No hay nada distintivo en esta Selección española de fútbol. Presiona como tantas, juega como tantas y, en líneas generales, tiene jugadores como tantos. La personalidad de Luis Enrique, quizá la única originalidad significativa, agita más el ambiente que el juego. A partir de aquí, cada cual es libre de hacer las suposiciones que guste. Grecia fue campeona de Europa con Charisteas de estrella, de modo que cualquier cosa es posible. Lo extraordinario siempre es una opción, pero lo normal es que el equipo pase inadvertido en el torneo. No estamos sobrados ni de juego ni de goles. Si de algo sirvió el partido contra Portugal fue para confirmarlo. Morata no es un ariete fiable, lo que no niega sus arrebatos de talento. Marca goles porque es tenaz, pero es un jugador algo descontrolado. Contra Portugal falló dos que debía meter, la última en los instantes finales.

Sus compañeros en el ataque fueron Ferrán, un proyecto de buen futbolista, y Sarabia, un buen escudero que necesita de un buen señor. Convengamos que la terna no inspira terror. La única forma de que lo hiciera es que el rendimiento del equipo estuviera por encima de las individualidades, y eso no ocurre. Este es el principal reproche a Luis Enrique, más allá de su antipatía patológica hacia los medios de comunicación y su rebeldía sobreactuada. No hay nada nuevo baja el sol. Si España aprieta en la presión, mejora, pero no es ese su carácter. Tampoco somos virtuosos del toque, aunque Thiago está convencido de serlo, ni del juego directo. Dependemos de la inspiración más que del sistema. Y no de la inspiración individual, sino de la inspiración colectiva. Demasiadas musas en acción.

Cierto es que los portugueses permitieron extraer pocas conclusiones. Salieron al campo con una pereza asombrosa, como recién levantados de la siesta (Joao Félix ni siquiera se levantó), como si su único interés fuera terminar pronto y no hacerse daño. Quizá debamos agradecerlo porque la comparación jugador por jugador no nos dejaba precisamente en buen lugar. La diferencia entre Portugal y España es que ellos tienen acelerador que apretar.

No quisiera ser excesivamente pesimista. Hay equipos que evolucionan y jugadores que se destapan contra pronóstico. Hay veces que una victoria eleva el ánimo y el juego. Hay selecciones que reaccionan al ser puestas en duda. No somos malos, tampoco es eso. Ni excelentes. Somos medianos. A la misma distancia del fracaso que del éxito. Es decir, lejos de todo.

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