Si la cosa iba de pegar tiros nadie descerrajó más que España. Tanto disparó que no dudó en pegarse alguno en el pie. La tarde se balanceó entre el esperpento y la risa, entre el surrealismo y la comedia. El drama siempre pareció demasiado lejos porque Eslovaquia resultó ser una presa dócil e indefensa, alicaída bajo el tórrido calor sevillano. Como en esas cacerías del tardofranquismo que inmortalizó con su mordaz mirada el cineasta Luis García Berlanga. En el centenario de su nacimiento el guión del encuentro bien lo podría haber firmado el cineasta valenciano: el portero rival convertido en héroe y acto seguido en bufón, la grada dividida entre aplausos y pitos, un defensa francés marcando el gol de la tranquilidad, una catarata de goles frente a un equipo de turisteo y un gol a más de 4000 km que nos rebajaba la euforia. Al final se nos dibujó una media sonrisa.

Desde el principio quedó claro que a esta Eurocopa no hemos llegado con el punto de mira ajustado. Son demasiadas las ocasiones que se marchan al limbo para pensar en premios mayores, sobre todo, porque en el futuro no disfrutaremos de tantas oportunidades para remachar al rival. Ellos también defenderán más y mejor en próximos envites. Y ni siquiera desde los once metros encontramos ese empujón necesario. Son ya dos penaltis fallados en tres partidos y la confianza de nuestros delanteros mengua a pasos agigantados. Reponernos del sobresalto inicial nos costó menos de lo esperado porque España se organizó con criterio y con aplomo alrededor de Busquets, que liberó a Koke y conectó con facilidad con Pedri. A partir de ahí fluyó el juego de España.

Y luego estuvo la solvencia defensiva. Eric García y Azpilicueta asomaron en el once y el coctel entre veteranía y juventud le dio buenos resultados a España. Mención especial merece el capitán del Chelsea, el mejor defensa español de la convocatoria por rendimiento y momento de forma, que supo además aportar de manera ofensiva. Una de las primeras ocasiones de La Roja, hoy de blanco, fue un disparo suyo pero además supo cuándo y cómo sumarse a lo largo del partido. Así fue como la banda derecha resultó más punzante y directa que en encuentros anteriores, con un Sarabia que resultó la mejor noticia de la tarde para Luis Enrique.

De esa insistencia de Sarabia llegó el primer gol del partido, por más que se necesitara la colaboración de Dubravka que a esta hora ha entrado en el particular Olimpo de las pifias. Tras ese regalo comenzó a deshacerse Eslovaquia por más que en el marcador todavía no se reflejara. Difuminado el espejismo del penalti detenido por el mismo protagonista pudimos confirmar justo antes del descanso que la contundencia no era una cualidad de nuestros rivales. Laporte tras su cabezazo pudo liberarse de todos los fantasmas que le han acompañado desde su nacionalización exprés.

La segunda parte fue un recreo y un desahogo para los chicos de Luis Enrique. Sarabia volvió a mostrar sus cualidades para quedarse en el once inicial. Omnipresente en La Cartuja el delantero del PSG participó en tres de los cinco goles. Disparó en el primero, anotó el tercero y asitió en el cuarto. El cuarto, obra de Ferrán Torres nada más entrar, fue la delicatessen de la tarde. El taconazo del valenciano encendió al público sevillano. Cuando los visos de goleada eran más que evidentes, Luis Enrique agitó el árbol y movió el banquillo para descubrir el resto de alternativas de una Selección necesitada de buenas noticias. Ahí Adama Traoré fue el más vistoso. El quinto, pese a todo, llevó la firma de otro eslovaco, Ellos también entienden de pegarse tiros en el pie.

El giro final de guión llegó desde San Petersburgo. En La Cartuja se había cantado el doblete de Lewandowski casi tanto como los goles de España, pero a última hora Claesson echó agua al vino y nos dejó como segundos de grupo. La cacería al final resultó menos fructífera de lo esperado, pero Berlanga seguro que tenía motivos para descorchar el cava.

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