Debo decir que lo elegí por la portada (¿por qué iba yo a ser distinto?), por las miradas de aquellas mujeres en blanco y negro de la portada, porque trataba de mujeres y eso me gustó, pero me atrajo también la época en la que se ambienta, porque todo eso mezclado prometía una historia intensa y enorme, y no me equivoqué.

En El silencio más noble, Susana López (Erandio, 1963) nos narra el profundo y secreto vínculo que se crea entre tres mujeres que no se conocen debido a un trágico suceso, algo que hace que a lo largo de los años una cuerda invisible amarre a cada una de ellas. Pero esa es únicamente una parte de la novela, porque Susana López se sirve de esa relación entre Lucía, Elvira y Renata para recrearnos fielmente, en un perfecto collage, ese microcosmos de Bilbao, de su ría y de sus pequeños pueblos ribereños. Ellas son la perfecta excusa para mostrarnos el mundo en el que vivían, o mejor dicho, los distintos mundos a los que pertenecían.

Esos mundos, cercanos pero a la vez distantes, eran tres. Lucía, nacida en un caserío, era hija del mundo rural vasco, nacionalista, cerrado y desconfiado, ese mundo que miraba con recelo a todos los que llegaban de fuera, a los que llamaban maketos, aquellos que los hacían sentirse extraños en su propia tierra. Elvira, nacida en un pueblo de Burgos que no era tan distante de Euskadi, pertenecía al mundo de los maketos y llega en un carro con su familia buscando quitarse el hambre, poder sobrevivir. Y mientras estos maketos intentaban quitarse el hambre, iban mirando también con recelo a todos aquellos vascos a los que no entendían y que los miraban mal, haciéndolos sentirse incómodos y extraños. Porque estos dos mundos, condenados a entenderse, se despreciaban mutuamente, porque somos humanos y todos tememos lo que desconocemos.

A estos dos mundos rurales, el vasco y el maketo, se oponía ese otro urbano de grandes casonas de Bilbao, de Neguri, con sus enormes fábricas llenas de obreros vascos y maketos, que al igual que en las zonas rurales, intentaban no mezclarse. Ese mundo con sus ostentosos coches y sus casas llenas de criadas venidas de pueblos con mucha hambre. Renata, la tercera mujer, recrea otro mundo distinto y aparte, porque ella es la hija de un emigrante gallego nacida en Italia que quiere salir de allí y duda entre América, donde está lo nuevo, y España, donde está lo que conoce, aunque solo sea porque se lo ha contado su padre.

De la mano de Lucía, Elvira y Renata, en capítulos alternos en los que cada una de ellas es la protagonista, Susana López nos lleva desde los complicados años 20 hasta el estallido de la Guerra Civil y luego a su posguerra. Lo hace de una manera íntima, invitándonos a sus casas, a vivir con ellos, al principio la dureza de la vida rural y después la dureza de la guerra, para acabar compartiendo su realidad como perdedores, con sus oscuras cárceles y la represión. Entretanto, gira una y otra vez la eterna duda, también humana, de si anteponer el valor a la razón y las ideas a la familia. Así se establecen los verdaderos hilos conductores de El silencio más noble: el miedo, un miedo atroz, constante, feroz, inevitable, humano y el instinto de supervivencia, también constante, feroz y humano.

Esta novela, es la historia de tres de aquellas mujeres que fueron sobreviviendo a todo lo que se les venía encima como un homenaje a todas las que tuvieron que vivir aquello. El silencio más noble es un viaje a la niñez de su autora y a todas las historias que escuchó de sus mayores. Es una novela en la que para defenderse del miedo nace el instinto de supervivencia de hombres y de mujeres, de mayores y de niños, pero de las mujeres más que de ninguno… Eran ellas las que tenían que criar y alimentar a cuatro o cinco hijos mientras sus maridos morían o mataban, en un bando u otro, o estaban presos y encerrados, algunos en aquellas tétricas y oscuras  cárceles y otros en sus tétricas y oscuras propias ideas.

Pero Susana López, no critica, ni odia. Simplemente te cuenta lo que pasó, para que lo sepas. El silencio más noble es una novela dura, sin concesiones, como lo fue aquella época, pero salpicada por todas partes de una ternura sacada a tirones de entre todo ese odio y ese miedo. Susana se encierra contigo en un refugio rezando para que las bombas caigan lejos o te muestra las miserias de un burdel. Te sienta con las pescaderas de la ría que ofrecen sardinas y te hace entrar en las tabernas de obreros. Te lleva a que te despidas de aquellos niños de la guerra enviados al extranjero solos y desamparados y te enseña los dos lavaderos de Ibaia, el pueblo ficticio donde se ambienta la historia. Te lleva de visita a una sórdida cárcel franquista y te hace escuchar nanas en euskera en verdes prados llenos de árboles, donde cantan mujeres y niños con mucha hambre y con mucho miedo.

Y sin odio, rodeada de esos niños que esperan que les des un beso porque no había más que esperar, te hace que no dejes nunca de preguntarte, ni un solo instante, cómo se pudo llegar a aquello, cómo pudimos hacerlo. Lo más grande es que en ningún momento te hace perder la esperanza, porque todas aquellas mujeres que se escondían, que sufrían y que luchaban por sus hombres y por sus hijos, así lo habían decidido. 

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