Roberto Míguez es un tipo infrecuente. Entre otras muchas ocupaciones es escritor, aunque sería más exacto citar a Manolo Alcántara y decir que cursa primero de alelíes, tanta es su capacidad para emocionarse con el mundo que le rodea a pesar de cómo está el mundo que nos rodea. Acaba de publicar Flores de Trinchera (Click Ediciones), una novela sobre mujeres valientes en un tiempo en que las mujeres no podían levantar la voz, mucho menos el puño.

—Yo a usted le conozco desde hace 13 años, pero no se me ocurre una explicación sencilla para nuestra relación, ¿haría el favor de ayudarme?
Es que no es fácil de explicar. Usted, un 21 de junio de 2008 abrió en el Diario As, del que era subdirector, un blog titulado Crónicas Mundanas, y fue ahí donde nos conocimos. Usted, yo y el resto de compañeros. Aquello fue algo bastante inusual ya que ninguno teníamos una idea muy clara de lo que era un blog, pero todos fuimos entrando porque estaba usted, encantados con sus artículos y ahí se fue conformando un grupo, diverso de orígenes y creencias en el que se hablaba mucho de fútbol, aunque en realidad se hablaba de todo, pero siempre con respeto, sin estridencias y, sobre todo, con mucho humor. Gallegos, madrileños, andaluces, extremeños, emigrados, unos aquí y otros allí. Era un blog muy mundano. Y ahí seguimos, por cierto….13 años… ¿En serio?

—Ya entonces, y en ese foro tan peculiar, usted escribía extraordinarios relatos breves. Tenía algo así como un talento salvaje… ¿De dónde le viene el talento y de dónde le viene el salvaje?
—Lo del talento, créame que se lo agradezco. Tómese algo, pida lo que quiera. Lo de salvaje, pues tiene que ver con la coincidencia de que me acababa de divorciar y comenzaba la feroz crisis de 2008. En boxeo eso se llama un izquierda-derecha. Por otra parte, recuerdo haberle leído a usted que las mejores crónicas siempre nacen de las derrotas, y nadie había tan derrotado como yo en aquellos momentos, y permítame decirle que ese foro fue una ayuda terapéutica inigualable. Allí, con aquellos relatos, comencé a exorcizar todos mis fantasmas, que eran muchos. Pero para escribir, más que talento creo que hace falta una inquebrantable voluntad y haber leído como si no hubiese un mañana. En plan salvaje

—¿Se puede seguir practicando el salvajismo más allá de los 50?
—Se debe seguir practicando. Es una obligación en estos momentos. Y, además, llega una edad en la que uno ya puede decir lo que le parezca sin temor a nada. Creo además que vivimos en la época de los ofendiditos. No hagas esto, no digas lo otro…

—Usted ha vivido varias vidas, ¿se embarcó en un buque mercante para ser mejor novelista o mejor persona?
—En La Línea, en los 80, todos los chicos estábamos deseando cumplir 18 años para empezar a trabajar, era una norma no escrita. Mientras mis amigos aspiraban a entrar en la Refinería o en alguna petroquímica, yo soñaba con el mar. Yo veía un puerto, olía el fueloil y el olor del salitre y recordaba a Salgari, a Jack London, a Poe, a Vázquez Figueroa. Me traía como un imán. Sentía que no había nada que lo pudiese igualar y así fue como me embarqué. Recuerdo como si fuera ayer mi primer temporal y la primera noche que dormí en una estacha enrollada en proa. Fue una época dura, rodeado de tipos muy duros. Pero estuvo llena de experiencias inolvidables que hoy, probablemente, podrían suponer cárcel. Viví momentos increíblemente felices.

—En cierta ocasión nos contó que desde lo alto de un edificio en ruinas se asomaba al vacío para sentir cómo el viento le devolvía dentro. ¿Estamos de acuerdo en que en todos los genios tienen un cable pelado?
—¡Diantres, pero qué memoria! Era otra época y en aquellos años la infancia era distinta. Nosotros salíamos por la mañana y volvíamos por la noche, y nadie se asustaba, o nos íbamos varios días de acampada, y nadie llamaba a la Guardia Civil. Eso que usted cuenta era una manera de demostrarte que estabas dejando de ser un niño y que querías hacerte un adolescente. Ese edificio de 12 plantas, que al final se terminó y ahora se llama Rocamar, es uno de los ejes de mi novela «Gibraltar. Tabaco y sangre». Cuando miro hacia arriba, no dejo de recordarme allí puesto en pie, en el filo, esperando que una ráfaga de levante me metiese hacia adentro… Pero déjeme que le diga algo referente a los cables pelados… Mientras escribes una novela vives rodeado de personas que no existen y que sólo habitan en tu mente, pero que para ti están vivos y son reales. Muchas veces, cuando me quedo en silencio, es porque estoy sentado en el salón de María, o en una calle polvorienta de Málaga, o entre cañaverales en Cuba contemplando un atardecer, mirando lo que hacían aquellas mujeres, esperando que me sigan contando sus vidas. La línea que separa eso de tener un cable pelado es muy, muy delgada.

