Novak Djokovic ganó Roland Garros, sumó su decimonoveno Grand Slam —a uno solo de Federer y Nadal—, y nos colocó ante la cruda realidad: es más que probable que él sea el mejor tenista de la historia. La fabulosa disputa que mantienen los tres quedará definida por el número de grandes torneos que sean capaces de sumar y parece imposible que Djokovic se quede plantado en 19. Es quien tiene más energía y menos años, el único intacto después de tanto tiempo en la brecha. De haber perdido el título ante Tsitsipas las heridas psicológicas hubieran sido considerables. Habría sido su quinta final perdida en París, nada menos. Estaríamos hablando de relevo generacional, de cambio de ciclo, de nueva era. Después de haber remontado dos sets en contra todo parece posible, incluso que gane los cuatro grandes esta temporada y conquiste el Súper Grand Slam, algo que sólo ha logrado Rod Laver (1969) en la historia del tenis masculino. Si lo hiciera ya no habría debate, tocaría rendirse.

Djokovic estuvo contra las cuerdas, pero escapó. Igual que lo hizo ante el niño Museti. Muy similar a cómo esquivó el disparo mortal de Rafa, aquel set-ball en la segunda manga. O tal vez no sea él quien escapa, sino los demás los que huyen. Para ganar a Djokovic no vale una buena racha. Hace falta equivocarse tan poco como él. Ser constante, no bajar la guardia, no imaginarse vencedor. No cansarse. Odiar un poco.

Tsitsipas se imaginó campeón antes de serlo y cuándo entendió lo que pasaba ya no tuvo fuerzas para evitarlo. Djokovic no ceja. Ni duda. Ni se pierde como hace años. Sólo Nadal es capaz, y cada vez menos, de invocar sus viejos fantasmas cuando juegan en tierra batida. El resto son figurantes camino de su único objetivo, el mismo que alimenta Rafa aunque el cuerpo le cruja y las piernas le pesen. Ser el mejor. Pero no serlo de manera subjetiva, sino respaldado por los únicos números que valen.

Sería hermoso que esta guerra terminara con un triple empate a 20 títulos, pero aquí no aplica la hermosura sino la eficacia. Djokovic necesita que alguien le ponga freno y la Next Generation todavía no está lista. De modo que tendrán que ser los viejos campeones. Nadal y Federer, o lo que quede de ambos. Sin intermediarios. En Wimbledon, para no retrasarlo más. O le echan el lazo pronto o le verán siempre la espalda.

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