Llegué tarde al documental El día menos pensado a pesar de las muchas recomendaciones. Hice mal. No podía ni imaginar que, producido por Movistar y promocionado por el equipo ciclista, lo que me iba a encontrar era un asombroso ejercicio de nudismo. No hay maquillaje en el relato, o no el que se espera de una producción oficial. Me deja perplejo que el equipo haya aceptado exponerse tanto. No pocas veces, los directores quedan en mal lugar, incluido Eusebio Unzué. La forma que tienen de dirigir el equipo es emotiva, pero casi nada rigurosa, confusa en muchas ocasiones, desordenada, improvisada… Las estrategias de carrera son… ochenteras, tal y como imaginábamos de niños las arengas de Mínguez o Carrasco, cuando no existía otra alternativa que tirar de pulmones y de cojones. Nada parece excesivamente controlado: los planes salen al revés, los corredores se enfadan y critican a sus directores… Ni siquiera la victoria de Carapaz en el Giro 2019 es apacible, empañada por la frustración de Landa y luego por la fuga de ambos.

No entraré en detalles en atención a quien no lo haya visto, pero el documental no se deja un charco por pisar y casi todos manchan de barro. Como acto de honestidad es incomparable. Como demostración de humildad no encuentro precedentes. No es nada habitual que alguien reconozca errores si no está obligado a hacerlo. Es insólito que un grupo decida humanizarse hasta el punto de compartir públicamente fallos y contradicciones. Se me escapa la intencionalidad. Puedo entender que José Larraza, el director, haya querido enseñarlo todo, pues no es otra la ambición de un periodista y este es uno de los grandes (quién pudiera llevarle el botijo una temporada). Sin embargo, no comprendo que Unzué haya aceptado someterse a ese gran hermano implacable que les observa desde los coches, el autobús o el hotel. En el fondo, ese severo escrutinio no hace más que dar razón a muchas de las críticas que ha recibido el equipo en los últimos tiempos. ¿Quién puede desear eso?

Ahora bien. Admito que después de ver el documental (no olviden la segunda dosis) es imposible no querer a Chente, no percibir su bondad de grandullón y su amor por el ciclismo. Igual de transparente se nos aparece la grandeza de Alejandro Valverde, feliz por ser ciclista, alejado de toda vanidad, divertido cuando toca y serio cuando procede. Hasta la inmadurez de Marc Soler resulta entrañable. La timidez de Enric Mas también explica muchas cosas. En el equipo están los arquetipos de los compañeros del colegio o de los inquilinos de un barracón en un campo de concentración, siempre en busca de la próxima fuga. El impetuoso (Rojas), el templado (Erviti), el crítico (Verona)…

Debo confesar que mientras veía el documental alterné dos pensamientos: “Tenía razón cuando les puse a parir” y “ojalá yo fuera uno de esos ciclistas, incluso uno de esos directores”. Me pregunto si la intención de Unzué no habrá sido la de cautivarnos a base de mostrar toda la verdad y sólo la verdad. Es difícil acertar con las motivaciones de la gente buena, y Eusebio lo parece. Es mucho más sencillo suponer los motivos de los malvados.

El caso es que yo ahora siento más mío ese equipo que antes imaginé arrogante y regalado de sí mismo. Caótico por chulería y torpe por grande. Estaba equivocado. Es verdad que Movistar (Reynolds para los viejos amigos) no practica el ciclismo científico de otros equipos, pero tal vez debamos celebrarlo. Nos hemos cansado de decir que las carreras se convierten muchas veces en partidas de ajedrez. Hemos repetido mil veces que el ciclismo está perdiendo su esencia. Así que prefiero a Chente gritando “me cago en sos” que un informe sobre vatios empleados. Antes que cien equipos que se cierran en banda, prefiero a uno que nos abre la puerta para que entremos… magnífica acción de marketing ahora que lo pienso.

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