La modorra veraniega se vio inesperadamente interrumpida el otro día por unas declaraciones del presidente Ángel Torres, preocupado por los menguantes ingresos de su club en este año de su 75º aniversario. La inquietud de Torres acerca de la imposibilidad de la inscripción de Messi en el campeonato español —y la correspondiente pérdida del maná televisivo, savia de los equipos pequeños— se mostró en el énfasis con el que apeló a todas las partes para encontrar una solución. “A veces hay que levantar un poquito la mano”. De inmediato fue señalado por una multitud de dedos acusadores, la mayoría merengues, émulos del emperador Fernando I. ¡Qué es eso de las excepciones! Fiat iustitia et pereas mundus. Es decir, hágase justicia aunque el mundo perezca.

Cualquier observador mínimamente objetivo sabe que el mundo del fútbol no ha dudado en múltiples ocasiones en recurrir al apaño, más o menos refinado, para solucionar sus problemas coyunturales. Desde el origen de las sociedades anónimas deportivas hasta la ampliación del número de equipos en Primera División. Por no hablar de otras épocas anteriores, en las que una inscripción, una recalificación, la construcción de un pabellón o un ascenso podían verse más o menos facilitados en función de los hilos de la simpatía que se supieran mover. Algo a lo que el Barcelona, por cierto, nunca fue ajeno: Kubala pudo jugar de azulgrana mucho antes de que el asunto de su tránsfer internacional estuviese arreglado; si bien en ese caso habrá que reconocer que hubiese resultado una pena haber renunciado al Barça de las cinco copas y, en consecuencia, al Temps era temps de Serrat.

Volviendo a la actualidad, yo comprendo la irritación que suelen provocar los apaños. Es cierto que resultan casi siempre intolerables en la mayoría de los ámbitos de la vida, profundamente desmoralizadores. Y sin embargo, confieso estar muy a favor de que se produzca uno para solventar esta cuestión. Cuanto más escandaloso, mejor. Antes de que se abalancen sobre mí a quitarme el carné de madridista, permítanme enumerar mis argumentos. El principal, de índole deportiva: cuando Messi amagó con marcharse el verano pasado, algunos nos lamentamos de que, después de haber soportado su gloria durante largas y dolorosas temporadas, se nos arrebatase la posibilidad de que su inevitable decadencia lastrase al Fútbol Club Barcelona. Igual que ocurre en las fiestas en las que se está disfrutando de verdad, uno anhelaba que las tristes expresiones del argentino tras la enésima goleada encajada en Europa —bellísima tradición del último lustro que ha hecho más por el europeísmo que Adenauer, Schengen y el himno de la alegría juntos— se alargasen un poco más, a ser posible con Leo cobrando cien kilos del ala. Si existe una noción de justicia por encima de las leyes, sin duda puede verse reflejada en la evolución que han experimentado personas como Piqué: de sacar ufanamente la manita contra el vencido rival a recogerse en la práctica del selfie en Instagram y esperar al árbitro en la banda para recriminarle el funesto crimen de haber añadido, horresco referens, cuatro minutos de prolongación en lugar de cinco. Definitivamente, parece difícil no desear varios bises de esta canción tan agradable, y con Messi comprometiendo la reestructuración presupuestaria de la entidad culé, todo apunta a que el baile se prolongaría sine die.

De cualquier modo, mi apoyo al pasteleo no radica meramente en lo deportivo. Existe una motivación aún mayor, más poética que vengativa. Desde el inicio de su rivalidad, el barcelonismo siempre ha menoscabado cada triunfo del Real Madrid, buscando una ayuda prevaricadora en cada saque de banda mal pitado a favor de los blancos. A estas alturas, se trata de un arma tan roma que resulta incapaz de herir, pero suena realmente tentadora la posibilidad de que, cuando el impulso y la costumbre hagan levantarse al culé como un resorte a entonar el “asíganalMadrí” tras algún penalti, el cántico muera en sus labios antes de salir. Se romperá el récord alcanzado por Jesuscrito y aquel centurión de Cafarnaúm: “Una palabra tuya bastará para sanarme”. Ni siquiera será necesario, una simple sonrisa irónica permitirá dejarlos helados en el asiento. Menuda gozada. Así que sí, señor Tebas, por favor, haga usted caso a las peticiones del presidente Torres, y no se corte. Estire lo que haga falta. Nada de levantar solo un poquito. Con el Barça, con perdón, manos arriba.   

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