JUEVES

Observo mi calendario laboral tatuado con vehemencia a golpe de rotulador cada mañana, y compruebo felizmente que quedan escasos días para el inicio oficial de mis vacaciones de verano. Como habitualmente en estas circunstancias, mi cuerpo suele anticiparse y comienza con la modorra con generosa antelación, no vaya a ser. Aprovechando la falta de fútbol, cedo a la tentación de la siesta hasta que el irritante tono del teléfono pone a prueba la resistencia de mis coronarias. Descuelgo entre indignado y confuso, dispuesto a rechazar con firmeza cualquier oferta de nuevas condiciones para una portabilidad móvil. Aún en duermevela, impido la perorata del pobre operador con la primera excusa y arrojo lejos el teléfono. Sin embargo, a continuación quedo desconcertado unos instantes: habría jurado que la pregunta interrumpida no versaba sobre compañías, sino acerca de si estoy interesado en Coutinho o Pjanic. Vuelvo a echarme, un poco asustado pero a la par conmovido por los denodados esfuerzos que estaría realizando el Barça para reducir su famosa masa salarial.  

VIERNES

Un mal presentimiento acerca del vencedor de la final del domingo me asalta, y salgo a pasear para despejar los malos augurios. El aire fresco no me alivia, por lo que recurro a la estrategia más fiable para superar momentos de incertidumbre: ponerse anticipadamente en lo peor y comprobar que, de ocurrir, uno sería capaz de superarlo. Mecanismo quizá un poco tóxico, pero eficaz. De modo que intento encontrar lo positivo de una hipotética victoria inglesa.

Ya expliqué en su momento que mi manía a la selección de los Pross no se basaba en el patriotismo ni tampoco se debía a la desagradable condición de un porcentaje nada desdeñable de sus fans —al fin y al cabo, si la presencia de aficionados ultras o xenófobos descartase las simpatías hacia un equipo, honestamente ninguno podría ser apoyado jamás—. Lo más estomagante deriva de esa legión de enteraíllos que aprovechan cualquier excusa para mirarte por encima del hombro y atosigarte con las bondades y la indiscutible superioridad moral del fútbol británico. Así que, para reconciliarme con Inglaterra, me obligo a buscar a un hincha menos pedante, exento de cualquier afán preponderante, alguien que viviera su pasión antes como un refugio íntimo que como el ejercicio de supremacía habitual. En consecuencia, vuelvo a casa y me pongo a releer a Nick Hornby. 

Fiebre en las gradas constituye uno de los mejores ejemplos de cómo un equipo de fútbol puede convertirse en un acompañante vital y un asidero permanente al que agarrarse en medio de la voracidad líquida del transcurrir del tiempo. Una identidad reconfortante que no implica exclusión ni desprecio al otro, algo no tan sencillo como parece. La ironía en dosis adecuada y el fino humor de Hornby permiten la identificación sentimental sin caer demasiado en la cursilería desmedida, tal y como ocurre cuando desgrana las miserias obsesivas de la masculinidad treintañera en su otro éxito, Alta Fidelidad. Tras una noche medio arrullado por esas páginas, vuelvo a colocar los volúmenes en la estantería. A estas alturas estoy a media foto de Beckham de cantar el God save the Queen, y tampoco es plan.

SÁBADO

Un Brasil-Argentina en la final de la Copa América supone un aperitivo a todas luces excesivo, pues bien podría ser el plato principal antes que el encuentro de mañana. En España, como todo se analiza desde el agotador prisma Madrid-Barça, muchos deciden su bando en función de la tirria que le tienen a Messi. Algo verdaderamente absurdo por varias razones. En primer lugar, la catalogación como mejor jugador de la historia no puede depender de algo tan circunstancial como un título más o menos con su selección. Por otro lado, tampoco entiendo ese empeño en tratar de evitar concederle dicha etiqueta: precisamente que Messi sea el mejor de todas las épocas aporta mucho más valor a lo conseguido por el Madrid durante el reinado de Leo en el Barcelona, ampliación de la diferencia histórica en Copas de Europa incluida.

Personalmente, si hay un motivo por el que cuesta animar a Argentina no se trata del diez del Barça, sino la sempiterna arrogancia albiazul que termina por convertir en desagradable su indudable carisma. En este campeonato, la hinchada ha repescado una pegadiza versión del Para no olvidar de Los Rodríguez, modificando la letra para desafiar a Brasil con pullas muy dolorosas. Considero bastante adecuado que la melodía del cántico sea de Andrés Calamaro: alguien de extraordinario talento pero que a veces puede llegar a cansar si se excede en la pose de enfant terrible. No obstante, con el gol de Di María me alegro por él. No en vano sus canciones pertenecen a mi educación sentimental, y ante todo es de bien nacido ser agradecido.

DOMINGO

Pierdo varios años de vida vislumbrando cómo mis estimados italianos se afanan en abrir el cerrojazo inglés —dónde están ahora los de los tópicos, me pregunto en bucle tras cada ocasión fallada—, y grito el gol del empate de Bonucci casi más que el de Iniesta hace exactamente once años. En la prórroga hago un surco circular en el suelo del salón, mientras le explico a cualquiera que me quiera escuchar que, si la Unión Europea hubiese mandado a Chiellini a negociar el Brexit, otro gallo hubiese cantado. Llegan los penaltis y para entonces ya no sé dónde mirar, aunque afortunadamente mi victoria final es doble. Pierden simultáneamente Inglaterra y los fanáticos del big data, dado que Southgate saca en el último minuto a los dos jugadores presuntamente más fiables para ese oráculo del mundo moderno que son las estadísticas y ambos fallan sus respectivos lanzamientos. Afortunadamente, en este juego sigue habiendo aspectos no cuantificables, y el fútbol de toda la vida mantiene intacta su vieja capacidad de jodernos a todos.

Se acaba el torneo, y no tengo claro si la generación Z se habrá enganchado al mismo con el paso de las rondas o si los millennials seremos los encargados finales de dar respiración asistida al fútbol hasta su inevitable desaparición, como pronostican los agoreros. Quiero ser optimista y pensar que iniciativas como la de Ibai Llanos y la Copa América quizá sirvan para fidelizar a ese nuevo público volátil e inconstante. En cualquier caso y con independencia de ello, nosotros volveremos a estar en la próxima. Como cantaba el genio Battiato —vaya el triunfo italiano para él, donde quiera que esté—: E ti vengo a cercare, perché sto bene con te, perché ho bisogno della tua presenza. Así sea.

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