El duelo resulta ya milenario. Por más que la lucha con un balón sea solo la última forma de rivalizar con los italianos. Acaso la más deportiva. Antes combatimos por Hispania, nos peleamos por el Mediterráneo y hasta por el origen de Cristobal Colón. Si nosotros descubrimos América, ellos sacaron de las tinieblas a la Edad Media con el Renacimiento. Con la inquisición quisimos ser más papistas que el Papa, como si la última frontera fuera arrebatarles el epicentro del catolicismo. Lo más cerca que estuvimos de El Vaticano fueron Los Borgia, familia de origen valenciano que reinó en los estados pontificios y avergonzó a la Santa Sede a partes iguales. Hasta en el prólogo de la unificación italiana aparecen los españoles. Por allí andaban ya los Borbones en los últimos coletazos del Reino de Nápoles. Las derrotas sufridas por Francisco II a manos de los camisas rojas de Garibaldi resultaron el pistoletazo de salida para que en toda la bota resonara con fuerza el Fratelli d’Italia. En las siguientes afrentas el ruido de sables sería sustituido por un balón.

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La primera llegó en 1920 en los Juegos Olímpicos de Amberes. España era entonces una selección en pañales que disputaba su cuarto partido internacional mientras en la piel de toro todavía faltaban 9 años para que se instaurara una Liga nacional. La Copa y los torneos regionales eran la tabla de medir. Italia por su parte tampoco tenía campeonato doméstico pero la Nazionale había disputado ya una veintena de encuentros. Fueron los italianos, expertos en el arte de motejar, los primeros en llamarnos Furia Rossa (Furia Roja), fue la reacción propia al escuchar aquello de “¡A mí, Sabino, el pelotón, que los arrollo!”. Y vaya si les arrollamos. 2-0, con doblete de Félix Sesúmaga, delantero del Arenas de Getxo y arrivederci. Por el camino, eso sí, perdimos a Ricardo Zamora, quien hastiado de las entradas de los delanteros transalpinos respondió con un puñetazo a Badini y fue expulsado. España terminó el partido con 9 pues Bazaga se había lesionado y el extremo Siveiro tuvo que hacer de improvisado portero. Las instrucciones de Zamora surtieron efecto y la portería se mantuvo a cero.

Pero la vendetta llegó ocho años después. En Ámsterdam en otros Juegos Olímpicos y en lo que todavía hoy supone la derrota más abultada de la Selección Española. 7-1 se impusieron los italianos. Mucho más bochornosa resultó el pase de los transalpinos a semifinales de su Mundial, el de 1934. Mussolini debió de pronunciar aquello de “por lo civil o por lo criminal” y todos siguieron a pies juntillas los deseos de Il Duce. España e Italia habían empatado a uno y el partido de desempate se jugó al día siguiente. En el parte de bajas, siete españoles (Zamora, Lángara, Gorostiza…) y cuatro italianos. Los locales se impusieron por 1-0 con gol de Meazza, mientras los españoles se quejaban amargamente de una falta a Nogués, cancerbero debutante.

Baggio supera sutilmente a Zubizarreta en los cuartos de final del Mundial de EEUU’94.

Desde entonces Vialli (Euro 88) y Baggio (USA 94) nos vacunaron entre codazos y juego subterráneo. Pero aprendimos. Y nuestra respuesta fue ganarles en la frontera de la extenuación, más allá de la zona Cesarini, en una tanda de penaltis que alumbró el ciclo de esplendor de La Roja. El epitafio, exultante como una bacanal romana, se regó con cuatro goles en una tarde veraniega en Kiev. Cuando nos volvimos a ver las caras en la última Eurocopa ya nos habían desterrado del paraíso, así que a Conte y a sus pupilos no les costó en exceso mandarnos para casa. Camino de Rusia los que les mandamos al purgatorio fuimos nosotros tras una derrota contundente en la fase de clasificación. La azzurra nunca tomaría el transiberiano y de aquella ausencia, la primera en seis décadas, tardaría años en recuperarse. O eso pensábamos.

Mancini y su equipo de autor

Apenas tres años después, la Italia de Mancini enamora a propios y extraños, con un estilo de juego hasta cierto punto rompedor dentro de la tradición italiana pero que es del todo coherente con el Roberto Mancini jugador. El habilidoso delantero que alcanzó la fama en la Sampdoria formando pareja atacante con Gianluca Vialli, ha apostado por un 4-3-3 que se sustenta en una férrea línea defensiva. Ese cinturón de seguridad comandado por Bonucci y Chiellini remite a los viejos cerrojos del Calcio, a defensores de espalda ancha y ceño fruncido. Hablamos de Gentile, Baresi, Cannavaro o Nesta. En la portería, hay un junco que no se doblega fácilmente pero que con su 1,96 se estira para seguir los pasos de los Dino Zoff, Walter Zegna o Gianluigi Buffon. A sus 22 años y tras 1.168 minutos imbatido en esta Eurocopa, Donnarumma ha hecho añicos el récord de imbatibilidad que ostentaba Zoff. Palabras mayores.

