JUEVES

Tras el descalabro de Francia en octavos de final, el optimismo de los españoles se desborda, ajeno a cualquier templanza. La desmedida euforia me hace reflexionar: sin duda el cruce con Suiza presenta un mejor pronóstico y aumenta las posibilidades de pasar de ronda, pero creo que el entusiasmo sin control se debe por encima de todo a que ha desaparecido del horizonte la silueta gala. El perenne complejo de inferioridad español respecto a los franceses responde a múltiples razones históricas, económicas y culturales, aunque justo en el ámbito deportivo esa consideración de hermano mayor que te da collejas siempre me pareció un tanto exagerada. Por otro lado, cuando sale este tema, siempre hay algún pedante que aprovecha para permitirse una coquetería psicoanalítica y te habla de cierto eco freudiano. Qué le vamos a hacer. Al final, los que dicen que no quieren mezclar el fútbol y la política acaban mezclando el fútbol con cualquier otra cosa.   

VIERNES

Por supuesto, el exceso de confianza se vuelve en nuestra contra y la selección fracasa en su raquítico propósito de defender el gol de Propia Puerta a pase de Jordi Alba. Suiza se muestra superior durante la segunda parte y empata el encuentro con plena justicia. Únicamente una expulsión discutible enfría los ánimos helvéticos y deja pudrirse el partido en medio de una calma tensa hasta la llegada de la tanda de penaltis.

En estos momentos cruciales el fútbol se transforma un poco en balonmano, ese deporte en el que la figura del portero constituye no menos de un 40% de las opciones de un equipo. Unai Simón, ducho en bailecitos como corresponde a la generación Tik-tok, se agiganta ante los derrengados suizos y acaba sacado a hombros. Un suspiro de alivio recorre, unánime, la península. España se planta en semifinales como un concursante de 50×15 que llega a las últimas rondas sin comodines: a tumba abierta, a lo que salga. Aunque, eso sí, sin la posibilidad de plantarse. 

SÁBADO

El República Checa-Dinamarca supone el canto del cisne de esa clase de partidos tan propios de las primeras fases de un campeonato: divertidos para el espectador imparcial, ligeros, de ida y vuelta, un punto frívolos, incluso. Uno puede elegir apoyar a un contendiente u otro en virtud de razones tan peregrinas como el color de la camiseta o que uno de los delanteros te parezca guapo o simpático. Encontrarse un encuentro de esta índole a estas alturas de la competición es un regalo, un poco como alargar inesperadamente las primeras semanas estivales antes de que el período más plomizo del verano te haga echar de menos el fresquito invernal.

MARTES

El encanto italiano, siempre a medio camino entre lo pretencioso y lo burlón, me fascina tanto que debo realizar grandes esfuerzos para no apoyarlos en la semifinal. En la previa intento buscar argumentos que me distancien y casi me quedo sin tinta acumulando motivos en sentido opuesto: el homenaje merecido a los recientemente fallecidos Battiato y Carrá, las películas que permiten recrearte en la pura estética —Sorrentino— y las que subrayan la belleza de la sencillez —Nanni Moretti, esa especie de Rohmer con ritmo—, la canción melódica, las novelas de Andrea Camilleri, Roma… La prueba de fuego viene en el instante del himno, sin discusión el mejor de cuantos se han hecho. Indestructible incluso a pesar de aquellos que pretendieran ceñirse el yelmo di Scipio para ocultar la caspa.

El choque se inicia un poco en sordina, sin fuegos de artificio, casi como una correlación de debilidades según la canónica definición de la Transición efectuada por Vázquez Montalbán —otro italianófilo—. Italia se muestra espesa, alejada de la frescura de la que hizo gala en anteriores fechas, con dificultad para que los focos lleguen a las áreas. Este protagonismo en zona de nadie favorece a una España que, desnuda de delanteros, va ganando confianza en torno a la pelota, acaso al fin liberada del peso de la expectativa. Ni siquiera el mazazo de Chiesa al contragolpe hace mella en el equipo español, que acaba maniatando a los azules contra todo pronóstico y colocando las tablas en el electrónico merced a una gran jugada de Morata. No obstante, el atacante madrileño no termina de abrocharse la capa de héroe porque en las siguientes ocasiones se trastabilla y no resuelve. A Morata le sucede como a mí en los exámenes tipo test: cuanto más tiempo para pensar y darle vueltas, peor.

La prórroga finaliza sin que el oficio italiano permita a la Roja aprovechar su inercia positiva, y los penaltis comienzan con mal pie desde el sorteo, durante el que Chiellini vacila a Jordi Alba, sin duda tratando de volver a ganarse mi apoyo. En esta nueva visita a los once metros, Donnarumma gana el duelo a los que habían sido los mejores de España: Olmo no puede anotar en su cartera la gracia de su rama verdecida y Morata vuelve a consolidarse, para su desgracia, como el personaje secundario que constituye el alivio tragicómico a la trama. El Jacques Villeret de la selección de Luis Enrique. Sin embargo, la afición, tan cruel en los inicios, aplaude magnánima a sus chicos. Al fin y al cabo, habrá tiempo de buscar la revancha: apenas queda un año para el próximo Mundial.    

MIÉRCOLES

El penalti inventado que elimina a Dinamarca permite ratificarme en el relato que voy a rumiar hasta la final del domingo. Italia contra Inglaterra, el Bien contra el Mal. Las casas de apuestas lo tienen claro: se paga 1,01 a 1 a que para entonces ya no me quedan uñas.    

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