia de complejos y referentes negativos. Estos muchachos no saben si la maldición de los cuartos tiene que ver con la Selección o con el reloj de la Puerta del Sol. Estos chavales creen a pies juntillas lo que les dice Luis Enrique y el entrenador ha insistido en que el equipo es uno de los favoritos.

También contamos con jugadores apreciables, aunque no sean estrellas. El ocaso de Busquets todavía da para minutos esplendorosos (no más de 60). Jordi Alba conserva la energía de los viejos tiempos, Pedri es un genio en formación y Ferrán crece en cada partido. Añadamos a Unai Simón por razones obvias y si gustan a Marcos Llorente, cuya entrada nos aportó oxígeno en vena.

Sin embargo, no es suficiente para definirnos como un equipo sin fisuras. Las tenemos. A los centrales les falta contundencia y a los delanteros gol. Con semejantes defectos estructurales cualquier edificio se habría venido abajo, pero nosotros seguimos en pie, a dos partidos del título y con la confianza en aumento. No caben explicaciones lógicas. Está ocurriendo. Como suceden tantas cosas que no parecen sensatas y que conviene disfrutar en vez de abrirlas en canal. Gocemos, pues.

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