Merckx apagó la televisión en cuanto vio a Cavendish ganar al sprint. Nadie se atrevió a hacerle comentario alguno ni él pronunció palabra. Se recostó en el sillón y cerró los ojos. Sus pensamientos viajaron 51 años atrás. Al Tour de 1970. Concretamente al segundo sector de la séptima etapa. Por la mañana la carrera había entrado en Bélgica y él había cruzado la frontera en primer lugar y vestido de amarillo. Nadie osó disputarle ese honor. Si aquello fue un gesto, lo siguiente fue un formidable golpe de autoridad. Merckx ganó la etapa ante un público enloquecido y se preparó a hacer lo mismo por la tarde, una crono de 7,2 km que discurría por el barrio bruselense de Forest. Eddy se había impuesto en el prólogo sobre la misma distancia y venía de ganar las tres cronos largas del Tour 1969, el primero de su cuenta. Nada podía fallar. Pero falló. Un mocetón cántabro de nombre José Antonio González Linares le superó por tres segundos. La gente no podía creerlo. Tampoco Linares, campeón de España de fondo en carretera quince días antes y una fuerza de la naturaleza (1’84), capaz de romper un cuadro a base de estrujar la bicicleta.

Linares, el día que merendó Caníbal.

Aquellos tres segundos retumbaban ahora en la cabeza de Merckx como un martillo a la hora de la siesta. Sabía donde los había perdido, en la curva de la charcutería. No quiso tomar riesgos y desaceleró tanto que le costó volver a arrancar. Por culpa de esos tres segundos “el enano” había igualado su récord. Y por culpa de Linares. Quién le manda. Si no hubiera sido por el maldito Kas sus triunfos hubiera sido inalcanzables para Cavendish. El chiflado de Fuente le dejó sin victoria en Luchon en 1971. El tipo aquel era capaz de cualquier cosa y aquella tarde aventajó a los favoritos en seis minutos.

De Ocaña mejor no hablar. Siempre se odiaron, pero en estos momentos lo recordaba con cierto cariño. Si no se hubiera despeñado en el Col de Menté, el Caníbal tendría un Tour menos y quizá otras etapas se le hubieran quedado por el camino. Así que gracias, Luis.

Merckx abrió los ojos y volvió a encender la televisión. Hablaba Cavendish: “No puedo ni pensar en el récord. Estoy tan muerto después de 220 kilómetros…. Lo que soñaba de niño es ganar una etapa del Tour y es lo que sigo soñando. Si alguna de mis victorias sirve para inspirar a los niños para que participen en el Tour masculino o en el femenino, eso es lo que más significará para mí”.

Cabrón, murmuró.

Él no había sido tan amable en sus declaraciones a la Gazzetta: “No habrá ningún problema si Cavendish iguala mi récord. No perderé el sueño por eso. Si lo hace, lo felicitaré porque no es fácil ganar 34 sprints. Yo gané 34 etapas del Tour ganando sprints, en montaña, en contrarreloj y atacando en los descensos. No olvidemos las cinco maillots amarillos que tengo en casa más los 96 días que fui líder. ¿No te parece mucho? Naturalmente, no estoy tratando de restar importancia a lo que ha logrado Cavendish. Ha pasado por un momento difícil y se ha vuelto a enamorar del ciclismo. Ese es un gran mensaje para los jóvenes deportistas».

Volvió a apagar la televisión y ojeó el programa oficial del Tour, aunque se lo sabía de memoria. Las tres últimas etapas seguían siendo jodidamente llanas. No hay esperanza, se dijo. Así que cerró los ojos de nuevo.

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