—¿A quién se le ocurre escribir un libro a los 50 años?
—Mire, creo que lo mejor siempre está por llegar, que aún no lo hemos vivido. Yo lo sentí como una necesidad. Una imperiosa necesidad que no podía parar de ninguna manera. Ahora recuerdo esos momentos de un irrefrenable impulso. En agosto de 2019 comencé los esbozos de una manera frenética, febril, que es como suelo escribir: como si disparase ráfagas con una ametralladora mientras me abro en canal.

—¿Ha escrito sobre mujeres porque en España sólo leen las mujeres?
—Es cierto que leen más, pero sobre todo lo he hecho porque la literatura de mi vida está llena de mujeres fantásticas. Leer Anna Karenina, Sentido y Sensibilidad, Orgullo y Prejuicio, ese maravilloso Atlas de Geografía Humana de Almudena Grandes, la Fermina Daza de El amor en los tiempos del cólera, o esas mujeres fuertes y valerosas de Pérez Reverte… me hizo pensar en lo maravilloso que podría ser en algún momento escribir sobre mujeres y, de paso, mostrarles mi agradecimiento y mi admiración.

—Se suele decir que las mujeres son complejas y los hombres básicos, incluso primitivos. ¿Es un buen punto de arranque para explicar la naturaleza humana?
—No logro recordar ninguno mejor. Puede sonar a tópico, pero carecemos de su sentido práctico, de su ternura y de su inmensa capacidad de sufrimiento. Si los hombres tuviésemos que parir, se acababa el mundo. Y si me permite que me parafrasee, en el Capítulo 2, Victoria Ulloa recuerda que, como le decía Don Pedro: «Todo hombre, todo gran hombre, necesita a su lado a una mujer para que lo arree como a un mulo, porque sus cabezas dan para lo que dan, que no es mucho»

—En Flores de Trinchera habla de mujeres que se rebelan ante la opresión de un país y de una época. ¿Qué arriesgaban entonces las mujeres que levantaban la voz?
—¿En aquella época? Lo arriesgaban todo, el honor, la vida. Mire, según el Código penal de 1870, si una mujer sorprendía a su marido en la cama y lo mataba, era condenada a morir por garrote vil y la amante, también. Si era el hombre el que sorprendía a su esposa y la mataba, lo condenaban a un destierro de dos años. Si a finales del siglo XIX una familia tenía a un niño y a una niña enfermos y una sola medicina, se la daban al varón. Una mujer, en 1918, tenía que solicitar permiso a las autoridades y a su padre para poder a acceder a la universidad, y se lo podían denegar. En las elecciones de 1931, las famosas de la República, las mujeres no pudieron votar. Y sin embargo, ¿sabe qué? Que a pesar de que lo tenían todo en contra, todas aquellas mujeres lucharon, por ellas y por todas las que vendrían, y eso me hace emocionarme.

—¿Cómo se entiende que en una sociedad supuestamente igualitaria cada poco tengamos noticia de hombres que matan a mujeres?
—Creo que hay hombres que aún no han entendido nada. La violencia contra una mujer solo la puede ejercer alguien con un enorme complejo de inferioridad, alguien incompleto, alguien que no ha llegado a ser un ser humano del todo.

—Su novela no sólo es un retrato de personajes, también de lugares. Imagino que nacer en La Línea de la Concepción imprime carácter. Gibraltar a un lado y enfrente África…
—Ciertamente. La Línea es frontera, con todo lo que conlleva. La frontera forja, imprime carácter, da una vida más dura y logra darle a todo una aire de provisionalidad que nunca te quitas de encima, como contaba Neruda en sus memorias. Y parte de mi infancia la pasé en Melilla… La Línea, mi Línea, es una ciudad castigada inmisericordemente por políticos de uno y otro signo, una ciudad olvidada que es zarandeada a merced de corruptos y piratas, pero eso sí, con las mejores playas del mundo.

