Yo podía decirles otra cosa. Engañarles, disimular, hacerme un poquito el loco, a ver si colaba, pero no. Aquí, no estamos para eso, que esto es A la Contra, así que voy a contarles la verdad y que sea lo que Dios quiera. En mis manos levanto una tormenta es una especie de CSI manchego, carpetovetónico y benemérito. Verán. La acción se sitúa en 1959 cuando al Brigada de la Guardia Civil, Andrés Valencia, adscrito a la Comandancia de Cuenca, le asignan la resolución de un doble crimen en un pueblo de la provincia llamado Villanueva del Olmo y para ello, y cual James Bond, le asignan el último modelo de vehículo adquirido por la benemérita: un Seat 600. …ufff… me lo quité de encima… ya respiro.

Eh, un momento,  paren, paren, que los estoy viendo venir. Que ya veo sus risitas y sus codazos. Se equivocan de pe a pa. Si piensan que esta novela la podrían haber protagonizado José Luís López Vázquez y Alfredo Landa, vayan quitándoselo de la cabeza porque ya les digo yo que no. En mis manos levanto una tormenta no es ninguna comedia española con (de) la que reírse, porque Jorge Ortega (Madrid 1970) realiza en esta novela una sobria puesta en escena, un fantástico ejercicio de contención, manejando los tiempos desde el comienzo hasta el final, tal y como se suceden las estaciones en La Mancha. En esta novela todo está acorde con el mundo circundante, con esa Cuenca árida y adusta por los cuatro costados que transmite su austeridad a todo lo que se le acerca, incluyendo toda su gente parca en palabras. Y Jorge Ortega lo hace sin perderse en descripciones de qué bonitos son los rosados atardeceres ni nada que se le parezca, no lo necesita. Lo que es esa tierra se nota en cada frase de la novela.

De hecho, creo que tampoco es un thriller (¡Vade retro, Satanás!). En todo caso y para definirla podríamos elegir perfectamente entre un thriller rural o un western policiaco. Yo, desde el principio, lo vi como un western, perfectamente estructurado y con todos sus componentes. Un héroe ajeno a ese mundo, un ayudante fiel, poderosos caciques corruptos, una gente de pueblo callada, a veces buena y a veces mala, que soporta la opresión porque piensa que nadie puede salvarla. Aún hay heridas sin curar de la guerra, que ha terminado hace 20 años.

La acción transcurre en esa dura tierra manchega, de días calurosos y noches frías, en ventas donde aún se ven caballos y carros, entre corrales de adobe con puertas rotas y desvencijadas que se abren de una patada, es decir, un verdadero western donde nuestro héroe camina, aunque él a diferencia de otros, no busca la paz interior, ni redimirse. Simplemente cumple su trabajo. Él está para eso y por eso carece de un áurea misteriosa. Tampoco le hace falta.

Y toda esa gente de pueblo hay veces que oculta cosas, sobre todo por miedo, pero en la mayoría de las ocasiones va dando su opinión sobre los demás, sobre lo que son, o sobre lo que ellos piensan que son. A veces en forma de palmada en la espalda, pero las más de las veces en forma de faca albaceteña de las de dos muelles. Es con todas esas pinceladas con las que el Brigada Valencia va logrando pintar el polvoriento cuadro que tiene delante. Y en ese mundo rural, los hay cerriles, de una sola ceja, cuyo cuarto de baño es un rincón del corral donde picotean las gallinas, de los que retuercen la boina entre sus manos mientras le contestan a la Guardia Civil. Y no tan cerriles, gente que sí ha ido avanzando. Los de una sola ceja beben frascas de vino y se limpian la boca con las mangas de sus chaquetas de pana. Los otros, sueñan con huir de todo aquello y no volver nunca jamás.

En mis manos levanto una tormenta es la historia del héroe que llega a un lugar inhóspito que manejan a su antojo unos caciques sin escrúpulos que van sobreviviendo al odio que los rodea a base de ser peores que los demás, para investigar un doble crimen salvaje y desmedido de dos prohombres de la comunidad. Pero también es un retrato de aquella España profunda y dura donde el miedo y el respeto a los caciques, a los curas y a la Guardia Civil eran la tónica de la vida rural.  

Así que sepan que esto que aquí leen es una invitación a pernoctar en el cuartelillo, en una de las tres habitaciones que había para solteros y que no tenían agua corriente. Esto es una invitación a una de esas duchas mañaneras que se daban antes con una jarra y una palangana, de cara, sobaco y poco más. De menú, a mediodía, tenemos garbanzos con vino, porque aquí se bebe estando de servicio y por la noche se cena como Dios manda, escuchando a los lugareños hablar del tiempo y de las lindes y maldiciendo entre dientes, mientras miran de reojo, entre el olor a sudor, a ajos y a torreznos. Pero tráiganse ropas de domingo para la misa de doce, como está mandado, que aquí el que no va a la iglesia, va al cuartelillo, y échense a un lado para que pasen primero el señor alcalde con su señora. Dios lo guarde a usted, mi Brigada.

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