Como los fieles lectores de A la Contra ya saben, las crónicas baloncestísticas del Real Madrid durante todo el año han constituido variaciones de un mismo argumento: “pospone su calvario”, “se resiste a su destino”,  “crónica de una muerte anunciada”En lugar de continuar echando monedas a la gramola, conviene cambiar la perspectiva y centrarse en el optimismo que, pese a todos los infortunios y dificultades, han demostrado los jugadores blancos. Tras cada marcha a la NBA, cada contagio y cada lesión, el Madrid ha hecho de la necesidad virtud de una forma por momentos inconcebible. El equipo parecía aferrarse, parche tras parche, al verso de Kipling sobre reconstruir lo perdido con herramientas desgastadas, concediéndose incluso un punto de humor irónico. Como ese enfermo que, al enterarse de que le quedan dos meses de vida, le pide al médico que al menos sean julio y agosto. 

Jasikevicius había estado toda la previa tratando de hostigar al Madrid —“la presión la tienen ellos, que juegan en casa”—, pero fue el Barcelona quien arrancó con la mano encogida. El conjunto de Laso tampoco destacó por la fluidez en el primer tiempo, si bien se encontró siempre por delante en el electrónico en los veinte minutos iniciales. La clave residió en el rebote, especialmente en la pintura rival, que otorgaba oportunidades por doquier para redimirse tras cada fallo. La estadística en el apartado reboteador merengue fue maquillada al final, pero durante muchos minutos no se supo qué resultaba más impresionante, si el dominio ejercido por los blancos o la incapacidad para romper el encuentro con semejante guarismo. Aunque solo Gasol atinaba a frenar la sangría azulgrana al respecto, el FCB abandonó el parqué al descanso a una distancia exigua de su adversario, sin excesiva apariencia de contrariedad.

Sin embargo, tras la reanudación todo el esfuerzo madridista quedó en agua de borrajas. Las faltas con las que los colegiados castigaron la defensa —el público del Palacio se calentó más que en otras ocasiones al respecto, con cánticos especialmente incisivos— fueron minando la moral, y hubo un instante decisivo: la cuarta personal de Alocén. No tanto por el nivel del maño, todavía algo verde y con una tendencia a las pérdidas que habrá de corregir —normal, a su edad—, sino por tratarse del único base puro en plenas facultades. A partir de su marcha al banquillo, Llull y Abalde no supieron ordenar con claridad las jugadas ni llevar a cabo sistemas que desarbolasen mínimamente la defensa de cambios planteada por Saras. Por su parte, el Barcelona encadenó un parcial de 0-17 a base de calidad, sin necesidad de excesiva pizarra, gracias a varias acciones de tres puntos. El líder, una vez más, fue Higgins, con gran diferencia el mejor integrante de la plantilla culé. Mirotic volvió a contentarse con su papel de secundario, algo así como el que mete el cuarto gol con todo el pescado vendido. No obstante, en un plantel repleto de estrellas, su timidez supone un problema menor.

Laso, al comprobar la inoperancia de sus muchachos en la dirección, trató de encomendarse al factor Carroll, quien volvió a naufragar ante la superioridad física del Barça. La impotencia se cobró un par de técnicas y un cuarto entero de minutos de la basura: Jasikevicius se permitió hasta sacar a Oriola para que desfogase. Con la bocina final, las caras de los visitantes se mostraron exultantes. El Barcelona roza el título con las yemas y el espectador neutral sonríe complacido: de ese modo, el relato de la idílica vuelta de Pau a España tendría un final más o menos feliz —incluso con la espita de la Euroliga—. Por su parte, al Madrid le quedaría únicamente un capítulo de su terrible año de calvarios, destinos y muertes anunciadas. El martes veremos si, de nuevo contra todo pronóstico, le queda también optimismo.

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