—Usted es de la opinión de que Gibraltar nos chulea… No sé si en La Línea todos son de la misma opinión…
—Nos chulea y mucho. Desgraciadamente, los medios de comunicación no informan todo lo que se debiera, no sé cuál puede ser el motivo. Desde hace muchos años se ha instalado el mantra de que La Línea necesita a Gibraltar y que los linenses adoran Gibraltar y eso ha terminado por ser aceptado por todos los españoles y por el pueblo de La Línea como un mal imposible de evitar. Pero permítame que desgrane unos datos, y juzguen ustedes mismos. Cuando se abrió la verja en 1982, Gibraltar tenía un presupuesto anual de 50 millones de € que era generado en su mayor parte por el Ministerio de Defensa Británico, el paro era de un 10% y la renta per cápita un 25% mayor que la de La Línea. Hoy, tienen un presupuesto de 650 millones de €, no tienen paro y su renta per cápita es 4,5 veces la de La Línea. Cuando se abrió la frontera, en 1982, La Línea tenía un 25% de paro y una renta per cápita un 20% por debajo de la media nacional… Hoy, La Línea tiene un 35% de paro y su renta per cápita sigue estando un 20% por debajo de la media nacional y, además, se ha convertido en un centro del contrabando que sale de Gibraltar. Yo no llamaría a eso generar riqueza… Pero me temo que nadie me escucha.

—Me estoy desviando y usted ha venido a hablar de su libro. ¿Para escribir una novela de amor hay que estar enamorado o todo lo contrario?
—Volvemos al principio. Los mejores relatos son los de derrotas y fracasos. Y a pesar de estar francamente enamorado, por suerte tengo un enorme catálogo de desamores y tragedias que llevo a cuestas y que me sirven muy mucho. También soy un gran observador de la naturaleza humana, que me fascina a diario.

—Imagine que la novela es un éxito, que inspira una serie y que usted se hace millonario. ¿Cuánto tiempo cree tardaría en volverse gilipollas y tributar en Gibraltar?
—Jajaja…¡En Gibraltar…! Antes lo quemo en una pira que hacer más ricos a esos piratas. Pero sobre todo porque no entiendo que nadie lo haga. Los hospitales, los colegios, las universidades, las autovías… no son gratis como todo el mundo dice. Todo eso, es carísimo, y debemos empezar a cambiar nuestra mentalidad de que pagar impuestos es regalárselo a los políticos… por cierto ¿Le había dicho que mi mujer trabaja en Hacienda?

—Imagine ahora que la novela es un completo fracaso, que la compran 100 personas y que la leen 50. ¿Se daría por vencido o volvería a la carga?
—Entraría dentro de lo lógico, pero la respuesta está en el marxismo. Concretamente, en Groucho Marx: «Surgiendo de la nada, hemos logrado alcanzar las mas altas cotas de la pobreza». Y es que las frustraciones vienen de expectativas no cumplidas. Si no hay expectativa, no hay frustración posible. Y sí, volvería a la carga, les daría una segunda oportunidad de que comprasen mi novela. Además, esta es solo la Primera Parte.

—¿El lenguaje inclusivo es una conquista del feminismo?
—Nooooo…el lenguaje inclusivo es un horror… imagínese…. yo debería llamarme novelisto y usted, periodisto… el lenguaje inclusivo nos atonta. Es no ir al meollo del asunto. Lo importante es la igualdad salarial, que nadie acose a una chica solo por ser mujer, pero no otra cosa. Imagínese la lucha y el sufrimiento de todas aquellas mujeres que pelearon por la igualdad… Decir «portavoza» es desmerecerlas.

—¿El machismo es una imposición social o es una mancha negra en la esencia de los hombres?
—La verdad es que es una imposición social. Si te crías viendo a un padre sentarse a la mesa mientras tu madre le pone la comida por delante y luego se la recoge mientras él se sienta en el sillón, es muy difícil ser de otra forma. Y que no está en la esencia del hombre se nota en que cuando esos niños ven que sus padres planchar y fregar platos, lo asimilan sin ningún problema y lo hacen. No somos tan malos. Un poco tontos, sí, pero malos…

—Elija a dos actrices, españolas o extranjeras, para que protagonicen su novela cuando sea llevada al cine.
—Pues que sepa que me lo pone muy fácil. Desde el principio, casi todos tuvieron rostro y María Roldán es Adriana Ugarte y Victoria Ulloa siempre la imaginé como Marta Larralde. Adela es Macarena García, Don Pedro es Ricardo Darín, León Azcárate es Javier Gutiérrez… ¡Ya ve qué imaginación!

—Y la última, ¿qué dedicatoria me va a poner cuando firme ejemplares en la Feria del Libro?

—A Juanma Trueba, a quien tanto quiero.

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