Un empate y cunde el estado de confusión. Que si pitos a Morata, que si el césped estaba mal, que si Gerard Moreno antes… Apenas ha empezado la fiesta cuando ya tenemos a las dos Españas enseñando los dientes. Somos así. Y como somos así, es posible que hasta nos venga bien tanta tensión para llegar lejos en la Euro. Como dijo Laporte: “Tapar bocas a los críticos”. Es como si este negocio tratara de pasar facturas antes de procurar hacer un buen trabajo. Me da la sensación de que nos va bien el barro porque de ahí sale lo mejor de cada uno. Y en la Selección por ahí va la cosa, especialmente con Luis Enrique al frente, quien disfruta haciéndose fuerte “porque yo lo valgo” y ha montado un escuadrón que va tomando su perfil instalado en la autodefensa. Como que pasarán lista si España sale campeona.

Bueno, bien. Si la crispación sirve para mejorar, viva la crispación. Aunque yo diría que no hay buenos ni malos, que no eres menos de España por exigir al equipo excelencia y talento. Si alguien silba en la grada, no se le puede criminalizar. El mundo es libre, la afición es libre, el fútbol es libre. Cada actor debe asumir su responsabilidad desde la máxima profesionalidad y cuando el cantante de Eurovisión soltó un “gallo” se le azotó con burla durante meses en las redes sin tanto lamento ni ñoñería. Y también representaba a España, creo.

Los chicos que se enfundan La Roja están ahí para justificar que son los mejores y por eso otros se quedaron en casa. Ahora tienen que enamorarnos tanto ellos como su entrenador. El aplauso no debe ser barato porque lleva al conformismo, a ser complacientes y generalmente a encontrar coartadas si llega la derrota. A España le toca dar la cara, exprimir la esencia, competir en sus máximos y hacernos gozar. Estamos deseando alcanzar el clímax de felicidad porque mal rollo ya tenemos bastante. Y dejemos de echar la culpa al empedrado. 

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