Cuando el alemán Nils Politt cruzó la meta, alborozado, hizo aspavientos de todo tipo, espontáneos muchos y aprendido otro. En pleno éxtasis deportivo, el ciclista de Colonia formó un corazón con los dedos, un gesto que se repite en las fotos de medio mundo y tal vez nos quedemos cortos. La costumbre tiene apenas diez años, aunque el primer antecedente se remonta a 1989, cuando el artista italiano Maurizio Cattelan se fotografió haciendo un gesto parecido, pero no exactamente igual. En el corazón de Cattelan los pulgares están en la parte superior y los índices no se curvan, lo que compone una figura mucho más parecida al corazón arquetípico. El trabajo de Cattelan evolucionó desde entonces hacia la provocación y el humor: en 2019 presentó la obra Comediante, compuesta por un plátano pegado a la pared con cinta aislante y vendida por 120.000 dólares.

El corazón que hizo Politt es el que imitan tantos chavales (y algunos no tan chavales) desde que Google lo popularizó en 2011 para vender su Google Glass y lucir fotos con el like incluido. Lo aclaro por si dentro de mil años alguien, quizá un selenita, se pregunta por ese gesto peculiar cuando repase la actividad deportiva de la humanidad perdida.

Ya he comentado en más de una ocasión que las etapas llanas son enormemente instructivas. Dan para pensar mucho. Esta vez las divagaciones filosóficas no fueron tantas por la presencia de Imanol Erviti en la escapada del día. Su primer mérito fue incluirse entre una hermosa colección de galgos. El segundo hacer caso a una de las letanías de Chente: “Hay que meterse en la fuga de la fuga”. No resultó suficiente. Nils Politt deshizo el trío final con un ataque salvaje y Erviti se tuvo que conformar con un segundo puesto que consuela más bien poco. No hay palabras para reconfortar a un gregario ejemplar que tendrá complicado volverse a subir al tren de los ganadores. De modo que le dedicaremos un corazón estilo Cattelan.

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