Italia celebra el pase a semifinales en Múnich tras ganar 2-1 a Bélgica.Foto: Marcio Machado/ZUMA Wire

Así que la nueva Italia tiene lo mejor de la vieja, pero ha añadido matices que la han convertido en un equipo redondo. Como si se hubieran mirado en el espejo de la España campeona del mundo, los transalpinos han replicado un centro del campo que remite a ese Busquets-Xavi-Iniesta. Jorginho es el ancla. Verrati, el diapasón. Barella, la farfalla que bate sus alas para generar el caos en la defensa rival. Esas tres piezas convierten a Italia en un equipo completamente distinto, en una selección que goza respondiendo preguntas con el balón en los pies, capaz de mover al rival a su antojo antes que esperar agazapado el error ajeno. Proponer antes que oponer.

Si algún pero se le puede poner a esta azzurra es que no encontramos un Pinturichio o una Divina Coleta, tampoco un Mazzola o un Rivera. No quedan trequartistas en el país de la bota, pero hasta esa carencia de talento le ha servido a Mancini para dar una pátina de compromiso y esfuerzo a su equipo. Quizá solo Lorenzo Insigne, napolitano del Napoli que porta el 10, podría aspirar a tan ilustre categoría en sus días más lúcidos, pero ni siquiera él está exento de ayudar en labores defensivas. Su fantástico regate y su gran golpeo de balón ya han quedado acreditados en esta Euro. Además tiene madera de líder y se complementa a la perfección con Federico Chiesa, quien ataca por el otro costado. El hijo de Enrico se ha hecho un hueco en el once a base de goles y actuaciones fulgurantes, como en la prórroga frente a Austria. Más discutido aparece Ciro Immobile, un 9 que lleva tres partidos sin ver portería, pero que encaja a la perfección en el sistema de Mancini. Immobile no solo sirve para cargar el área, también resulta fundamental en el engranaje ofensivo de la azurra por sus apoyos, su pugnas por alto o su relación con la presión.

Lorenzo Insigne y Roberto Mancini, dos dieces que explican la nueva Italia. Cordon Press.

A esa Italia le faltará el comodín de Spinazzola en la semifinales, un lateral que era en realidad un torbellino por la izquierda. Una desafortunada lesión en el talón de Aquiles ha dinamitado su Eurocopa y ya veremos si su carrera. Bajo la manga aún le quedan ases a Mancini. El centro del campo puede ganar en dinamismo con Locatelli y si se su busca un ida y vuelta Matteo Pessina tiene veneno y calidad a partes iguales en sus botas. Aunque tampoco es descartable que Italia juegue al despiste y opte por un rol más camaleónico para penalizar la endeblez defensiva mostrada por España a la mínima oportunidad.

Si es cuestión de aferrarse a la experiencia, el partido recuerda a aquel disputado en 2008 en el Prater de Viena. Entonces Italia venía con la vitola de Tetracampeona del mundo y España era la gran aspirante. Ahora ninguna de las dos llega con galones, pero los transalpinos vuelven a sentirse superiores. La España de Luis Enrique, un equipo plurinacional en el que ningún club galvaniza la columna vertebral de la selección, superviviente y curtido por las críticas, tiene ante sí el paso del rubicón, la frontera entre la adolescencia y la madurez de este equipo. Ese límite se encuentra a la espalda de Bonucci y Chiellini y más que una eterna vendetta, suena a un nuevo amanecer del fútbol español.

Fue Julio César, quien allá por el año 49 A.C., decidió tras una suculenta cena cruzar el río Rubicón, frontera natural entre Galia e Italia. Cerca del alba, aprovechando esas primeras luces del día, las tropas del futuro emperador atravesaron el río. Aquello fue toda una declaración de guerra y desató una cruenta lucha por el poder que terminó con Pompeyo camino de las Islas Griegas. Luis Enrique, que ya intentó conquistar Roma una vez, tiene ante sí la oportunidad de su vida. Solo que ahora acude a la batalla con una tropa renovada y un país detrás. Seguro que a estas horas ya ha recordado lo que dijo Julio César cuando puso rumbo a Roma: Alea jacta est.

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