En su carta de despedida, Zidane dejó escrito: “Aquí se ha olvidado una cosa muy importante, se ha olvidado todo lo que he construido en el día a día, lo que he aportado en la relación con los jugadores (…). Soy un ganador nato y estaba aquí para conquistar trofeos, pero más allá de esto están los seres humanos, las emociones, la vida, y tengo la sensación de que estas cosas no han sido valoradas”.

Sergio Ramos tenía que irse. No porque haya dejado de ser competitivo, sino por una simple cuestión de coherencia, también de dignidad personal y profesional. Al igual que Zidane, Ramos piensa que merecía ser una excepción. Yo también lo creo. Está muy bien que el club tenga por norma renovar de año en año a los mayores de treinta, pero la norma no puede estar por encima de la historia de Sergio Ramos en el Real Madrid. A eso mismo se refería Zidane en su carta. A que hay trayectorias que merecen un crédito, aunque no sea la costumbre.

Pero no nos engañemos. El desencuentro de Ramos con Florentino viene de lejos, si bien se disimuló en distintas renovaciones y diferentes abrazos. Sergio miraba por sus intereses y reclamaba mejoras económicas que eran acordes a su importancia en el equipo. Al presidente no le gustaba que su entorno forzara cada negociación hablando de ofertas más o menos difusas. Aunque sospecho que cualquier otra estrategia le hubiera desagradado igual. A Florentino siempre le ha costado valorar al jugador de casa, no hace falta extenderse con los casos de Raúl o Casillas, un desprecio que ha culminado con la ausencia de madridistas en la Selección. El prejuicio se repitió con Ramos, del que pensaba que mandaba en exceso. Por eso se negoció con Antonio Conte. Se buscaba a un entrenador que terminara con el poder de Sergio en el vestuario y el italiano tenía antecedentes al respecto.

A Ramos le salió todo mal en los últimos meses. Primero por la lesión y luego por la imprevista resurrección de Militao que tuvo como consecuencia principal que nadie le echó de menos. Luis Enrique le arrojó la última palada encima. Sin Zidane en el club, ya no tenía donde agarrarse.

No se puede desvincular el triste adiós de Ramos —aunque mañana se repitan las sonrisas y los abrazos (poderoso caballero es don finiquito)— con las despedidas de Raúl, Casillas, Cristiano y Zidane, todos ellos personajes esenciales en la historia del Real Madrid. Algo pasa en el club cuando todos salen mal. Algo pasa cuando casi todos se tragan el orgullo y vuelven tiempo después.

Doy por hecho que Ramos recuperará el nivel que ha tenido en los últimos años, porque se cuida y porque su lesión no era importante; tengo más dudas sobre la reacción del madridismo cuando brille en otro sitio. Nadie levantó la voz cuando se fueron otros, así que supongo que sucederá lo mismo. Se mirará para otro lado. O tal vez al techo del nuevo Bernabéu.

Qué tiempos aquellos cuando la afición del Real Madrid era la más exigente del mundo.

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