«Amar es sufrir. Para evitar el sufrimiento se debe no amar. Pero entonces se sufre por no amar. Luego, amar es sufrir, y no amar es también sufrir. Y desde luego sufrir es sufrir. Ser feliz es amar, pero si amar es sufrir, ser feliz por tanto es sufrir. Pero sufrir hace que uno no sea feliz. Así, para no ser feliz, se debe amar, o amar para sufrir, o sufrir de demasiada felicidad».

La última noche de Boris Grushenko, Woody Allen.

Con esta Selección me encuentro en un estado de desamor. Y como ocurre con las parejas, puede que lo mejor para los dos sea dejarla ir, decirle adiós.

Que el desamor duele, todos lo sabemos; qué tendré que pasar por ello, lo sé. Sé que echaré de menos a Luis Enrique y su chulería sobreactuada, a Morata, sus desplantes y sus fallos, a sus dos centrales zurdos, a su Llorente lateral, hasta a la nevera a pie de campo, lo sé. Como sé que otro vendrá que bueno te hará, también lo sé. Pero al final, y eso sí que lo sé, lo importante es disfrutar de la vida, del fútbol, con pareja/Selección o sin ella.

De la misma forma que a los madridistas se les ha roto el corazón dos veces en menos de un mes con el divorcio del club de Zidane y Ramos, yo me estoy divorciando de esta Roja. La vida es así y el fútbol no iba a ser una excepción, es algo natural que pasa. Enamorarse y desenamorarse.

Tras ese corto amor veraniego con la Selección de Lopetegui, que como todos los amores de verano pudieron ser pero no fueron, con la de Luis Enrique hubo un momento —el amor es ciego— en que pensé que había encontrado, si no al amor de mi vida, sí a un equipo que durante un tiempo me podría hacer feliz. Un equipo bonito de ver, que me haría disfrutar de sus partidos y quién sabe si de sus éxitos. No pedía más. Porque a mi edad, ya me he equivocado en el amor muchas veces a lo largo de mi vida. 

Después de años de más decepciones que alegrías, aprendí que nada es para siempre —¿verdad Zizou?—, comprendí que unos equipos te harán feliz por el coraje y por el juego —como con Camacho— y otros te darán más días buenos que malos —como con Luis Aragonés—. Que unos pasarán al olvido como el de Hierro y otros serán parte de tu vida como el de Del Bosque… Al final, todos me hicieron crecer.

Con la Selección de Luis Enrique me pasa como a Woody Allen en La última noche de Boris Grushenko, que si la amas, sufres. Y si no la  amas, también sufres. Así que creo que me voy a tomar esta Eurocopa como un estado de soltería, como un picaflor. Que la soltería merece la pena aprovecharla. Que el mar está lleno de peces. Si echo la mirada atrás el recuerdo de mi soltería me lleva a una de las épocas más divertidas de mi vida. Como decía James Dean, “lo mejor de ser soltero, es que te puedes meter en la cama por el lado que quieras”.

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