No quedan jugadores como Gascoinge en Inglaterra. También escasean los William Wallace en Escocia. Mucho se recordó en las horas previas aquella genialidad del díscolo Paul ante sus vecinos del norte hace 25 años, pero sus mejores discípulos, tinte incluido, no estuvieron a la altura. Foden y Grealish, los dos jugadores que por juego y características más podrían recordar a Gazza, pasaron de puntillas por el encuentro. Mucha más presencia tuvo Robertson, el Braveheart de este equipo. Pero el lateral del Liverpool estuvo tan concentrado como sus compañeros en negar las virtudes de Inglaterra que cuando quisieron sorprender en la pradera de Wembley la vista se les nubló. Fue un derbi británico descafeinado, un combate nulo que acerca a Inglaterra a la siguiente ronda pero rebaja su condición de favorito. Escocia se mantiene con vida.

Si las notas de ambos himnos remitían a la esencia británica de unos y otros, el perfume se mantuvo tras los primeros compases del duelo. Nada más pitar el árbitro, patadón y a correr. Había que frotarse los ojos para no pensar que estábamos en 1872, concretamente el 30 de noviembre de ese año, fecha del primer partido de una rivalidad legendaria. La primera ocasión llegó a balón parado, ¿cómo si no? Fue Stones quien estampó el balón en el travesaño tras un testarazo en el primer palo. Inglaterra salió mandona, intentando arrollar a su rival y penalizar sus fallos. En uno de McTominay a punto estuvieron los ingleses de adelantarse. Mount no supo aprovechar la asistencia de Sterling. Unos minutos después fue Foden quien pinchó un balón llovido a la espalda de la defensa escocesa. El control era medio gol, pero en la definición dejó claro que todavía no es Gascoigne, por más que se peine igual.

Escocia sobrevivía al chaparrón con un McTominay cada vez más hundido en defensa y con la única salida de los pasillos exteriores. Robertson por la izquierda y O’Donnell por la derecha intentaban dar aire a sus compañeros. La sociedad Tierney-Robertson era la primera piedra del juego escocés. La profundidad y el peligro eran cosa de Ché Adams, un tipo criado en los bajos fondos del fútbol escocés que hace dos temporadas jugaba en el equivalente a Segunda B y hoy es el mejor delantero país. Además de calidad, va sobrado de carisma. No obstante, fue el carrilero O’Donnell quien más cerca estuvo del gol. Robertson y Tierney intercambiaron los papeles y fue este último quien ganó la línea de fondo. Su centro pasado encontró respuesta en el 2 escocés, que soltó un disparo raso que obligó a Pickford a estirarse. Los 2.700 escoceses presentes cantaron gol antes de tiempo.

El caso es que Escocia había nivelado el encuentro gracias a un plan defensivo que cerraba los caminos interiores y multiplicaba las ayudas frente a los extremos y laterales ingleses. Inglaterra se fue quedando sin ideas y sin capacidad para cambiar el ritmo. No deja de ser curioso que nos hayamos pasado toda la temporada alabando el alto ritmo de juego de los equipos ingleses y en este anodino derbi lo que más hayamos echado en falta sea ese ritmo electrizante.

Algo más de transiciones hubo en la segunda mitad. El centro del campo pasó a ser una estación de paso y en el intercambio de golpes ambos parecían estar cómodos. Fue Mason Mount, también discreto, quien primero lo intentó con un disparo desde la frontal que movió el flequillo de Marshall. Los tres mediapuntas ingleses (Mount, Sterling y Foden) se perdían en la jaula defensiva que había diseñado Steve Clarke. A la hora de partido Escocia vivía su mejor momento. Y cerca estuvo de certificarlo en el marcador. Primero Dykes y luego Adams no supieron resolver dentro del área y la tensión se apoderó de los aficionados ingleses.

Y el temor se extendió a todo el país cuando Reece James salvó bajo palos un voleón de Dykes que se colaba en la portería. Southgate intentó reaccionar desde el banquillo dando entrada a Grealish y Rashford, pero el partido estaba demasiado atascado incluso para el talentoso jugador del Villa o el rápido delantero del United. Lo que escaseaban eran los espacios y las ideas para abrir la defensa escocesa. De hecho fueron los pupilos de Steve Clarke los que más cerca estuvieron del gol. El remate picado de Ché Adams se marchó por encima del larguero de Pickford, pero esos instantes fueron suficientes para helar a Wembley. La casa del fútbol se encendió reclamando un penalti sobre Sterling, después de que Robertson le pisara. Mateu Lahoz no quiso saber nada.

Ingleses y escoceses firmaron tablas y se citaron para la próxima con una pinta ya entre las manos. La noche caía en Londres y en el ambiente la sensación de Inglaterra era familiar, la decepción iba calando entre sus aficiones como si supieran que este equipo está demasiado verde incluso para repetir las semifinales del último Mundial. La media sonrisa florecía en cambio en el Tartan Army, porque no hay nada más placentero que fastidiar a tu vecino, aunque la clasificación para la siguiente fase ya no dependa de ellos. Van a necesitar, precisamente, el favor de los que acaban de fastidiar.

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