Con todo puesto en la balanza, en la final iba con Inglaterra, aunque con reticencias. Son ya casi 17 años de residencia en este país, además de familia, amigos y colegas. Digamos que me preocupaba el oportunismo de un tipo tan desvergonzado como Boris Johnson, que seguramente tenía un tuit preparado exaltando la grandeza del país; estoy convencido de que algún recalcitrante pro-Brexit hubiera aprovechado para proclamar que Inglaterra había puesto de rodillas al resto del continente. En cuanto terminó la tanda de penaltis fui consciente de que los jugadores ingleses serían víctimas de los cada vez más cobardes y obtusos guerreros de las redes sociales. Inglaterra tiene un grupo de jugadores mucho más normal y simpático que los de cualquier época reciente. No deberían ser ellos, ni el resto del país, confundidos con los hooligans o los racistas xenófobos que campan por Twitter.

El aficionado inglés ha vivido el torneo con ilusión y espero que con el paso de los días le quede haber disfrutado del viaje hasta la final. Hasta ayer, se podían oír en la calle fuegos artificiales, gente sonriéndose y silbando “three lions” y su estribillo “it’s coming home”. En ese ambiente de buen rollo y esperanza, muchos comentarios han incidido en que la falta de juego demostrada a lo largo del torneo era irrelevante comparada con la posibilidad de acabar con 55 años de espera para alcanzar un trofeo. Inglaterra se mostró sólida, eficiente y efectiva a lo largo del campeonato, pero sin dar excesivas alegrías al espectador neutral (el local lo daba todo por bueno), del mismo modo que la selección francesa apenas dejo unos destellos de buen fútbol ante Suiza y se fue del torneo entre ruido de batalla interna.

La selección inglesa no ha tenido ese problema. Sus jugadores no han caído en el divismo ni en actos graves de indisciplina, unidos a un entrenador educado y que se expresa con coherencia. Los tabloides se han quedado con las ganas de llenar sus portadas de los escándalos habituales en los tiempos de Eriksson y Beckham. La caída de Sterling en el área de Dinamarca se ha visto como un golpe de suerte, otras veces esquiva (quienes recuerdan el gol de Maradona con la mano olvidan que el 3-2 de Inglaterra a Alemania en la final del 66 no cruzó la línea).

En la final, los italianos hicieron un juego más dinámico y los ingleses ofrecieron su vertiente más conservadora, más aun a partir del 1-0, acaso demasiado tempranero. En los siguientes 20 minutos tuve la impresión de que la final podría acabarse pronto: Inglaterra dominaba con facilidad e Italia no podía crear nada. Sin embargo, a los pross les pudo el conservadurismo. Italia salió de aquel embrollo al cabo de media hora de partido. Inglaterra se fue al descanso con único disparo a gol, Italia con intentos lejanos y alguna jugada individual. Insigne no tenía puntería, pero anunciaba que Italia estaba empezando a encontrar espacios.

En la segunda parte Italia llegó a tener un 71% de posesión del balón, mientras Inglaterra ya no creaba nada. Es muy difícil dar por cerrado un partido con 1-0, especialmente ni no eres italiano. Siempre cabe un despiste, un córner, una falta, un pase sin mirar hacia el portero. Un gol puede llegar de la nada y el de Italia fue producto de una serie de carambolas. Pero no cogió a nadie por sorpresa. Inglaterra estaba tan metida atrás que no hubiera sido de extrañar que Pickford hubiese acabado al otro lado del Canal de la Mancha. Cuando parecía que Italia ganaría antes del minuto 90, la lesión de Chiesa paró la inercia del encuentro. Cuando se reanudó, ya se sabe: no pierdas en cinco minutos lo que no has ganado en 85. Prórroga y penaltis.

Soy de los que se niegan a aceptar la tanda de penaltis como una lotería. No es lo mismo que tu portero sea Casillas, Zubizarreta o Unai Simón. No es lo mismo que los penaltis los tren jugadores técnicamente excelentes o jugadores sin confianza. Hasta cinco de los 10 penaltis que se lanzaron en la final se fallaron, e insisto en el verbo fallar. Ninguno de los cinco fueron grandes paradas, acaso buenas reacciones ante disparos ineficientes, faltos de colocación o fuerza, incluso ambos.

Desde el punto de vista inglés, la elección de tiradores resultó sorprendente. Personalmente no entiendo que Southgate hiciera dos cambios en el minuto 119 para lanzar penaltis. Dicen los exjugadores que no hay camino más difícil que los 40 metros que haces hasta el punto de penalti. Southgate hizo que Sancho y Rashford viviesen ese camino dos minutos más, sabedores de que entraban al campo solo para eso. Dos tazas de responsabilidad para cada uno. Fallaron como falló Rodri contra Suiza en similares circunstancias, posiblemente por tener demasiado tiempo para enfrentarse a ese camino.

Italia ha sabido recuperarse de la ausencia del Mundial de Rusia y de dos Mundiales consecutivos sin pasar la ronda de grupos. Inglaterra sigue caminando en busca de un trofeo: 55 años y sumando.

Dentro de un par de semanas tengo una comida de trabajo donde por fin podremos vernos los compañeros de cerca: no sé si será demasiado pronto para sugerir una pizzería.  

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